
Los que mandan, cuarenta años después
Por Eugenio Kvaternik Para LA NACION
1 minuto de lectura'
Dias pasados se cumplieron cuarenta años de la aparición del libro Los que mandan, de José Luis de Imaz, y el acontecimiento dio lugar a una celebración académica en la Universidad Católica Argentina.
Se trata de una obra fundamental de la sociología nacional, pero de lectura accesible para el público culto en general y para el ciudadano esclarecido, en particular, porque su autor, que tiene el privilegio de escribir como habla y hablar como escribe, nos presenta como en un fresco, similar a los frescos poblados de nobles venecianos de Tiziano, la fisonomía de las elites dirigentes de la época: civiles y militares, dirigentes rurales, empresarios, industriales, líderes sindicales y dignatarios eclesiásticos.
Los asistentes al homenaje tuvimos la suerte de escuchar una alocución inolvidable y emocionante, en la que Imaz nos reveló el humus intelectual de su obra.
Entre los antecedentes nacionales, desfilaron desde Catilina, de Ernesto Palacio, hasta Ensayo sobre Rosas y La Argentina y el imperialismo británico, de los hermanos Irazusta, y, entre los extranjeros, desde los cursos en París con Raymond Aron hasta lo que el autor escuchó, a hurtadillas, a través de la verja de un patio, de los cursos de la ENA, el Parnaso de los tecnócratas franceses.
En su libro, Imaz desarrolló dos argumentos. Según el primero, una elite esclarecida había convertido a la Argentina de desierto en nación moderna y progresista, pero, paradójicamente, la propia modernización y movilidad social no habían generado una clase dirigente que continuara con ese impulso. El segundo, corolario del anterior, sostenía que la ausencia de esta clase dirigente tenía su raíz en una radical incomunicación, lo que impedía que las elites sectoriales adquiriesen los atributos de organización y cohesión propios de una clase dirigente.
En la primera tesis se advierte una nostalgia del pasado –o tempora, o mores–, cuando el autor describe a la clase dirigente que convirtió a la Argentina en un país moderno y muestra cómo sus miembros surgieron de los mismos establecimientos educativos, de las mismas familias y de los mismos clubes.
Su arquetipo es Lucio Mansilla, en sus palabras, “políglota, embajador en Berlín y en San Petersburgo, hombre de salón y de toldería, autor de una de las más perfectas piezas de la literatura nacional, traductor de Horacio y Virgilio, y lenguaraz de las pampas, oligarca e impulsor del progreso. Genuinamente criollo y universal a la vez”.
En la segunda tesis, se percibe un anhelo de algo similar a las escuelas francesas, especialmente la Ecole National d’Administration, cuna de una elite poseedora de espíritu de cuerpo, de impronta liberal y de estatismo esclarecido, fundada por Charles de Gaulle y Michel Debré. Ellos también hicieron su cursus honorum como soldados, prisioneros en la Primera Guerra Mundial y luchadores de la Resistencia en la Segunda, maestros de la prosa francesa y políglotas, fundadores de la V República, nacionalistas franceses y europeos cabales.
Imaz señala en el libro su deuda con el pensador italiano Gaetano Mosca, autor que reconcilió la teoría elitista con la idea del gobierno representativo. Según Mosca, toda clase dirigente posee tres atributos. El primero es su organización; el segundo, su apertura a todas las fuerzas sociales –y no a una sola, como una casta–, lo que da lugar a la constitución de lo que este pensador denomina la clase media del poder: funcionarios, intelectuales, técnicos, periodistas. Y el tercer atributo es que legitima su mando en un conjunto de creencias, a las que denomina la fórmula política. En el antiguo régimen, la fórmula política era el derecho divino de los reyes. En las naciones modernas, es la soberanía popular.
De estos tres atributos ya hemos mencionado que, para Imaz, nuestra clase dirigente carecía de cohesión y organización, pero, como consecuencia de la movilidad social que distinguió a la Argentina moderna, estaba abierta a todos los estratos sociales, sin distinción.
En los años 60, cuando el libro fue publicado, y en el vaivén de los gobiernos civiles y militares de la época, el autor, que aspiraba a una clase dirigente propia de una sociedad libre y pluralista –como consta en sus conclusiones– quizás haya omitido pronunciarse con claridad suficiente sobre la fórmula política deseada: democracia o autoritarismo modernizante, gobierno civil o régimen militar. Este es uno de los pocos, quizás el único punto débil del libro.
Imaz confiaba en que si una de las elites sectoriales asumía el liderazgo, arrastrando a las restantes, las carencias de nuestra dirigencia podrían encontrar remedio.
Sucedió exactamente lo contrario: cada vez que una de ellas asumió un papel de liderazgo, arrastró a las restantes… al fracaso.
El repaso de nuestras crisis más recientes lo confirma y nos sobrecoge de estupor: desde la represión ilegal y la aventura de los militares en las islas Malvinas hasta la incapacidad de los políticos y empresarios aliados, ya sea para mantener la convertibilidad o para salir ordenadamente de ella, pasando por la inconsciencia de los dirigentes sindicales en 1976.
Cuarenta años después de la aparición de Los que mandan, la Argentina, parafraseando a Raymond Aron, es cambiante e inmutable al tiempo. Cambia porque adquiere una fórmula política: la soberanía popular, encarnada en las instituciones democráticas. Es inmutable porque sigue sin clase dirigente.
Como en esos espejos de los príncipes del medioevo, es fácil pintar los atributos de una dirigencia ideal: espíritu de cuerpo, idoneidad, vocación de servicio, conciencia estricta de la separación entre lo privado y lo público, cierta alternancia y rotación entre esferas de actividad diversas, como Mansilla y los enarcas franceses, que pasaban de un área de la administración a la otra, de las actividades propias de tiempos de paz a las de tiempos de guerra, del periodismo a la cátedra, de la función pública a la gestión empresaria. Pero si no logramos ponernos de acuerdo sobre cuáles de estos atributos son necesarios y cuáles suficientes, siempre podemos recurrir a eso que los lógicos denominan definiciones ostensivas.
Nos sugieren que cuando tenemos dificultades para definir algo debemos mostrar el objeto o la imagen de lo que pretendemos definir y señalarlos con el dedo. Si no podemos concordar respecto de qué es un país con clase dirigente, nos basta señalar con el dedo un mapa de Chile. Y viceversa: si queremos definir qué es un país sin clase dirigente, nos basta señalar un mapa de la Argentina.
El libro deja al lector con una sensación análoga a la del espectador de un film noir. A él, el placer de haber visto una buena película lo compensa por el desasosiego que le causa el epílogo. Pongamos entre paréntesis, por un momento, el juicio sobre nuestros grupos dirigentes y pensemos solamente que si alguien nos pregunta qué es un gran libro, no necesitamos enumerar las virtudes que singularizan a los clásicos: nos basta con señalar Los que mandan.




