
Los diarios de Colón
Por Silvia Hopenhayn Para LA NACION
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Juan Libro se sentó frente al mar y, mirando el vaivén de las olas, pensó en el descubrimiento de América, en la Conquista y en los nombres que se barajaron para este continente. Colón creía que había llegado a Japón, al que llamaban Cipango, por sus lecturas de los viajes de Marco Polo. No imaginaba que había un continente entero entre Europa y Asia. También se lo llamó Tierra Firme, para diferenciarlo de las islas, y, finalmente, América, por el navegante florentino Americo Vespucci, nombre que destaca Andrés Bello en su Alocución a la poesía, de 1823, cuando escribe: “América, del Sol joven esposa, del antiguo Océano hija postrera...”. Recién en 1856, José María Torres Caicedo se referirá a América latina en su poema Las dos Américas.
Pero más allá de su nombre, en aquel entonces, el continente se presentaba como página en blanco. De allí que el propio Colón, marinero diestro en las artes de la navegación, tuviera el impulso de escribir sus experiencias para plasmar, de algún modo, su maravilloso desconcierto. En cada uno de sus viajes, Colón redacta un diario de navegación donde relata, en forma detallada, los lugares por donde transitan, las tormentas, los momentos de calma, las tierras a las que arriban, incluso las quejas de los marineros y sus propias tretas para evitar la rebelión.
Juan Libro recordaba que todos los diarios de navegación se habían perdido y sintió el afán de recuperarlos. De todos modos, nunca serían mejores que la reescritura que hizo uno de los frailes más destacados de la época, el dominico Bartolomé de las Casas, muchas veces glosándolo y otras copiando en forma directa la propia escritura de Colón.
También de estos textos se desprende el impacto que produjo en Colón su encuentro con “el otro” (el nativo), a partir del cual construye las primeras imágenes del “buen salvaje” americano, que perdurarían mucho tiempo después en el imaginario europeo sobre estas alejadas tierras: “Ellos andan todos desnudos como la madre que los parió y también las mujeres, y todos los que vi eran mancebos, muy bien hechos, de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras, los cabellos casi como sedas de cola de caballo, y cortos. […] Ellos no traen armas ni las conocen [y] deben ser muy buenos servidores y de buen ingenio. […] Yo creo que rápidamente se harían cristianos, que me pareció que ninguna secta tenían”.
Aunque nunca encuentra grandes reinos ni enormes riquezas, el Almirante insiste, en cada uno de sus diarios y en las cartas que envía a los Reyes Católicos de España, en que ha encontrado el camino al Asia. Muere sosteniendo esta creencia, a todas luces irreal, y lega relatos que atraerán a innumerables aventureros, marineros y soldados hacia este fecundo territorio.
Así, el Nuevo Mundo fue también lugar de refundación de mitos y leyendas de la literatura occidental; aquí renacería la crónica, se transformarían las cartas y epístolas, resurgirían la prosa, la épica y los relatos de viaje, hasta llegar al realismo mágico del siglo XX.
Juan Libro fijó la mirada en la rompiente de las olas y recordó la frase de un poeta francés: “La mer… toujours recommencer” (el mar… siempre volver a empezar). ¿Se tratará de eso?





