
Los kurdos, un pueblo con pocos amigos
Por Julio Crespo
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EN una semana en que la atención se concentraba en los intentos de encontrar solución al conflicto de Kosovo, las capitales europeas fueron conmovidas por las secuelas de un hecho ocurrido en Nairobi, capital de Kenia, donde servicios de inteligencia turcos -con la posible ayuda de agentes de otros países- capturaron al dirigente separatista kurdo Abdullah Ocalan. Fundador y líder del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (conocido por sus iniciales en idioma kurdo, PKK), Ocalan era el hombre más buscado por las autoridades turcas, que lo responsabilizan por la muerte de unas 30.000 personas en encuentros armados y actos terroristas planeados y ejecutados por PKK.
El secuestro de Ocalan, que desató una ola de protestas entre los 850.000 kurdos que viven en Europa, fue jubilosamente celebrado en Turquía. Pero el encarcelamiento que parece poner término a la carrera de un dirigente violento y despiadado pone también ante la mirada y la conciencia del mundo, de manera ineludible, la situación de más de veinte millones de personas, que forman una nación sin Estado y viven sometidas a gobiernos que no reconocen su identidad.
A partir de esta semana, la cuestión kurda quedó instalada en Europa; no ya en las conversaciones de políticos y diplomáticos, sino en las calles, en los medios de comunicación y en la vida diaria de muchas ciudades.
Una afrenta nacional
La figura de Ocalan estaba lejos de ser, no ya popular, sino siquiera aceptada entre la mayoría de los kurdos en el exilio, que rechazan su ideología marxista y sus métodos violentos. Pero, ahora, las circunstancias de su captura, cuando se dirigía desde la embajada de Grecia en Nairobi al avión que lo llevaría a un nuevo destino, y las versiones sobre posible colaboración de agentes norteamericanos e israelíes, hacen que su encarcelamiento en Turquía sea sentido como una afrenta nacional.
Para los agentes del PKK en Europa fue fácil captar la reacción espontánea de miles de connacionales en las manifestaciones que, en algunas ciudades, incluyeron intentos de autoinmolación y en Berlín costaron la vida a tres personas cuando los agentes de seguridad del consulado israelí dispararon contra la multitud que intentaba entrar al edificio.
El secuestro de Ocalan y los hechos que ocurrieron después provocaron ya una conmoción en Grecia, donde renunciaron tres miembros del gabinete (entre ellos el ministro de Relaciones Exteriores) y no se sabe si el gobierno del primer ministro Costas Simitis podrá sostenerse. Pero además, en lo inmediato o en el mediano y largo plazo, otros cambios serán inevitables en otros países directa o indirectamente involucrados en el conflicto entre los kurdos y los gobiernos de los países donde ese pueblo tiene su patria.
Turquía es miembro de la OTAN y aspirante a ingresar en la Unión Europea. En estos momentos, la actualización del problema kurdo viene a recordar que el gobierno de Ankara está todavía lejos de alcanzar los requerimientos de la Unión en materia de derechos civiles y humanos. Y no hay posibilidades de que este punto sea pasado por alto, con los manifestantes kurdos en las calles y una emisora de televisión que, desde Londres, transmite por satélite en idioma kurdo a los países del continente.
El problema no se limita solamente a la situación en Turquía, donde viven más de diez millones de kurdos. El Kurdistán se extiende a través de otros tres países -Irán, Irak, y Siria-, cuyos gobiernos no se caracterizan por el respeto a los derechos de las minorías. Desde que el tratado de Sévres, al sellar en 1920 la disolución del Imperio Otomano, prometió a los kurdos la creación de un Estado independiente, el anhelo nunca pudo cumplirse. Sucesivos intentos fueron aplastados por Turquía en la década de 1920, por Irán en 1946 y por Irak en los años sesenta.
En estado de tensión
Los kurdos forman el 20 por ciento de la población de Turquía y casi un tercio de la población de Irak; constituyen minorías importantes en Irán y en Siria. Es casi inevitable que esa situación les granjee pocos amigos en países que viven en estado de tensión permanente. Los árabes no sienten simpatía por una comunidad que puede llevar al desmembramiento de sus países, los israelíes privilegian su amistad con Turquía; Irán puede utilizarlos para desestabilizar el gobierno de Irak, pero ve el peligro dentro de sus propias fronteras. Finalmente, los Estados Unidos consideran a Turquía un aliado demasiado importante, cuya integridad no quieren ver amenazada.
Pero, por incómoda que resulte, una realidad de más de veinte millones de personas no puede ser ignorada por mucho tiempo sin un costo muy alto. Y los hechos de esta semana vienen a recordar que, si se quiere dar solución a cuestiones tan importantes como la estabilidad en el Medio Oriente, el ingreso de Turquía a la Comunidad Europea y la progresiva modernización de los países árabes, esos veinte millones deben ser tomados en cuenta.
Si esto no ocurre, el secuestro y procesamiento de Ocalan, lejos cortar las actividades terroristas del PKK, podría, por el contrario, darle la oportunidad de capitalizar el descontento y la frustración de millones de connacionales. En estos días, los líderes kurdos moderados han estado llamando a la calma. Pero sería difícil mantener esa actitud si, frente a gobiernos occidentales que siguen ignorando el reclamo, una minoría radicalizada ve llegado el momento de tomar las riendas.





