
Los jóvenes y el alcohol
Frente al dato de que casi un tercio de los jóvenes admite haber conducido alcoholizado, se impone trabajar para frenar el consumo irresponsable
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Nunca es redundante insistir en que frente al consumo de alcohol entre adolescentes y jóvenes los adultos no podemos desentendernos. Especialmente cuando nos encontramos ante informaciones que dan verdadera cuenta de la dimensión que presenta este problema, como que el 29% de 11.000 jóvenes encuestados ha reconocido haber conducido alcoholizado, en tanto que el 38% sostuvo que acompañó a un conductor en esas condiciones en los tres meses anteriores y el 23% de los interrogados estuvo involucrado en algún accidente de tránsito en los últimos tres años.
Los datos surgen de una investigación realizada en nuestro país entre 2012 y 2015 por Jean Assailly, psicólogo francés, autor del libro Por qué toman los jóvenes, en colaboración con la Cruz Roja Argentina e investigadores del Conicet y de la Universidad de Mar del Plata. El trabajo del citado especialista abarcó tres naciones diferentes y con culturas diversas.
Assailly destacó que la Argentina necesita conformar un registro del consumo de alcohol abierto por edad, sexo, zona y nivel socioeconómico para desarrollar cualquier política de prevención y control, ya que no se trata solamente de extrapolar medidas exitosas de un país a otro cuando las diferencias culturales atentan contra ello.
Jorge Úngaro, del equipo del Conicet, sumó otro dato inquietante: el 50% de los jóvenes afirmó haber consumido en exceso bebidas alcohólicas en el curso de fiestas o en las llamadas "previas" que se desarrollan antes de ir a bailar, incluso en días de semana. Los jóvenes encuestados indicaron también que se alientan entre sí para reducir las resistencias de algunos a tomar, al asegurarles que "la cerveza no produce ebriedad" o que "el café negro disipa la borrachera" y que la comida previa la morigera. Si el razonamiento per se no lograra persuadirlos, es el contagio emocional entre pares, muchas veces lábiles a la presión social, el que los incentiva incluso a parecer lo que no son para no sentirse sapos de otro pozo frente al resto.
La psicoanalista Stella Maris Rivadero coincide en la severidad de un problema asociado a múltiples factores, como la tolerancia de los padres, los estímulos consumistas y engañosos de cierta publicidad y la insuficiencia de campañas efectivas de prevención. En esa cuestión, según afirma, afloran dos tipos de conducta en los mayores: por una parte, que los padres toman el consumo de alcohol de los hijos como una diversión y le restan gravedad banalizando la situación. Por otra, en el marco del debilitamiento general del principio de autoridad y del permisivismo reinante, pareciera que está mal visto prohibir o imponer normas para su cumplimiento. Sin embargo, los chicos necesitan y esperan que, desde el afecto, los mayores les marquen estos límites para que su salud y bienestar no se vean afectados.
No debe sorprender que, aun con algún grado de mayor conciencia sobre los riesgos de la alcoholización, los comportamientos peligrosos no se modifiquen. Hay recomendaciones que deben repetirse hasta el cansancio desde el campo educativo, incluso desde el nivel preescolar, con campañas efectivas, al convocar a los mismos jóvenes a participar en la concientización de sus pares y realizar controles de alcoholemia a la entrada y salida de los boliches. Todo parece resultar insuficiente o inadecuado cuando en las guardias hospitalarias se registran aumentos en casos de intoxicaciones de mayor gravedad. El doctor Carlos Tamín, jefe de Toxicología del hospital Fernández y presidente de la Fundación Niños Sin Tóxicos, muestra la justificada preocupación que causa una tan cuestionable como notable permisividad de los padres sobre la que ya muchas veces alertamos. Agrega que frente a la debilidad de los mayores la acción de otras instituciones fuera del ámbito familiar cobra renovada relevancia. El Estado es también el responsable de aplicar políticas públicas que orienten a los padres para actuar y contener adecuadamente el avance de este flagelo, que mina el presente y el futuro de nuestros jóvenes y que pone en riesgo a toda la sociedad.
Alentar el consumo responsable es un imperativo, y en ello deben trabajar en forma mancomunada la familia, la escuela, el Estado y las empresas que producen bebidas alcohólicas.





