
Mala verdad o dulce mentira
Desde 1930 hasta 1989 los conservadores, radicales y peronistas no lograban terminar sus mandatos en gran parte por golpes de estado cívico-militares o en su defecto por desestabilizaciones que hacían explotar malestares sociales con cacerolazos, saqueos y represiones a granel que obligaban a renuncias, salidas precipitadas con helicópteros salvadores o capitulaciones más o menos humillantes. En esos climas de interrupción brusca de la gobernabilidad sonaba con cierta lógica la excusa de que la confusión política con una salida desordenada y traumática no permitía al gobierno entrante saber exactamente la situación real del país y, de alguna manera, se podía justificar cierto caos y desorganización.
Cuando luego de dos períodos de menemismo completos y sin interrupción se produce el triunfo de la alianza tuvimos la ilusión de que se había quebrado esa tradición de salir por la ventana y antes de tiempo. Esa ilusión duró lo que un suspiro y en aquel perturbador 2001 el caos volvió con los renovados bríos que nos proporcionó la vertiginosa aventura de cinco presidentes en una semana convirtiéndonos en un patético país de opereta, con perdón a la opereta, género teatral alegre, sofisticado y burbujeante como una copa del mejor champagne, mientras que lo nuestro se parece más a una tragicomedia bochornosa escrita por un conjunto de mamados de la peor taberna de baja estofa.
Se estatiza, se privatiza, se subsidia, se des-subsidia, se despilfarra, se recorta, se flexibiliza, se ajusta, se devalúa y todos son honrados pero el poncho no aparece, como dice el dicho
Luego vino la era K y el traspaso era del mismo partido y la misma familia y ahí nadie pasó factura pero ahora se produjo por primera vez en muchos años una instancia precedida por varias elecciones lo cual implicó prolongadas campañas desde las que oficialistas y opositores tuvieron tiempo para explicar cómo se había salvado a la Patria por parte del gobierno en funciones o de cómo se había destruido al país según las proclamas de los adversarios.
Unos y otros abundaron en panegíricos, diatribas, santificaciones, desmonizaciones, apologías y condenas que con furia inusitada se desplomaron sobre el electorado como una catarata de chicanas, slogans, ironías, insultos, descalificaciones e improperios no obstante lo cual vuelve a surgir el "¡no sabíamos lo mal que estaba el país, lo imaginábamos pero la realidad es mucho peor, por lo tanto va a costar mucho arreglar la situación y rogamos paciencia y pedimos disculpas por ciertas medidas que quizás sean antipáticas pero que no nos queda otro remedio que implementarlas descontando de antemano la solidaridad y conciencia de nuestro amado pueblo"! ¡tomá pa´vos!
Uno se pregunta cómo si estaba tan claro la mala praxis, la corrupción, la prepotencia y los chanchullos, los especialistas convocados pueden volver a confesar que no sabían la realidad del desastre. Y uno también se pregunta: "Si yo, que no tengo acceso directo a las internas y solo se que podría vivir mejor de lo que vivo y me quejo de lo que siento que falta y voté en contra, a favor o en blanco como me salen con esta historia del no sabíamos hasta que punto estábamos arruinados".
Es el eterno flujo y reflujo que sufrimos desde siempre, sobre todo, que padece el que menos tiene. Se estatiza, se privatiza, se subsidia, se des-subsidia, se despilfarra, se recorta, se flexibiliza, se ajusta, se devalúa o se sobre valúa y todos son honrados pero el poncho no aparece como diría el paisano. Sería hora de ser adultos y no adúlteros. Los relatos duran cada vez menos y siempre será preferible una amarga verdad a una dulce mentira. Es hora de crecer.






