Los costos de la crisis del euro

César Mayoral
César Mayoral PARA LA NACION
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27 de septiembre de 2011  

Estamos asistiendo a uno de los momentos históricos que la humanidad transita de vez en cuando; un "recodo de la historia", diría Ortega y Gasset. El euro -la moneda única de 17 estados europeos y abierta a los otros diez que componen la Unión Europea, que fue creada para integrar, consolidar y promover un ente supranacional que superase al Estado nación en muchas de sus responsabilidades- está atravesando su más grave crisis desde su puesta en ejecución y corre el riesgo de deshacerse poniendo en peligro la economía mundial

Las recetas económicas ortodoxas que se prueban una y otra vez son rechazadas por el mercado y, por lo tanto, no logran paliar la crisis financiera griega (como ha ocurrido en casos similares). La dureza con los deudores lleva a que las deudas no se paguen o a que, al condenarlos a que paguen, no puedan crecer.

El resultado lo conocemos. Grecia terminará en la quiebra (el default, para decirlo en términos más elegantes), y de allí en más, si finalmente ocurre lo que todos piensan pero no dicen, los países que componen los Pigsi (Portugal, Irlanda, España e Italia) deberán sacar boleto para ver a quién y cuándo le va a tocar transitar por el mismo camino. Por su parte, a los más poderosos les tocará la difícil tarea de tener que elegir entre reducir el espacio geográfico donde rige la moneda común o eliminarla. Dilema terrible.

Es decir, estamos asistiendo al fracaso del proyecto de integración más importante que se haya puesto en marcha en Europa (y en el mundo). Eso no es bueno ni para la Argentina en particular, ni para el Mercosur, ni para América del Sur, ni para el mundo en su conjunto.

La creación del euro fue un largo proceso que, impulsado por los jefes de estado de Francia (Mitterrand) y Alemania (Helmut Kohl) y luego de varias marchas y contramarchas, finalizó en el Tratado de Maastricht, que dio lugar a "la Europa de los ciudadanos". Más tarde se pasó a la redacción de una Constitución europea impulsada por el Tratado de Lisboa. Todo ello parecía constituir una base de piedras sólidas del edificio común. Se llegaba, luego de 50 años, a puerto seguro: la Europa unida, con una sola moneda y con un representante para Asuntos Exteriores, saldando así uno de los grandes déficits de la Unión Europea en su relación con los otros actores importantes del poder mundial, Estados Unidos y China, entre otros. Comenzaba la era del mundo multipolar, que abría el camino al multilateralismo en las relaciones internacionales y otorgaba a los otros actores emergentes -como la Argentina- un mayor margen de maniobra y de libertad para moverse en la escena internacional; quedaba atrás el hegemonismo de la década del 90.

Pero, la realidad -que, como expresara Platón, es mucho más compleja que el mundo de las ideas- introdujo su cuota de realismo egoísta. Al sentirse los ciudadanos de Europa ricos, fuertes, exitosos y seguros de su futuro comenzaron a gastar y malgastar todo lo que tenían, el consumo se convirtió en el deporte nacional de muchos ciudadanos europeos, sobre todo en los del Sur, y comenzaron a aparecer los abultados déficits presupuestarios, las deudas enormes, las burbujas inmobiliarias, las grandes deudas; en fin, cosas que los argentinos conocemos bien.

Ahora la "solidaridad" de los países más grandes comenzó a ser reemplazada por la necesidad de cobrar sus deudas. Volviendo a la ética protestante -que postula que las conductas que se alejan de la austeridad y caen en el despilfarro deben ser castigadas-, se enviaron a aquellos países que se encontraban y se encuentran en dificultades mensajes duros que obligaron a fuertes ajustes en sus economías. Así llegamos a las vísperas de la tragedia griega, que formará parte de su antigua y formidable mitología.

Sin embargo, el proyecto de conformar la Unión Europea no debe ser descartado todavía. Pese a todo, se debe ser optimista en el largo plazo. Creemos que los dirigentes europeos no olvidarán los terribles momentos históricos que atravesaron sus países y sus ciudadanos antes de diseñado ese proyecto utópico supranacional ambicioso basado en la democracia, el respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales, que constituyó un ejemplo de paz y de consenso para todos

El mundo y los latinoamericanos especialmente necesitamos de una Europa fuerte y unida, que siga constituyendo un actor global que haga de contrapeso a los otros poderes internacionales para que, desde la unidad latinoamericana, con nuestras costumbres, tradiciones y cultura (muchas de ellas heredadas, precisamente de Europa) podamos construir un espacio político mayor que nos permita convertirnos también en una voz democrática en el marco global, una voz propia y llena de vida frente a un mundo desarrollado en crisis y falto de optimismo.

Por eso deseamos que la crisis del euro, que tendrá consecuencias negativas para la Unión Europea y que dejará, lamentablemente, un tendal de perdedores y de marginados, sea solamente un episodio triste y pasajero dentro de un proceso que llegue a concretar finalmente los objetivos que se propusieran los visionarios De Gaulle, Adenauer y De Gásperi: una Europa unida.

© La Nacion

El autor fue embajador en China

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