
Los jóvenes y la velocidad
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LOS accidentes automovilísticos constituyen la primera causa de muerte entre los argentinos menores de 30 años. El porcentaje más alto de víctimas está en el segmento comprendido entre los 17 y los 24 años, según estadísticas del Ministerio de Salud de la Nación. La misma contundente y casi previsible estadística muestra que los varones son los más afectados por esta negra pesadilla: por cada chica que pierde la vida en un accidente mueren tres varones.
Unos 1500 jóvenes y adolescentes mueren cada año en accidentes viales en la Argentina. Las causas de estos accidentes, según las informaciones conocidas, recaen en errores del conductor en un 82 por ciento de los casos, cuando se trata de menores de 18 años. El porcentaje desciende al 62 por ciento entre los adultos.
Marta Fernández, del Instituto de Seguridad y Educación Vial, ha señalado que "los jóvenes tienen necesidad de autoafirmarse y muchas veces utilizan el automóvil para canalizar sus deseos de libertad. Es difícil concientizarlos sobre los peligros, ya que están en una etapa de rebeldía en la que no escuchan a su entorno familiar sino a sus pares".
José Silveira, titular de Luchemos por la Vida, una entidad privada que se dedica a realizar acciones de atención y prevención en este campo, afirma que los chicos "deberían saber que una única lata de cerveza disminuye la capacidad de conducir entre un 20 y un 30 por ciento". Nuestra legislación, a diferencia de lo que ocurre en otros países del mundo, no considera un delito conducir con 0,5 gramo de alcohol por litro de sangre.
La legislación argentina prevé, de todos modos, una serie de restricciones para los conductores novatos, pero que son ambiguas, poco conocidas y escasas de control o cumplimiento. Durante los seis meses posteriores a la obtención de la licencia para manejar ellos deberían llevar una identificación en el automóvil, una letra "P" de color celeste, que indicaría que quien conduce es un principiante.
Rara vez se encuentra esta señal en los vehículos. Los especialistas son unánimes en cuanto a la escasa seriedad con que se adjudican las licencias entre nosotros y no vacilan en decir que se trata de una práctica más orientada hacia la recaudación de fondos que a la prevención vial. En muchos países, por el contrario, con una larga tradición en esta materia, las habilitaciones se van escalonando y aparecen distintos límites para los principiantes, como la prohibición de conducir en la noche, por ejemplo.
El problema es de una enorme gravedad, pero no parece haber conmovido aún las fibras más sensibles de nuestra sociedad. Ni siquiera los accidentes de enorme repercusión pública, tales como los sufridos por el ex presidente Raúl Alfonsín, por el polista Gonzalo Heguy y por el cantante Rodrigo, despedidos de sus automóviles por no tener colocado el cinturón de seguridad, han generado una reacción suficiente como para que podamos decir que estamos en un sendero distinto.
Nuestros jóvenes no son esencialmente distintos de los jóvenes de otros países del mundo. Ellos viven este febril mundo que nos ha tocado y ellos también sienten que dirigir un automóvil es una manera de volverse poderoso o de rozar los límites de nuevos absolutos.
Pero en otros lugares la ley es implacable y se aplica, cosa que no ocurre ciertamente en la Argentina.
La clara conciencia de la ley es un factor determinante, en muchos lugares, para que una persona que ha bebido se inhiba de tomar el volante. Este simple hábito no está, todavía, en nuestro bagaje de conductas.




