
Los días que cambiaron a la Argentina
Durante más de 24 horas, Fernando de la Rúa y Domingo Cavallo vivieron en un mundo sin ejes ni referencias. Asidos al timón de la crisis argentina más espectacular de las últimas décadas, y tras haber tomado decisiones de una dimensión andina, carecieron de interlocutores fiables aquí y en el exterior. Sólo el viernes el Presidente y su ministro lograron hacer pie en un punto firme aunque demasiado frágil y volátil todavía.
Vale la pena detenerse en estas horas de desamparo. En el principio de las cosas, De la Rúa no tuvo al radicalismo de su lado y ése fue el principal motivo de su debilidad externa. Los mercados extrapolaron en el acto la historia y sus protagonistas: si un radical de tomo y lomo como López Murphy no pudo en su momento imponer un recorte del gasto público mucho más prolijo y menos cruento, era inverosímil -dedujeron- suponer que a Cavallo le fuera posible asestar un ajuste más amplio y menos previsible.
¿De la Rúa tenía al radicalismo realmente en contra? Formar un solo bloque con ese partido puede resultar injusto.
Raúl Alfonsín suele desarrollar ideas económicas que pertenecen a un mundo que no es éste; lo ha hecho repetidas veces dentro y fuera del país. Pero está repitiendo ese pensamiento en jornadas que no permiten sacudir el anaquel económico, después de que su administración anunció que el país se ha quedado sin crédito interno ni externo.
Pero hubo instantes en los que Alfonsín también se arremangó al lado de De la Rúa para ayudarlo a salvar la economía y al Gobierno, aunque más tarde volvió al eterno zigzag de su tradición política. El jefe del Gabinete, Colombo, y el secretario general de la Presidencia, Nicolás Gallo, dijeron que la contribución de Alfonsín había sido decisiva para disciplinar al radicalismo. No se sabe si ahora, después de tanto bamboleo, siguen pensando lo mismo.
Sin embargo, Alfonsín cree que el Gobierno lo extorsionó y que, además, difundió posiciones suyas que no eran del todo suyas. Pero lo que no pudo digerir nunca fue el hecho de haberse enterado por radio de las medidas que estaba anunciando el ministro de Economía en la noche del miércoles.
Es cierto que fue un error nuestro, pero a nosotros también nos llegó un paquete atado, dijeron al lado mismo de De la Rúa. El gobierno delarruista está pagando en estas horas culminantes un año y medio de aislamiento político, cuando ningún puente se tendió y tampoco se conservaron los pocos que había. De todos modos, la Argentina no está en condiciones de tolerar que esas deudas políticas también se intenten cobrar justo ahora.
A su vez, Cavallo ignora los problemas que se ahorraría con sólo consultar -o comunicar- a un círculo más vasto sus decisiones. Ni los dirigentes oficialistas ni ningún gobernador peronista fueron informados previamente de medidas que obligarían a muchos de ellos a ajustarse el cinturón.
Pero una cosa es Alfonsín, aun cuando debe tomar nota de la enorme influencia de sus palabras en las horas que corren, y otra es el papel de algunos dirigentes de su partido, que se refugian en el ex presidente hasta para enfrentar una elección.
Hay en esas franjas del radicalismo (entre las que refulge Leopoldo Moreau) una especie de vana competencia para que Elisa Carrió no coopte el liderazgo del sector progresista del partido. Pero esa tragedia ya les sucedió.
El Presidente parecía oscilar hasta ayer entre Alfonsín y Cavallo, pero al anochecer decidió aplicar su autoridad y ordenó poner en marcha mañana todas las medidas económicas, con concenso o sin él. Alfonsín entregó un proyecto para sustituir, en algunos casos, y para complementar, en otros, las medidas de Cavallo. ¿Lo aceptará Cavallo? Una indicación precisa de Alfonsín a su equipo fue que esas medidas de "equidad" debían preservar la continuidad del ministro de Economía, con quien se manifiesta dispuesto a negociar punto por punto. Los radicales saben que una retirada precipitada de Cavallo podría llevarse al gobierno con él.
Puede ser un debate inútil. Un empinado funcionario de De la Rúa consultó a los banqueros sobre si estaban dispuestos a hacer un aporte: ¿Aporte? Hemos perdido en los últimos días el 40 por ciento del valor mundial del banco por tener bonos argentinos e inversiones en la Argentina, respondió un banquero español.
La fragilidad de la situación está dada por el reclamo de cohesión interna que piden los mercados, pero también porque los propios argentinos necesitaban de cierto reposo político para conservar sus indispensables depósitos en bancos de la Argentina.
No hay plan B para nosotros ni para el Gobierno, le contestó un funcionario de Cavallo a un empresario que averiguaba sobre qué harían si las decisiones fracasaban.
Jugaron a todo o nada. En estas horas de vacilación y soledad, algunos dirigentes peronistas ya analizan la posibilidad de un gobierno de coalición si se produjera ese fracaso, con un jefe de Gabinete de ese partido. El peronismo manejaba una terna de candidatos para ocupar ese cargo: Eduardo Duhalde, Carlos Ruckauf o José Manuel de la Sota.
En el comité nacional del radicalismo se garabateó una lista muy parecida, pero habían descartado a Ruckauf y habían puesto en su lugar a Antonio Cafiero.
Otro sector peronista embellecía una propuesta aún más dramática: un acuerdo político que le permitiera al Presidente nombrar un gabinete de técnicos o de políticos de su confianza; todos ellos deberían hacer renuncia expresa a cualquier proyecto electoral hasta después de 2003. De la Rúa, según ese boceto, quedaría liberado para aplicar la política económica que le guste mientras se retirarían del Gobierno el radicalismo y el Frepaso.
La gravedad de la crisis no justifica la impericia. Fue un error político imperdonable que lo sentaran al Presidente a negociar sin red de contención con los gobernadores peronistas; ni Menem ni Alfonsín recibían a los gobernadores de sus propios partidos sin un acuerdo previo ya negociado. Tan imperdonable como eso fue que el ministro político, Ramón Mestre, se paseara por Nueva York, o dentro de una reunión intrascendente allí, cuando su gobierno jugaba aquí su fortuna a cara o ceca.
Lo cierto es que, aun si Alfonsín quedara dentro del redil, se resolvería sólo la mitad del problema. El peronismo no reconoce liderazgo propio; los legisladores de ese partido están evaluando, incluso, la posibilidad de sacarles poder partidario a los gobernadores, porque éstos terminan trocando su condición de adversarios por la de indigentes.
La carencia de un polo crucial de poder estuvo también en el exterior. La Casa Blanca de Bush no es la de Clinton, que era un fogueado bombero en crisis financieras internacionales. Bush asumió rodeado de economistas críticos de las operaciones de salvación financiera a los países en crisis y contagió en el acto esa política al Fondo Monetario. Pero el viernes, Washington descubrió que una caída de la Argentina arrastraría a Brasil y a México: entonces Bush firmó una carta de solidaridad a De la Rúa y dio luz verde al Fondo para que apoye las decisiones del gobierno argentino.
Una ayuda norteamericana en dinero constante y sonante (unos 1500 millones) está condicionada a la misma receta que reclaman los referentes económicos y la propia sociedad nacional: que los políticos argentinos se pongan de acuerdo en qué es lo que quieren.
El plazo que tienen para salvarse o autoinmolarse no es más amplio que las horas que encierran los días inminentes.





