
Los últimos días del coronel
Nacido en la Argentina, criado en Cuba y residente en Francia, Jorge Masetti, hijo del periodista argentino Ricardo Masetti que fundó Prensa Latina, narra en El furor y el delirio (Tusquets) los entretelones de los operativos internacionales cubanos y su decepción del establishment revolucionario.
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NACI en Argentina. Hacía poco, menos de un mes, había regresado de Angola, donde había permanecido cuatro meses. Aquél no fue un viaje como los que realizaba habitualmente; siempre había partido solo, de forma clandestina, bajo una falsa identidad, encargado de misiones delicadas, de "operaciones especiales", pero esta vez había viajado legalmente, incluso acompañado de Ileana, mi mujer, representando a una empresa comercial.
En cuanto llegué a La Habana fui a entrevistarme con el coronel Antonio de la Guardia -Tony para los amigos-, mi jefe, que además de amigo, era mi suegro. Como siempre, me recibió sonriente, diría que hasta más contento que de costumbre, y nos instalamos en el patio de su casa, bajo una hermosa enredadera que él mismo había plantado, y que era donde solíamos encontrarnos cuando teníamos que tratar de asuntos delicados. Al patio se llegaba después de atravesar la terraza donde Tony había colgado los lienzos de su propia cosecha que se había reservado para su colección particular, producto de su temprana vocación de pintor, que siempre compaginó con sus actividades militares.
-Ya no tendremos que jugar más a los empresarios. Por suerte he sido relevado de las funciones comerciales y sólo tendré que ocuparme de las tareas operativas especiales. Tú también vendrás a trabajar conmigo a esa sección -lo dijo sonriente, pues sabía que a mí tampoco me gustaba el trabajo comercial. (Tony se refería a la decisión de Fidel, quien, ante la crisis económica, decidió emplear la experiencia internacional y operativa que habíamos adquirido los revolucionarios profesionales en actividades comerciales con el fin de obtener divisas.)
Ya en reiteradas oportunidades le pedí a Tony que me ubicara en las tareas que ahora me estaba proponiendo.
-Descansa unos días y ten lista tu documentación, pues pronto saldrás para España, donde montarás una base de operaciones. Después te daré más detalles -me dijo concluyendo la conversación.
Me quedé intrigado; me hubiera gustado averiguar en qué consistirían esas misiones especiales, pero no le pregunté nada, acostumbrado como estaba a esperar instrucciones en lugar de explicaciones cuando se trataba de ese tipo de trabajo.
Luego nuestra conversación tomó un giro más familiar al unirse a nosotros Mari, su mujer, e Ileana, la mía. El se mostró particularmente afectuoso con Ileana. Hacía meses que no la veía, pues ella había viajado conmigo a Angola, no como hija del coronel Tony de la Guardia sino como la mujer de uno de sus oficiales, sin gozar de ningún privilegio especial, como suele ser el caso cuando viaja algún familiar de un miembro de la cúpula del poder. Ileana había trabajado conmigo a pesar de que, en un principio, Tony se hubiese mostrado reticente al viaje y manifestado temores de padre. Pero no consiguió disuadirla.
-Mari, trae un traguito para que brindemos al mismo tiempo por el regreso y la boda de ambos -le dijo mi jefe a su mujer.
Cuando nos casamos, unos días antes de salir para Angola, él no pudo asistir a la boda porque estaba en viaje de trabajo. Ahora parecía feliz, orgulloso de su hija. (...)
Después (...) nos fuimos a casa de Patricio, el general Patricio de la Guardia, hermano gemelo de Tony. Con él habíamos mantenido más contacto últimamente; era el jefe de la misión del Ministerio del Interior cubano en Angola, donde acababa de pasar tres años, y había regresado a La Habana apenas unos días antes que nosotros.
-¿Ya hablaste con Tony, Terrorista? -Así me llamaba cuando bromeaba-. Debes de estar muy contento. Vas a poder hacer lo que te gusta -dijo golpeándome el hombro.
Era su manera habitual de saludarme. Evidentemente, estaba al tanto del trabajo que desempeñaríamos.
