Los Juegos Olímpicos
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Han concluido los Juegos Olímpicos, el acontecimiento que cada cuatro años moviliza al mundo del deporte, en otros tiempos en pos de ideales desinteresados y en la actualidad, primordialmente, detrás del lucro y las conveniencias políticas. Se ha eclipsado de los Juegos, en efecto, la finalidad esencial para la cual fueron concebidos hace más de un siglo por el barón Pierre Fredi de Coubertin, un soñador que ambicionó y logró congregar a la juventud, como ocurría en la antigua Grecia, para que compitiese sin otra intención que la gloria del deporte.
Los Juegos del Centenario, cerrados ayer en Atlanta, han venido a confirmar, por si hicieran falta otras pruebas, esa presunción. Gran parte de los participantes son profesionales declarados y, además, las competencias y las actividades conexas fueron organizadas como un gran sostén publicitario, económico y comercial. El amateurismo, otrora requisito ineludible para ser atleta olímpico, tuvo que dejar paso a criterios más realistas y lucrativos.
Una vez más y pesar de las buenas intenciones implícitas en la denominada tregua olímpica, la barbarie irracional se encarnizó con el espíritu de confraternidad y armónica convivencia que deberían ser el substrato de los Juegos. El atentado con explosivos que, en pleno Parque del Centenario Olímpico, y a pesar de las rigurosas medidas de seguridad, segó la vida de dos personas y causó heridas a otras 110, conmovió por igual a autoridades, participantes y espectadores. Pero la gratuita y aún impune agresión no logró concretar su soterrado objetivo:la comunidad olímpica se sobrepuso y, a pesar de la persistencia de las amenazas, los Juegos continuaron y concluyeron, felizmente sin más tropiezos. Algo resta, al fin y al cabo, de aquel añorado idealismo que hace cien años alumbró en Atenas los primeros Juegos de la era moderna.
La Argentina tuvo activa participación en este certamen. Intervino con una delegación numerosa, cuyo desempeño global no debería generar un optimismo desbordante, sólo posible como subproducto de consideraciones oportunistas e interesadas como las que también promovieron ciertos groseros comentarios teñidos de triunfalismo, vertidos en agravio de circunstanciales oponentes de los deportistas de nuestro país.
Aunque magra cosecha, las medallas conquistadas por los representantes argentinos constituyen la mayor cantidad obtenida desde hace varios lustros. Sin embargo, no alcanza para disimular la orfandad generalizada que caracteriza al deporte local, asfixiado por la perpetuación de dirigentes burócratas, la falta de alicientes y hasta la pobreza de recursos humanos, técnicos y de infraestructura.
Es importante competir, pero también lo es hacerlo en condiciones de paridad. Algunos representantes argentinos tuvieron desempeños destacados merced a las condiciones particulares favorables en que se desenvuelven sus deportes -el fútbol de alta competición, por ejemplo- y otros pudieron hacer valer sus aptitudes personales o su voluntarioso empeño. Eso viene a demostrar la subsistencia de antiguos vicios del deporte argentino, como la falta de una estructura elemental destinada a estimular en la niñez y la adolescencia el interés por la práctica deportiva y a fomentar su enseñanza -en serio- como parte formal de los programas educativos.
Las autoridades nacionales están empeñadas en que la Ciudad de Buenos Aires sea sede de los Juegos Olímpicos del 2004. Por ahora, esa candidatura no pasa de ser una aspiración costosa y de la cual -tal vez- se podría prescindir para atender otras necesidades más apremiantes. No obstante, sería oportuno y acertado que reparasen en la desorganización y las contingencias que deslucieron los Juegos Olímpicos de Atlanta, motivo de acres protestas de participantes, dirigentes, periodistas y espectadores. Podrían, así, tener cabal idea de la magnitud del compromiso que ligeramente pretenden asumir.





