
Los debates de una sociedad premoderna
Por Gastón O´Donnell Para LA NACION
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Es frecuente preguntarse acerca de la modernidad, cuáles son sus rasgos característicos y cuáles son las ideas fuerza que proyecta. Nuestra sociedad no la ha alcanzado aún. Se discute por qué no lo ha hecho, qué grados de desarrollo le falta conseguir, qué salto tecnológico aún no ha dado, qué expresiones emergen de su seno en relación al cuidado de su medioambiente o qué grado de madurez institucional no ha logrado plasmar. No encontramos aún el eje que nos permita alcanzar tal modernidad.
Pero, ¿cuál es entonces la característica que diferencia una sociedad moderna de una que no lo es? Más allá de la categoría histórica que establece el nacimiento de la modernidad junto con el Renacimiento, ha ganado consenso, últimamente, el ubicar a las sociedades modernas dentro de aquellas que desafían los dilemas de su tiempo. Es decir, si se trata de una sociedad que es capaz de enfrentar los nuevos problemas que aparecen, es una sociedad moderna. Si no es capaz de hacerlo, quedándose atrapada en viejas discusiones que no puede superar, será una sociedad premoderna.
Así, los viejos dilemas referidos a la falta de consolidación de la institucionalidad, a la superación de la sociedad del trabajo manual, a la lucha contra la explotación del género femenino o la niñez, al combate contra las restricciones indebidas a la libertad, ya no existen en la agenda de discusión de las sociedades modernas. Por el contrario, los temas de que se ocupan son los que responden a su tiempo; por eso, aparece la conciencia sobre la degradación del medioambiente y el uso indiscriminado de los recursos naturales, así como la atenuación del capitalismo salvaje y la lucha contra los resabios de totalitarismos. Y todos esos debates se dan en un marco de institucionalidad, sin los desbordes que caracterizan a las sociedades premodernas.
Nuestra sociedad insiste con los viejos enfrentamientos entre izquierdas y derechas y recurre a las vías de hecho para resolver los conflictos. Aborda el conflicto social en clave de irreconciliables enemigos, sin dejar el menor espacio para la superación.
La sociedad argentina evita colocar en su agenda los nuevos dilemas o el modo institucional de resolverlos. El mito de la eterna fundación nos condiciona. La dirigencia entiende que nuestros pueblos nacieron en la "épica" y difícilmente se conformen con un orden normal y previsible, que tienda al desarrollo y al bienestar de sus ciudadanos. Romper con ello para construir la institucionalidad es nuestro desafío.
Al decir de García Hamilton, a fines del siglo XV, el país que parecía destinado a ampliar las fronteras del mundo era Italia, sobre todo sus ciudades-Estado del Norte. Allí se había logrado un importante desarrollo del comercio y de las finanzas y ello había hecho florecer una civilización de las más modernas de Europa. Personajes como Lorenzo de Medicis, Machiavello, Leonardo o Michelangelo dominaban la escena.
Sin embargo, fue España quien llevó adelante el descubrimiento de América y la epopeya de la conquista -junto con Portugal- de lo que hoy conocemos como América latina. Italia no descubrió América -pese a que en los hechos fue encabezado por un navegante genovés- porque esta proeza necesitaba un espíritu medieval, que no existía en el norte de la península itálica. La conquista de América fue algo así como la prolongación de ese espíritu en el nuevo mundo. La conjunción de religión, aventura y dominación fueron los condimentos de la conquista. Y ellos trajeron la intolerancia y la anarquía.
Europa avanzó y en el siglo XVII se produjo la revolución gloriosa en Inglaterra, que limitó el poder de la monarquía. En el siglo XVIII se produjo la Revolución Francesa, que institucionalizó la república y el ascenso de la burguesía con poder económico al mundo de las decisiones políticas. Luego de pasar por diversas experiencias sangrientas y totalitarias, en el viejo continente se consolidó la democracia y la organización republicana, marchando decididamente hacia la integración de sus países.
Los nuestros, en cambio, mantuvieron ese espíritu épico que necesita de las utopías fundantes, que eternamente se repiten. Y así, cada grupo que accede al poder pretende arrasar con todo lo establecido, para crear su propio nuevo orden. Unitarios y federales, chupandinos y pandilleros, crudos y cocidos, nacionalistas y autonomistas, radicales y conservadores, peronistas y antiperonistas. Todas facciones que han pretendido imponerse a la otra mitad por cualquier medio a lo largo de nuestra historia.
Claro que hoy poco queda del espíritu caballeresco. Y una épica sin espíritu es una vulgaridad. En esa clave, es interesante entender las últimas respuestas que ha dado nuestro pueblo a los avances antirrepublicanos. Si bien no se puede imponer la agenda, se pueden rechazar los falsos dilemas. Y en situaciones extremas, nuestra gente se hace escuchar.
El autor es presidente de la Asociación de Dirigentes de Empresas.





