Luis Miguel para volver a los 15 años

Dolores Caviglia
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22 de septiembre de 2019  

Era viernes y yo estaba a punto de comprarme una vincha. Roja. Con letras negras y brillos. Horrible. No recuerdo qué decía, pero sí que la quería. Estaba ahí, entre la multitud de fanáticas que vestían remeras iguales, y quería ser una más. Qué descaro. Me acerqué al vendedor y le pregunté cuánto salían. Quería una para mí y seis más para mis amigas. Pero no lo hice. No. Era la primera vez que iba a un recital de Luis Miguel, ¿por qué estaba tan emocionada?

A mí nunca me gustó. No coleccioné sus fotos ni sus álbumes ni supe todos sus temas de memoria. Yo soy fan declarada de Diego Torres. Por eso cuando era chica, más que quererlo, a Luismi lo odiaba. Así se vive la rivalidad musical a los 13, con esa furia grácil que adolece a la par de las hormonas. Cuantos más granos, más bronca. Pero ese día de ese marzo el mexicano tocaba en el Campo Argentino de Polo de Buenos Aires y yo había comprado la entrada casi medio año antes.

Era viernes. Cerca de las 9 de la noche, con las chicas entramos al lugar. Nos ubicamos un poco al medio, un poco al costado. Teníamos el escenario lejos, pero no importaba. Nos sentamos sobre el pasto en ronda, fumamos, tomamos algo, charlamos, reímos y nos acordamos de algo que no tenía sentido recordar. Por un segundo pensé que éramos las de antes. Qué estábamos allí y no teníamos 35 años. Ni trabajos, ni novios, ni casas, ni hijos.

La música comenzó a sonar, de a poco, las luces se encendieron y nosotras gritamos como hacía tiempo no lo hacíamos. Estábamos ansiosas. Él, "Micky", "El Rey", acababa de salir al escenario. Eso asumimos por el alarido. Mis amigas saltaron para verlo. Yo no. No quise. Entonces sonaron las primeras canciones. No las conocía y Luis Miguel cantaba poco. Apenas. No seguía las letras. Estiraba las vocales y se quedaba sin tiempo para pronunciar la palabra siguiente. Se alejaba del micrófono. Se quedaba en silencio. Arengaba al público para que hiciera lo que debía hacer él. Parado. Vestido de negro, con el pelo serio y el gesto ambiguo. Pero, de repente, sin razón, como si encontrara en un bolsillo sus ganas perdidas, empezó a cantar el fin de una estrofa que en su garganta se volvió perfecta, y sostuvo, afinado, una nota blanca y fresca como una cala y yo ya no supe si se trataba de su voz o de un piano. Fueron pocos los segundos, pero fueron y en ellos Luis Miguel dejó de ser hombre. Fue monstruo, fue real y yo tuve el deseo de que el mundo acabara allí.

Después arrancó "Suave" y volví a gritar. Al fin. Bailé, bailé con mis amigas. Le perdoné lo machista, lo cursi, el amor viejo, y grité más fuerte todavía. No salté. No, no me interesaba verlo. Tampoco miré la pantalla gigante. Solo quería bailar. Solo quería que cantara de nuevo "Cuando calienta el sol", "La chica del bikini azul", "Ahora te puedes marchar", y pensarlo como antes, con los dientes separados, el pelo en rulos, un jean gastado, una remera blanca y esos ojos verdes, celestes, a medio abrir.

Quería imaginarme a mí como antes. Con los anteojos de aumento marrones y pequeños que me resaltaban las cejas. El pelo largo y sin flequillo. La timidez. La inseguridad. Quería imaginarme a mí en el patio del colegio, en los asaltos con mis compañeros, en las tardes de nada, las noches de confesiones, las horas mirando el techo, las primeras borracheras. Quería ser adolescente. Quería poder elegir si estudiar ingeniería, irme a cursar a Barcelona o a trabajar a Australia. Quería salir los viernes y los sábados hasta las 6 de la mañana y seguir con ganas. Dormir los domingos, quedarme un fin de semana en lo de las mellizas, comer pizza de madrugada.

Era viernes y a mi alrededor la mayoría del público tenía mi edad. Pero también había varios grupos de mujeres de más de 50. Las veía hablar entre ellas, decirse cosas al oído, vivir. Y estaban mis amigas. Las de siempre. Sin vergüenza. Era viernes por la noche y me sentía libre y creo que ellas también.

¿Cuánto hacía que no estábamos todas en un recital? Antes íbamos a juntas a donde fuera. A comprar mapas, una remera, a fumar en la esquina, al baño. ¿Cómo fue que llegamos hasta aquí? De repente, comenzaron los acordes de "Decídete", de "Palabra de honor", de "No me puedes dejar así". Allí, de negro, Luis Miguel cantaba lo que cantaba cuando tenía 15 y conseguía lo que no se puede: que yo también los tuviera.

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