La conversación con él era menos formal; no era mi jefe directo y, además, debo confesarlo, lo había adoptado como padre -al mío lo había perdido hacía mucho tiempo-. Patricio me trataba como a un hijo mayor, quizá porque podía conversar, mostrar dudas, dejar de ser general por un momento. Le pregunté si sabía cuáles serían nuestras misiones y respondió con una carcajada.
-Ahora sí que se volvieron locos. Tienes que montar una base operativa en España para actuar en Estados Unidos. Figúrate que el primer objetivo es hacer volar el globo de transmisiones de TV Martí.
Me quedé frío. Una cosa era operar en América Latina, donde ya había trabajado, incluso en Europa o Africa, y otra en Estados Unidos, teniendo además como objetivo TV Martí. Imaginaba los controles de los americanos sobre ese proyecto millonario del gobierno estadounidense, destinado a enviar a Cuba una señal televisiva con el propósito de difundir programas de información y propaganda contra la revolución, contra Fidel Castro. El sistema de protección debía de ser impresionante. Sin embargo, sabía que bajo la responsabilidad de Tony todo saldría bien. En más de una oportunidad había cumplido misiones tanto o más peligrosas que ésta y siempre había regresado victorioso. Era, sin duda alguna, el hombre más cualificado para dirigir esta operación.
Por otra parte, me sentí contento. Si me habían elegido era porque la revolución confiaba en mí, Tony confiaba en mí, Patricio confiaba en mí; me había ganado el derecho a participar en una misión tan delicada. Antes de despedirnos, quedamos en cenar con su mujer e Ileana.
Vino a recogernos hacia las ocho. Traía un bolso que yo le había prestado para su regreso de Angola. Al mismo tiempo me entregó 10.000 dólares que Tony me enviaba para los primeros gastos cuando me instalara en España. Después de guardar el dinero nos fuimos a un restaurante, y esa noche Ileana y yo decidimos dormir donde los abuelos de ella. Los abuelos eran los padres de Tony y de Patricio; ellos eran el eje de la familia. El abuelo creía mucho en la revolución. La abuela Mimí era una señora como las de antes; seguía a su marido y buscaba lo mejor para su familia. Eludía todo tipo de discusión o polémica que perturbara el clima familiar; convirtió su casa en una isla dentro de la isla al lograr que no se politizaran las relaciones entre los miembros de la familia.
A la mañana siguiente, cuando regresamos a casa, advertimos que el departamento había sido registrado, pero era extraño que los intrusos no robaran nada, incluso dejaron todo como estaba para que no quedara rastro alguno de su paso por allí. Lo que no previeron es que, por costumbre, y para no perder la práctica tantas veces aplicada en hoteles en el extranjero, yo siempre dejaba alguna señal para verificar si alguien entraba en mi ausencia. Tan sólo era un hábito, casi un juego, sobre todo en Cuba, mas esta vez no cabía duda: alguien había visitado el departamento.
De inmediato fui a casa de Patricio y le comenté lo sucedido. Riéndose, me contestó:
-Terrorista, no te olvides de que estás en Cuba. ¿Quién te va a registrar aquí? No estás ni en Argentina ni en Colombia. Estás en Cuba. Este es nuestro país, nuestra retaguardia. Déjate de paranoias.
Realmente, lo que decía tenía lógica. Sin embargo, estaba convencido de que habían entrado y de que no se trataba de ladrones, no faltaba nada, ni mis armas ni dinero.
Intranquilos, esa misma tarde nos fuimos Ileana y yo para la playa, a la casa de una tía abuela suya. Teníamos que regresar a los tres días para el cumpleaños de Patricio y de Tony. Hacía años que no lo festejaban con la familia, pues apenas coincidían los dos en La Habana. Se presentaba una oportunidad única de celebrarlo con sus padres e hijos, como no habían tenido ocasión de hacerlo en mucho tiempo.
Durante esas cortas vacaciones, varias veces me pareció ver, en distintos lugares, un auto blanco con los mismos rostros en su interior, pero no le di mucha importancia. Quizá Patricio tenía razón y tantos años de rigor clandestino habían terminado por volverme algo paranoico, pero es cierto que en todo aquello había algo extraño, aunque ¿de qué podía dudar? Estaba en Cuba.
