
Manifestantes engañados
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Varias mujeres, habitantes de un barrio de la localidad bonaerense de Ituzaingó, efectuaron días atrás una manifestación de protesta ante el domicilio de Domingo Cavallo; poco después, admitieron públicamente, ante una consulta periodística, que habían sido llevadas mediante engaños. Casi al mismo tiempo, y por la misma vía, un dirigente de los movimientos de jubilados reveló que le ofrecieron medios de transporte y la resolución favorable de una causa judicial vinculada con su actividad pública con la clase pasiva, si se avenía a organizar un acto similar.
Las manifestantes admitieron, en sus declaraciones públicas, que habían sido llevadas a una excursión de compras al Mercado Central, y que de manera imprevista, cuando creían ser trasladados a la Municipalidad para protestar por el cierre de puestos en ese centro de compras, se encontraron repentinamente ante la casa de Cavallo lanzando denuestos contra el ex ministro bajo el acicate de algunos punteros políticos que habían organizado y dirigían la escena a cierta distancia.
La figura, la actitud y el papel político de Cavallo en este episodio son secundarios. Lo que sí queda bien en primer plano es que, sumada la denuncia del dirigente de los jubilados, vuelven a plantearse graves interrogantes sobre los procedimientos empleados en la vida política argentina. ¿Quién o quiénes organizaron esta burda seudoprotesta? ¿En nombre de quién y por qué? ¿De dónde provinieron los recursos para realizarla? ¿Quien tiene poder a influencia como para garantir una determinada definición en una causa judicial?
No es un secreto que muchas manifestaciones políticas, sindicales o dedicadas a reivindicar pretendidos derechos o apoyar determinadas aspiraciones son armadas por dirigentes con activistas contratados -o engañados- para sumarse a cualquier alboroto y protestar no importa por qué ni en qué forma ni con qué medios. Lo que no es frecuente es que las entretelas de estas manipulaciones con que se agravia a la gente y se pretende fraguar una expresión de la voluntad popular queden tan descarnadamente a la vista.
Estas vergonzosas triquiñuelas desvirtúan la esencia misma de la convivencia democrática, y explican por sí mismas el pobre concepto -comprobado una y otra vez, lamentablemente, por las encuestas de opinión- que vastos sectores de la ciudadanía tienen de la actividad política.





