
Malsanas vivezas
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Informaciones publicadas en LA NACION han descripto, durante los últimos días, las malsanas reiteraciones de una afección crónica, esa inveterada manipulación que algunos costumbristas insisten en bautizar -con incorrecta y apresurada apreciación- como viveza criolla y que vendrían a ser, en realidad, artimañas de la más baja estofa.
En esta circunstancia en particular, aparecen configuradas por el artero desenfado de comerciantes y de cambistas clandestinos - arbolitos, según el lenguaje coloquial de los porteños-, que merced a la devaluación del peso están pretendiendo hacer su agosto sacando provecho del desconcierto que dicha alternativa les provoca a los turistas provenientes del exterior.
Hay quienes les juran y perjuran a los desprevenidos visitantes que el decaído signo monetario nacional todavía está a la par del dólar. Otros, tal vez menos dotados o más cautelosos en materia de atrevimiento, tratan de canjearles pesos por moneda norteamericana, tomando como patrón para el trueque un precio inferior al fijado por las autoridades. Y no ha faltado algún audaz que llegó hasta el colmo de pretender trocarles patacones por dólares, afirmándoles que el trajinado bono provincial tiene cabida en las cotizaciones de la bolsa de Nueva York.
Esas actitudes mezquinas, poco menos que ubicables en el filo mismo de la marginalidad delictiva, son delatoras de la paupérrima autoestima de quienes se atreven a incurrir en ellas. Lamentablemente, la mayor parte de los perjudicados por tales maniobras -acaso de mínima cuantía material, pero de honda significación ética y moral-, cuando regresen a sus respectivos países, no harán distingos entre dichos sujetos y el resto de la sociedad argentina.
Ninguno de los ventajeros se ha detenido siquiera un momento para reparar que con su soterrado manipuleo está dañando la imagen del país ante los ojos del turismo, esa auténtica industria sin chimeneas que en estas horas de incertidumbre podría llegar a convertirse en uno de los recursos genuinos -si es explotado en forma correcta- para iniciar la recuperación de numerosas actividades productivas.
La afluencia de visitantes del exterior -convendría tenerlo presente y no olvidarlo jamás-, estimulada por la afabilidad de la recepción y por la buena calidad de las estructuras paulatinamente puestas a su servicio, ha sido y todavía es una importante fuente de ingresos de divisas para España, por citar el ejemplo más a la mano. Tan elemental razonamiento le da sustento a la certeza de que abusar de la confianza de los turistas equivale a retacearle al país uno de los salvavidas que le permitiría salir indemne del temporal en que se está debatiendo.



