
Los idus de octubre han llegado, pero aún no han pasado
I duo es un verbo latino de origen etrusco que significa "yo divido". De ahí proviene idus, palabra con la cual los romanos designaban los días que dividen en dos a cada mes: por ejemplo, el 15 de marzo o el 15 de octubre (en algunos meses los idus no caían en el 15 sino en el 13).
Según la versión de Shakespeare en su Julio César, un adivino le había advertido a Julio César que no fuera al Senado en los idus de marzo. Quería salvarle la vida. Lo mismo quería su mujer Calpurnia, que asustada por una serie de premoniciones lo instó a quedarse ese día en casa. César le respondió que él no era un cobarde. El 15 de marzo del año 44 antes de Cristo, César se encaminó al Senado, donde lo esperaban Bruto y los conspiradores. El adivino quiso detenerlo pero César, burlándose de él, le dijo: "Los idus de marzo han llegado". El adivino, angustiado, le respondió: "¡Ay, César, pero todavía no han pasado!" Al entrar en el Senado, César cayó bajo un enjambre de puñales.
Desde el momento en que los días del mes "suben" hasta ellos y "bajan" a partir de ellos, los romanos miraban con aprehensión supersticiosa a los idus porque simbolizaban el inicio de una cuenta regresiva y la inevitable brevedad de todo lo humano.
Esta medianoche comenzarán los idus de octubre. Conoceremos el resultado de las elecciones. Terminará una etapa y comenzará otra. Nos preguntaremos cómo será nuestra vida política y económica de ahí en adelante. A dos mil años de distancia de Calpurnia, temeremos igual que ella los efectos de una cuenta regresiva.
Los idus de diciembre
Hoy elegiremos un Senado enteramente nuevo y renovaremos la mitad de la Cámara de Diputados. Para todos los efectos prácticos, habrá otro Congreso. Asumirá sus funciones el lunes 10 de diciembre. En la semana que correrá entre el lunes 10 y el viernes 14 de ese mes, el nuevo Congreso mostrará su rostro.
¿Cómo será la relación del nuevo Congreso con el atribulado De la Rúa? ¿Cómo, con el cuestionado Cavallo?
El Congreso y sobre todo el Senado saliente, fuertemente desprestigiado por el escándalo de los sobres, había llegado a elaborar una relación con De la Rúa-Cavallo que podría definirse de este modo: hablaba contra ellos pero les votaba todo lo que pedían. Prueba de ello fue la tensa sesión en la cual el Senado aprobó la ley del déficit cero después de haberla vapuleado con discursos incendiarios como el del senador alfonsinista Leopoldo Moreau, cuya mano se rebeló contra sus labios en un ejemplo antológico de la Argentina política que, como el tero, gritaba en un lugar y ponía sus huevos en otro.
Ese Senado declinante, la mayoría de cuyos integrantes ni siquiera se atrevió a presentarse en las elecciones de hoy ante la ciudadanía indignada, era manejable para el Gobierno. De la Rúa y Cavallo sabían que, al margen de su retórica opositora, en los hechos los respaldaba.
A partir de la semana del 10 al 14 del próximo diciembre, con sus idus que esta vez caerán en el jueves 13, De la Rúa y Cavallo no podrán esperar lo mismo del próximo Congreso. En el Senado los examinarán nada menos que un Duhalde a quien la jornada de hoy le dará una amplia victoria, un Alfonsín que se salvará con lo justo de la humillación de llegar tercero detrás del padre Farinello y un Terragno juramentado, cual nuevo Bruto, a apuñalar a Cavallo. Será otro Senado. Será otro Congreso.
La cuenta regresiva
Entre los idus de octubre y los idus de diciembre, sin embargo, seguirá el Congreso actual. Ese es el plazo que le queda a Domingo Cavallo.
Se habló mucho en estos días sobre un nuevo gabinete a partir de mañana. Las negociaciones que trascendieron entre el Presidente y Alfonsín parecían apuntar a la inmediata remoción del ministro de Economía. Pero, a pocas horas del comicio, surgieron signos de que, de haber cambios a partir de mañana, no afectarán a Cavallo.
Esto no quiere decir que el polémico ministro, contra el cual se concentraron los dardos de la campaña electoral, haya obtenido del Presidente un cheque en blanco. Todo hace pensar, por el contrario, que de mañana en adelante Cavallo trabajará bajo la espada de Damocles de una cuenta regresiva cuyo reloj se detendrá en sesenta días.
Durante los dos meses de agonía que padecerá el viejo Congreso, en suma, Cavallo deberá buscar el punto de inflexión de la depresión económica que nos afecta. Si antes de que juren los nuevos legisladores logra generar algún signo de recuperación económica, le será difícil al nuevo Congreso bajarle el pulgar. Si no lo genera, su suerte estará echada. Más débil todavía que hoy, el Presidente ya no podrá sostenerlo. Caudillos en el nuevo Senado, Duhalde y Alfonsín ejercerán entonces el liderazgo en medio de una situación económica agravada.
Dos preguntas sobrevuelan de todos modos sobre el nuevo Congreso. La primera es: ¿cuánta fuerza tendrá? Esta pregunta viene al caso porque, según lo adelantan las encuestas, los votos negativos (esto es, la suma de los sufragios anulados, en blanco y las abstenciones deliberadas que vengan a sumarse a las habituales) serán legión. En distritos como la Capital, se estima que podrían llegar al 40 por ciento. Si, una vez que se los compute, Terragno o Bravo vencen con apenas un 15 por ciento, ¿no se verá afectada su representatividad? Si mañana el shock de un alto voto negativo nos golpea, ¿no debilitará al mismo tiempo la autoridad del nuevo Congreso?
¿Podrá decir en tal caso el Presidente que nadie ha vencido hoy? De la Rúa padece un bajísimo índice de popularidad. ¿Qué pasará, empero, si a los candidatos que ingresen en el Congreso los cerca un aluvión de votos bronca ? ¿Se estimará en tal caso que el Presidente y el nuevo Congreso han empatado 0 a 0?
La segunda pregunta tiene que ver con la actitud que tomará el justicialismo a partir del predominio legislativo que las encuestas, hoy, le auguran. Creerá, aún más que ahora, que en 2003 lo espera la presidencia. Pero, no habiendo procesado todavía la sucesión de Menem entre sus cuatro figuras dominantes -Duhalde, De la Sota, Reutemann y Ruckauf-, necesita tiempo.
Su estrategia coincide por ello con la necesidad de De la Rúa de completar sin temblores su mandato. Es previsible entonces que el justicialismo, distinguiéndose por un lado de la política económica del Gobierno para no verse perjudicado por ella, trate por el otro de que De la Rúa llegue aunque sea maltrecho al fin de su período.
La última incógnita sobre lo que pasará entre los idus de esta noche y los del 13 de diciembre es, por supuesto, qué hará Cavallo en ese lapso. ¿Confiará en la mera continuidad de la política del déficit cero, para ver si en estos sesenta días alumbra algún signo de esperanza? ¿Emprenderá la contraofensiva en torno de nuevas medidas imaginadas para bajar de golpe el riesgo país mediante algún tipo de canje de los bonos de la deuda externa que mejore significativamente nuestra situación financiera? ¿Se atreverá, si esto no alcanza, a dolarizar? ¿O caerá en la resignación del cansancio?
Es difícil imaginar a Cavallo abandonando la pelea. Mientras algunos esperan que saque todavía un conejo de su galera, el país vivirá el breve tiempo que separa los idus de octubre de los idus de diciembre tan angustiado como la mujer de César.




