
Los pájaros de Hiroshima, entre la plegaria y el desdén
Algo pasa con los pájaros. Algo nos pasa con ellos. Los hicimos mensajeros de los dioses, espléndidos como Garuda (el pájaro que transporta deidades por el firmamento de la India) o el Fénix. Hemos leído el futuro en sus entrañas, los pusimos a custodiar templos y ciudades y alguna otra vez hasta decidimos que su vuelo no era otra cosa que la caligrafía de Dios.
Leyenda sobre leyenda, pluma sobre pluma, muchas de nuestras historias incluyen pájaros y la de la tragedia de Hiroshima (de la que se cumple un nuevo aniversario pasado mañana) mal podía ser la excepción. La historia es conocida: el día en el que un pájaro metálico llamado Enola Gay dejó caer un hongo anaranjado, la niña Sadako Sazaki (de dos años entonces) comenzó a morirse en secreto. Sobrevivió al estallido, sí, pero un día cualquiera, diez años más tarde, descubrió que ya no podía correr. Le diagnosticaron leucemia y le contaron a su madre que no viviría mucho. Su amiga Chizuko le contó otra cosa: le habló de una leyenda antigua, le dijo que los dioses conceden cualquier deseo (incluso sobrevivir a una bomba atómica) a quien logre hacer mil grullas de papel. Sadako, esa misma noche, se puso a plegar lo que tenía a mano: recetas médicas, prospectos, servilletas, cualquier cosa próxima a su cama de internación. Llegó a plegar 644. Sus compañeros del colegio plegaron por ella las 366 que faltaban. Así tocó la tierra Sadako: rodeada por el más hermoso de los cortejos, grullas amasadas por manos amigas.
Desde que esta historia se hizo pública, en 1977, cada año y desde cualquier lugar de la Tierra vuelan hacia Hiroshima bandadas de grullas de papel. Un alado pedido por la paz que hasta tiene su propio monumento: una nena que sostiene en sus palmas un ave plateada. Desde entonces, también, los pájaros también han sido otros. Tardaron un tiempo en volver a Hiroshima, en volver a confiar en esa tierra arrasada. Suele ser así: los pájaros huyen de la muerte, y tal vez por eso también hay quien dice que las aves modifican su rumbo para no ver Auschwitz. Sin embargo, por el tiempo en que funcionó allí un campo de exterminio, con sus crematorios y sus cámaras, los pájaros (alondras, mirlos, petirrojos) estuvieron viéndolo todo. Y siendo a su vez observados por Günther Niethammer, un guardia nazi aficionado a la ornitología. El teniente Niethammer llevó adelante precisas observaciones. Apuntó todo: vuelos, plumajes, colores. El incesante desfile de trenes embarazados de prisioneros nunca fue para él más que paisaje. El lienzo sobre el que se recortaban las aves que lo apasionaban.
Entre las grullas de Sadako y los mirlos de Niethammer parece haber pasado bastante más que tiempo. De la mirada del científico que mide y promedia en pleno infierno a la niña afiebrada que sobrevivió al infierno cabe un universo completo, con sus soles. La niña reza con los dedos; el hombre mira desde atrás de cristales. El mundo de Sadako no podría ser más nuestro; el de Niethammer, tampoco. Tal vez eso sea lo que saben los pájaros: que entre una y otra cosa suele haber no más de un arco de distancia. Ése es quizá también el verdadero desafío que nos sigue murmurando Hiroshima: vivir, todos nosotros, decidiendo a cada instante entre el toque y la indiferencia, entre la plegaria y el desdén. Con su origami desesperado, Sadako nos contó más sobre los pájaros que Niethammer en las páginas de su cuaderno. Después de todo, puede que los giros de las bandadas contra el cielo realmente sean la letra de Dios. Lástima que ya casi nadie recuerde el idioma.





