Los jóvenes frente a la crisis

Por Silvia Bacher Para LA NACION
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25 de enero de 2002  

Los adolescentes frecuentan ese estado de angustia existencial que propone el crecimiento. ¿Hasta qué grado esa angustia se profundiza frente a la crisis que atraviesa nuestra sociedad? En época de clases, la escuela es un ámbito de debate y contención. ¿Hasta qué punto los medios de comunicación los ayudan a comprender los hechos? Es importante anticipar que cuando vuelvan a clase, la escuela no encontrará a los mismos jóvenes que despidió dos meses atrás. ¿Estará preparada para el desafío?

Desde poco antes de las Navidades, los argentinos sentimos temblar la República. En dos semanas vimos sucederse en las pantallas de los televisores a cinco presidentes, manifestaciones pacíficas, reclamos violentos, muertes innecesarias, todo con un ritmo más cercano al de un videoclip que al transcurrir de la historia.

En el último mes los argentinos sentimos vibrar nuestra geografía al sonar desacompasado de las cacerolas, vimos adelgazarse y engrosarse desprolijamente nuestra joven democracia.

¿Cómo viven los adolescentes la crisis argentina? Algunos, de clase baja, ya sea por las imágenes mediáticas o por participar de saqueos, revivieron sus propias historias cuando, trece años atrás, en medio de otros saqueos, ellos se alimentaban en los supermercados. Otros, sin distinción de clase, se sienten en vilo. La mayoría debe preguntarse, aunque sea sin palabras, cuáles son los valores que unen al pueblo argentino, de qué se trata la Nación democrática de la que hablan en la escuela. Cabe preguntarnos cuál es el modelo de sociedad que nuestros jóvenes construyen en sus mentes.

Discurso de los medios

La función de educar -formar, informar- durante el año lectivo es compartida por medios y escuela, en la medida en que el discurso de los medios es incorporado al aula, se promueve el análisis de ideas, emociones, opiniones que genera la actualidad narrada por los medios, intentando construir miradas críticas. Pero durante el receso escolar esta función es ocupada, en gran medida, por los medios masivos de comunicación.

El receso escolar impidió que la escuela, ámbito de debate y socialización, diera a los jóvenes argentinos contención y les permitiera analizar, desde diferentes perspectivas, la actualidad.

Educar en la Argentina hoy es, en términos generales, romper un modelo que muestra el "haz lo que yo digo pero no lo que ellos hacen", en un contexto de violencia, no solamente física, sino también aquella que genera la corrupción, la idesigualdad, la injusticia, el hambre, la irresponsabilidad. La violencia que provoca el robo de los sueños.

Cuando comience el ciclo lectivo los actores de la escuela no serán los mismos que se despidieron en diciembre. Los docentes recibirán (como ya vienen haciéndolo desde hace tiempo) jóvenes golpeados en su confianza en las instituciones, informados sobre la actuación irresponsable de funcionarios, jueces, políticos. Jóvenes que han participado en manifestaciones sociales de las cuales nunca habían sido testigos. Los docentes mismos serán producto de nuevos conflictos y temores.

La educación hoy más que nunca aviva la letra de los libros, actualiza los debates, compromete ideas y opiniones. La educación ética y ciudadana, educación para la paz, educación en valores, educación en derechos humanos, educación para la democracia, el desarrollo del pensamiento crítico, cobran una dimensión que requiere fortalecimiento.

La escuela, baluarte anquilosado, criticada pero imprescindible, puede aglutinar a la sociedad para reflexionar. La realidad debe tener definitivamente lugar en la escuela, y los medios son, como en tantas otras oportunidades, recursos de un alto valor de análisis y participación. Las instituciones educativas deberán incluir y priorizar proyectos de trabajo sobre la realidad, la actualidad, la crisis y la posibilidad de transformar y construir una sociedad ética en la cuál la juventud tiene que desempeñar un papel activo.

El riesgo de nuestro país trasciende el hoy, la urgencia, la actualidad y sus conflictos. Nuestro hoy está quebrado. La hipoteca la pagarán (o no) nuestros hijos. No sólo con sus bienes, sino con sus sueños, con su futuro, con su vida. El país que heredan está quebrado, fundamentalmente en valores.

Para que la hipoteca y el desastre inconcebible en el que estamos inmersos cobren algún sentido, es fundamental que las nuevas generaciones se formen con valores sólidos.

El desafío es reconstruir lazos sociales que se han roto, comprometernos con el otro, recrear la confianza en las instituciones. Pero esto solamente será posible con la transformación de conductas que vaya de la erradicación de la corrupción a la construcción de vínculos en los cuales la ética sea moneda corriente.

Y la educación es la mejor oportunidad para torcer el rumbo.

La autora es especialista en comunicación y educación. Becaria Eisenhower.

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