
Los cultos religiosos y su sostenimiento
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LA relación del dinero con el culto no es un tema nuevo. Existe en todas las religiones desde que las sociedades humanas eligieron a algunos de sus miembros para que condujesen la relación con los dioses. La Iglesia Católica no ha sido una excepción, como se advierte si se repasa su historia, partiendo de las primeras comunidades cristianas, pasando por los reinos cristianos, los Estados pontificios, las guerras de religión, la venta de indulgencias, la contrarreforma, las órdenes mendicantes, el concepto del diezmo y, por encima de todo, el espíritu de pobreza que predicó Cristo y testimoniaron tantas vidas ejemplares.
A pesar de que el artículo 2º de la Constitución Nacional establece que el Estado sostiene el culto católico apostólico y romano, este sostenimiento -que tanto dio que hablar a los constitucionalistas en el pasado- no reviste hoy mayor importancia en términos económicos: de hecho es muy inferior al 10% del aporte dominical total anualizado de todos los fieles. En cambio, es altamente significativa la obra subsidiaria de la misión del Estado que la Iglesia Católica -como las iglesias e instituciones de otros cultos- realiza permanentemente en el área social.
Una errónea percepción popular lleva a veces a suponer que la Iglesia y los sacerdotes cuentan con recursos económicos holgados, que el Estado los sustenta o que, en definitiva, los tesoros del Vaticano son infinitos y permiten la manutención de todo tipo de obras. La creencia de que el Estado mantiene a todos los ministros de la Iglesia es, por supuesto, equivocada; sólo los obispos reciben un sueldo y algunos párrocos de frontera la suma de $ 336 mensuales. Por otro lado, como se dijo antes, el trabajo de la Iglesia y sus sacerdotes en el campo social es, por su naturaleza, de imposible medición.
El problema del sostenimiento del culto es, fundamentalmente, de naturaleza cultural. La grey católica, a diferencia de lo que ocurre con otras comunidades religiosas, suele descansar en la suposición de que la responsabilidad de proveer de recursos a su Iglesia está en otras manos.
Hace ya tiempo que ha venido gestándose un movimiento interno de cambio en esta relación difícil del culto y el dinero. Otras religiones, posiblemente por motivos culturales o históricos, parecen tener el tema mejor resuelto. Como bien se ha dicho, es importante que la Iglesia Católica alcance el máximo de independencia económica del poder político compatible con el mantenimiento de su obra. Pero el cambio que se requiere, probablemente, es otro.
Los obispos católicos han realizado últimamente un intenso trabajo para generar en los fieles una conciencia cada vez más sólida sobre la necesidad de sostener, impulsar y completar la labor evangelizadora, aportando tiempo, esfuerzo y recursos económicos y estimulando el compromiso de "compartir entre todos y para todos" los recursos de que se pueda llegar a disponer. Compartir es, justamente, la denominación de un grupo dedicado a esta tarea, integrado por economistas y sacerdotes, dependiente de la Conferencia Episcopal Argentina. El programa pretende llegar en cinco años a 2470 parroquias urbanas y rurales del país, difundiendo una concepción evangélica de la solidaridad e intentando instaurar una nueva cultura de gestión económica en la Iglesia.
La actitud que se postula no debería agotarse en los términos de una mera exhortación pastoral, sino que debería encontrar el eco necesario en toda la comunidad católica y aún en quienes, desde el agnosticismo, valoran la labor de las instituciones religiosas, cualquiera que sea su credo, en beneficio de los sectores más desprotegidos de la comunidad.



