Los partidos se ríen de sus sepultureros

Andrés Malamud
Andrés Malamud PARA LA NACION
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21 de octubre de 2015  

LISBOA.- "En 1969 pasé seis meses haciendo investigación en la Argentina y no conseguí entenderla. Ése es uno de mis grandes fracasos. Creo que mi problema fue que nunca comprendí su sistema de partidos."

Philippe Schmitter no es famoso por sus fracasos. Uno de los mayores politólogos contemporáneos, fundó con Guillermo O'Donnell los estudios sobre transiciones democráticas. Vivió en innúmeros países e investigó muchos más. Sólo uno lo superó. Irónicamente, Schmitter tiene algo en común con un sector bullanguero de los politólogos nacionales: ellos tampoco comprenden el sistema de partidos.

No es culpa de Durán Barba. Desde hace años, una corriente literaria sostiene que la democracia está en crisis y los partidos, en decadencia. Que la gente no se identifica con las viejas estructuras. La sociedad civil habría reemplazado a los militantes, y la televisión, a los actos masivos. Prevalecen los liderazgos de popularidad con independencia de los partidos. La opinión pública es volátil y los resultados electorales, imprevisibles. Y rematan: no ocurre sólo en la Argentina, sino en todo el mundo.

Entonces llega la democristiana Angela Merkel, gobierna diez años y va por más. Desde 1992, todos los presidentes norteamericanos son reelegidos. El PT brasileño gana cuatro elecciones consecutivas y el peronismo está cerca de empatarlo. Volátil es la teoría.

Los partidos están más sólidos de lo que sueñan los románticos de la Rive Gauche. Pero no son los de antes.

Los partidos idealizados, que existieron sobre todo en Europa, iban de la cuna a la tumba. Literalmente. Antes del Estado de bienestar, eran ellos los que se encargaban de las guarderías y los sepelios de sus afiliados. Y también de los periódicos, del turismo y de la salud. Obras sociales, hospitales y hoteles sindicales son un resabio de esos tiempos.

Dos elementos se destacaban: la lealtad de por vida y los programas ideológicos. Los ciudadanos no cambiaban de partido y los partidos no cambiaban de ideas.

La función principal era la representación. Los partidos canalizaban las demandas de la sociedad al Estado. Trabajaban de abajo para arriba. Una vez en el parlamento o en el gobierno, implementaban políticas favorables a sus grupos de apoyo.

Ya no. Los partidos debieron adaptarse a tres transformaciones: la profesionalización del Estado, la diversificación de la sociedad y el desarrollo de las tecnologías de comunicación.

El Estado ya no lo administran pequeños grupos de dirigentes. Requiere miles de funcionarios. Los militantes ahora son empleados públicos, y muchos votantes, también. Representan al gobierno ante la sociedad.

Las sociedades ya no se dividen en burguesía y proletariado. Hay clases sociales más integradas al mundo y clases sociales más vulnerables, sectores formales e informales y movilidad social. Y quien cambia de clase puede cambiar de partido.

Además, las nuevas formas de comunicación redujeron la importancia del nexo partidario. Electores y representantes se encuentran sin intermediación en las redes sociales.

Estas transformaciones produjeron efectos que se neutralizan. La diversificación social y las tecnologías de comunicación "liberaron" al elector, pero el Estado aumentó su control. En la Argentina, donde el Estado tiene tres niveles, penetra en el territorio y la sociedad con intensidad.

El politólogo Peter Mair describió el pasaje del rol representativo al rol gubernativo de los partidos. Pero como mostró Gerardo Scherlis, discípulo argentino de Mair, alejarse de la sociedad no significa alejarse de los votos, que son conquistados mediante el uso del aparato estatal. Los partidos, anclados en el gobierno, mantienen el control sobre dirigentes y electores.

La Argentina no tiene altas tasas de empleo público. Pero la mayor parte del gasto en sueldos se concentra en las provincias, y la distribución entre ellas es irregular.

En diez provincias, más de un 35% de los asalariados son empleados públicos. A la cabeza, con cerca del 50%, están las presidenciales: Santa Cruz y La Rioja. En el otro extremo, con menos del 20%, aparecen Córdoba y Buenos Aires. En la mayoría, según un estudio de Cippec, dos o tres de cada diez personas ocupadas trabajan en algún nivel del Estado (nacional, provincial o municipal). Y la dependencia laboral se torna, consciente o inconscientemente, dependencia política. Los ciudadanos votan para proteger su fuente de empleo, no para controlarla o desafiarla.

Éste es uno de los factores que estabilizan la política subnacional. Desde 1983, sólo cinco provincias fueron gobernadas por más de dos partidos. Las otras 19 son monopartidistas o bipartidistas. Lo mismo se da a nivel municipal. La política argentina parece una hoja al viento, pero no lo es: está bien anclada en el territorio. Los partidos funcionan y determinan las carreras políticas, aunque no atiendan en el comité o la unidad básica, sino en la gobernación o la intendencia.

Es cierto, como asegura Eduardo Fidanza, que los argentinos identificados con algún partido político son minoría. Pero también acierta Rosendo Fraga cuando ironiza: cada vez hay menos peronistas, pero el peronismo saca cada vez más votos. En algunas provincias sucede algo parecido con el radicalismo: por eso, el oficialismo tucumano tiene que perpetrar irregularidades y el chaqueño debe bajar a un jefe de gabinete como intendente. Los boinas blancas siguen siendo la principal alternativa al peronismo en dos tercios del país.

La capacidad adaptativa del peronismo es superlativa. Gana, pero además dura. Otros partidos son menos exitosos. La razón es interna. Ernesto Calvo muestra que el peronismo goza de una enorme estabilidad en el electorado y una gran fluidez en la conducción: los dirigentes se comen entre ellos, pero los votantes se mantienen fieles. La UCR es al revés: los votantes huyen con facilidad, los dirigentes son vitalicios. ¿Y Pro?

Macri tuvo el mérito de fundar un partido. Lo hizo desde el Estado. Después de Boca Juniors, fue el aparato de la ciudad de Buenos Aires el que le permitió instalarse nacionalmente, reclutar especialistas y formar equipos. Usó para eso el empleo público, los subsidios y las concesiones. Como todos. Y ocupó el espacio que un radicalismo sin gobiernos locales en el área metropolitana dejó vacío.

Si Macri gana la presidencia, armará su gobierno succionando equipos de la CABA. Si además gana Vidal en la provincia, la succión será doble. Pero Pro, aun con el radicalismo y la Coalición Cívica, difícilmente tenga gente para llenar los tres mayores gobiernos del país con funcionarios de calidad. De esa carencia ya surgieron casos como el de Niembro o Borocotó.

No hay nada anormal en la evolución de Pro en tanto organización electoral que promueve candidatos y se financia en buena parte desde el Estado. Se ha transformado en un partido político, con sus virtudes y sus defectos. Y menos mal, porque la sociedad civil no gobierna y los líderes de popularidad no duran. Quien lo ignore estará condenado a horrorizarse cada vez que se pinche un globo.

Politólogo, docente de la Universidad de Lisboa

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