La última noche que pasamos en la playa, Ileana se la pasó llorando, decía que sentía que algo horrible estaba a punto de suceder. Siempre me he dejado guiar por los presentimientos propios o ajenos, así que comencé a inquietarme pensando que la operación en Estados Unidos iba a resultar mal, que tal vez mataran a alguno de nosotros en Cuba, ¿qué podía pasar?
Tendríamos que haber llegado puntuales a la hora del almuerzo, pero se nos hizo tarde. Como era martes 13 y yo soy muy supersticioso, preferí conducir despacio. Hice en tres horas el trayecto que habitualmente recorría en una hora y media.
Era el martes 13 de junio de 1989.
Cuando llegamos a casa de los abuelos, ya estaba toda la familia y sólo faltaban Tony y Patricio, Mimí estaba furiosa:
-¿Cómo es posible que, después de tantos años de separación, estos muchachos me dejen con el almuerzo preparado el mismo día de su cumpleaños?
Popín, el abuelo, a pesar de sus ochenta y nueve años, se mostraba más paciente. Le decía que esperara, que seguramente los había retenido algún trabajo urgente. Ya eran casi las cuatro de la tarde y ninguno de los gemelos había llegado. La situación era preocupante o, al menos, anormal. El mal humor de la abuela empeoraba, y yo también empecé a inquietarme.
Martes 13, día funesto...
Decidí ir con Ileana a casa de Patricio, que era la más cercana, para averiguar algo. Tocamos el timbre varias veces. Extrañamente, todas las ventanas estaban cerradas, lo que nos impedía mirar hacia el interior; al rato nos abrió un mulato alto, vestido de civil, pero con inconfundible aspecto de policía. Comprendí que la situación era grave, y con tono solemne pregunté por el general, y no por Patri o Patricio, como siempre lo llamaba. En lugar de responder nos preguntó quiénes éramos; no supe qué contestar, no entendía nada.
Y nos llegó la voz de la mujer de Patricio.
-Déjelos pasar que son la hija de Tony y su marido. -Se levantó para recibirnos, llorando-. Tony y Patri están presos en Villa Marista.
Villa Marista es, ni más ni menos, la sede de la policía política, donde encarcelan a los disidentes.
-No sé qué pasa, no sé qué está pasando.
Jamás podré olvidar la imagen del interior de la casa. Todo estaba tirado por el piso. Un grupo de cinco o seis hombres registraba y husmeaba cada rincón, me impresionó sobre todo ver tirados, entre cosas sin importancia, tantos símbolos revolucionarios; allí regados por el suelo y pisoteados, estaban los uniformes verde olivo y de camuflaje utilizados en tantas campañas, y los grados de general, las condecoraciones ganadas en misiones internacionalistas, las armas, incluso un retrato enorme del Che Guevara bajo el que nos fotografiamos Ileana y yo el día de nuestra boda, como queriendo sellar, a pesar de nuestras dudas, el compromiso de seguir luchando por la revolución.
No pude ver más; me bastaba.
(...) -¡Esto es increíble...!
Pero la voz del mulato me devolvió a la realidad.
-¿Por qué increíble? ¿Es que tú no confías en la revolución?
(...) ¿qué es la revolución? De ninguna manera el fetiche en nombre del cual la razón de Estado pronuncia y ejecuta sus sentencias. Principios, proyectos, sueños, puede ser. Hombres y mujeres de carne y hueso que los representan, que han luchado por ellos.
(...) Apelar a la confianza significaba querer imponernos silencio cuando en realidad se trataba de ser fieles a nuestros ideales. Ideales que se apropiaron de mi vida aquella tarde de mayo en La Habana, cuando el comandante Manuel Piñeiro me anunció la muerte de mi padre, aboliendo de un golpe mi infancia.
(...) Nada podemos decir de lo que no esté ya en conocimiento de nuestros enemigos. No es preciso revelar nombres que deben quedar aún en el anonimato. Mas, testimoniar con lealtad, contar con sinceridad, es seguir siendo fiel.





