Luciani puede mirar a los ojos
5 minutos de lectura'


Admiramos a quienes se juegan a fondo y ponen el cuerpo ante lo que deben hacer, por más difícil que resulte. Aunque no estamos preparados para trances así, de pronto la vida, sin que lo busquemos, nos pone ante encrucijadas que no hay forma de esquivar y que no admiten grises ni términos medios. De un modo u otro, a todos nos llega el desafío, esa hora de la verdad que suele cifrarse en una decisión o en un acto trascendental que reclama una valentía que nos supera. Pero el ser humano es paradójico. A pesar de ser tan vulnerables como los demás, algunos vencen la cobardía o la duda y superan aquello que nos supera.
Creo que la admiración y los aplausos que despertó el fiscal Diego Luciani anteayer en el Coloquio de IDEA se debieron en buena medida a esto. En su charla con José Del Río, de alguna manera evocó lo que está en juego en ese momento de la verdad. Contó que su hijo, entonces de 16 años, le confió en medio del llanto sus temores de que le pasara algo malo por su actuación en la causa Vialidad, en la que acusaba de corrupción a una expresidenta y a su ilícita asociación de funcionarios mafiosos. Luciani le explicó a su hijo que no iba a poder mirarlo a los ojos si no hacía lo que tenía que hacer, si no cumplía con su deber. Y a los pocos días, lo hizo. Así llegó el histórico alegato que terminó en la condena de Cristina Kirchner, que marcó un antes y un después en un país, el nuestro, en que la corrupción es un mal endémico que perpetúa el estancamiento y la pobreza.
Hay que tener coraje para exhibir, tras una investigación exhaustiva y dentro de una causa que ganó la tapa de los diarios, las pruebas de un saqueo metódico y constante a los argentinos por parte de quienes en ese momento ejercían el poder máximo del país. Por supuesto, Luciani no fue indiferente a los mensajes de amedrentamiento que recibió de ese mismo poder y sus cómplices. Temió por él y por su familia. Pero siguió adelante.
El fiscal merecía este reconocimiento y sospecho que también lo necesitaba. Para sentirse menos solo y más acompañado.
¿Es un fuera de serie? Yo diría que sí. Por su valentía y su coherencia, es una excepción. Si fuera la regla, otro sería este país. Pero conviene no verlo como un superhéroe, sino como un hombre capaz de asumir el trabajo que le tocó. A su hijo, temeroso porque en las redes un periodista militante había mencionado “el suicidio” de Alberto Nisman y se preguntaba arteramente qué iba a pasar ahora con Luciani, el fiscal le respondió como padre y como hombre. Y así, como persona, antes que como fiscal, habló en IDEA. Eso sin duda lo acercó a su auditorio, a aquellos que quieren un país sin corrupción endémica y que acaso, inspirados por su ejemplo, asuman también el papel que les toca en la tarea.
Ayer tuve la oportunidad de charlar con el fiscal. Estaba conmovido y no era para menos. Merecía este reconocimiento a tanto esfuerzo, a los sacrificios que tuvieron que pasar él y su familia. Yo sospecho que también lo necesitaba. Para sentirse menos solo y más acompañado. “Creo que toqué una fibra íntima en la gente, que empatizó con lo que le pasa al hombre que está detrás del fiscal –me dijo–. Tuve después muchas charlas al paso con empresarios y todos estaban de acuerdo en que la corrupción es el gran problema que hemos tenido en la Argentina en los últimos treinta años. También, en que hay mucho por hacer, cada cual en su espacio. Impedir y denunciar las prácticas corruptas dentro del mundo de la empresa, por ejemplo. No hay buenas decisiones en la empresa o el Estado si no son éticas”.
Algunos empresarios, me comentó, quedaron impresionados por esa conjunción de vocación y misión que transmitió en su charla, y se lamentaron de que su preocupación por la rentabilidad relegara el aspecto vocacional en su propio trabajo, algo que, dijeron, debían recuperar. No hay duda de que su palabra interpeló al sector y de que su lucha produjo un efecto contagioso en la platea. Esperamos que resulte algo más que una identificación efímera. Es imprescindible que así sea.
En medio de un panorama desolador, en el que siguen aflorando hechos de corrupción que ofrecen evidencias incontrastables y jueces que se hacen los distraídos para mantener la impunidad de quienes roban a manos llenas, lo que ocurrió en el Coloquio de IDEA impactó en el ánimo del fiscal. “Ojalá esto sea una semillita que sirva. Me voy de aquí contento y esperanzado en que algún cambio podemos producir. Se puede luchar contra las mafias. Olvidemos lo que arrastramos y pensamos en el futuro que podemos construir como país si volvemos a la integridad y la ley”, me dijo.
Otra cosa que quiso dejar en claro el jueves fue que la condena de Cristina Kirchner en la causa Vialidad (seis años de prisión por administración fraudulenta e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos) está firme y ya nadie puede ir contra ella. Destacó esto en implícita alusión a la movida tramposa que los abogados de la expresidenta, uno de aquí y dos extranjeros, están promoviendo en foros internacionales para revertirla. “La sentencia es cosa juzgada y esto es inmodificable”, remarcó el fiscal. Menos mal. Esa causa debería inspirar en la Justicia, y en toda la sociedad, un rumbo y una conducta capaz de marcar un punto de inflexión en la decadencia moral del país.
Cualquier destino consta del momento en que el hombre sabe para siempre quién es, escribió Borges en uno de sus cuentos. Ahí está Luciani, a la vez un hombre común y un fuera de serie, para confirmar la tesis del maestro.



