
Los cumpleaños más tristes del mundo
"Tu cumple no lo hacemos hoy porque no hay nadie, están todos de vacaciones", me decían. Los que nacimos en esta bocamanga del mundo, entre diciembre y febrero, además de ser hijos de valientes mujeres que dieron a luz en jornadas de más de 37 grados, perdimos la ilusión antes que los demás. La realidad se nos presentó desnuda cuando ni siquiera habíamos descubierto nuestro propio cuerpo. Somos los niños que nunca fueron especiales, porque muchas veces fuimos privados de lo único que le pertenece sólo a una persona una vez al año: su día. Nunca tuvimos fiesta sorpresa -la convocatoria deprimiría al más optimista-, hemos recibido algún regalo "más grande, porque vale por tu cumple y Reyes" y festejado dos meses después para que esté nuestro mejor amigo, que veraneaba lejos. Contra toda superstición, también lo hicimos un mes antes, sumándonos al cumple de otro chico del colegio con el que compartimos grupo de amigos, simplemente para que estén todos. ¿Que estén todos? ¿Un mes antes?
Hubo años en los que festejamos el día que había que festejar. Era hermoso, aunque se daba una postal que sólo nosotros ignorábamos que era muy triste. Nos dábamos cuenta recién en marzo; mientras a ellos los rodeaban amigos que se abalanzaban sobre la torta y los ayudaban a apagar las velitas, nosotros nos la pasábamos al lado del teléfono. Cuando aún no había celulares, familia y amigos llamaban la noche de nuestro cumpleaños al teléfono de línea de casa. Desde Villa Gesell, Mar del Plata, Mar de Ajó, Mendoza: los nuestros siempre fueron festejos federales. Desde las cabinas de locutorios, tíos y primos hacían un pasamanos histérico, a los gritos. Colgábamos. Y entonces sonaba de nuevo la campanilla. "¡Hace diez minutos que quiero entrar! ¡Feliz cumple!", decía alguien. Colgábamos. Y de nuevo. "¡Que los cumplas feliz! ¿Cómo la estás pasando?". Y así sin parar pero desde las 20, porque más temprano no pasaba. De más grande supe por qué. Fue como ver a Papá Noel en pijama: a las 20 comenzaba la tarifa telefónica reducida. ¡Ratas!
Sin quererlo, nuestros padres trabajaron como una retroexcavadora, en un proceso de construcción y destrucción. A diferencia de los demás papás, su labor se medía en ciclos exactos de 364 días que comenzaban el día siguiente a nuestro cumpleaños. Durante cada ciclo se dedicaban, amorosos, a armarnos de lo que tanto precisábamos: autoestima, confianza, amor propio.
Con todo eso -autoestima, confianza, amor propio- despertábamos el día 365, aunque lo terminábamos sin nada, porque todo se derrumbaba. Sucedía en el preciso instante en que soplábamos las velitas sobre un pan dulce -los nacidos el 24 o 25 de diciembre tienen al menos un festejo así- o nos sacábamos fotos en la playa con los de la sombrilla de al lado. Y ahí estábamos, otra vez en el día cero del ciclo, de vuelta a trabajar esa personalidad segura y fuerte, listos para convencernos de que somos únicos y muy queridos. Aunque no tanto como para salir del mar a la tarde y pegarnos un llamadito. Ni hablar de quedarse en el asfalto cremoso con nosotros, a posar en las fotos con rostros derretidos, con un calor que aplaudiríamos la llegada refrescante de un tsunami.
No sé cómo sobrevivimos. Encuentro algunas ventajas. Aprendimos antes que otros de geografía ("Daniela te llama desde Santa Fe, la de la bota, ésta", señalaba la abuela en un mapa a mis 7 años) y durante la adolescencia nos escudamos en la fecha para evitar reuniones familiares. Porque vamos, estar destinados a enfrentarnos a la verdad antes que los de marzo y saber del dolor mucho antes que los de agosto algo a favor debía tener.
Crecimos apurados por el calendario, comprendiendo ausencias y con un mismo dolor: tenemos el mismo palo-pinche de piñata clavado en el pecho, y es que nunca pudimos tirar caramelos a nuestros compañeros en el colegio. ¡Ay!, la envidia que sentíamos cuando comenzaban las clases en marzo. Al frente del aula, un hijo de dos padres inteligentes -los que decidieron no reproducirse entre marzo y mayo- metía la mano en una bolsa enorme de Sugus y revoleaba una alegría tan suya, tan en su día. Se lo veía feliz y a tiempo. Una locura. Ayer pensaba que quizás ahora -yo nací en 1979- estas parejas inteligentes son más. Según el Registro Civil porteño, en 2014, septiembre fue el tercer mes con más nacimientos: 7101. Segundo fue julio, con 7109. ¿El primer puesto? Los 8518 bebes de enero.







