Mártires en Argelia

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3 de junio de 1996  

Un hecho atroz conmovió en estos días a la comunidad católica mundial: el asesinato de los siete monjes trapenses franceses que permanecían cautivos en manos del Grupo Islámico Armado (GIA) la más sangrienta de las organizaciones fundamentalistas que operan en Argelia.

El vocero de los terroristas declaró con escalofriante frialdad que los religiosos habían sido muertos "porque el gobierno de París se negó a negociar".

Los monjes fueron secuestrados el 27 de marzo en su monasterio situado en Medea a unos cien kilómetros de Argel. El GIA reivindicó su horrendo crimen en un comunicado enviado a una radio marroquí en el que se informó a la población que los religiosos fueron degollados una vez que se tuvo la certeza de que el gobierno de Jacques Chirac no tenía intención de negociar con el grupo extremista.

El abad general de los trapenses -el monje argentino Bernardo Olivera- expresó el dolor que los miembros de la comunidad experimentan hoy en todo el mundo. En su declaración fechada el 25 de mayo dice: "Hoy hacia las 17 nos llegó la noticia de la muerte de nuestros siete hermanos. En este momento queremos ante todo orar. Orar por las familias de nuestros hermanos orar por los ciudadanos y ciudadanas de Argelia orar por los once religiosos asesinados en los dos últimos años".

En su declaración Olivera señala que los monjes degollados "nos han dejado un increíble testimonio: el del Evangelio vivido hasta el fin el de las bienaventuranzas vividas sin medida"

Y agrega este párrafo difícil casi heroico: "Sólo una palabra y una actitud de perdón y amor a los enemigos puede abrir un porvenir y romper la cadena de odio y violencia".

Uno de los religiosos asesinados es el padre Christian. Era el más joven de la pequeña comunidad. En septiembre de 1995 cuando dos monjas cayeron asesinadas por el mismo grupo terrorista el padre Christian narró de este modo la ceremonia de despedida a esas dos víctimas inocentes de la barbarie política: "En la celebración había un hermoso clima de serenidad y de ofrenda. Nos congregaba una pequeña iglesia cuyos miembros estaban todos conscientes de que la lógica de su presencia incluía en adelante la eventualidad de una muerte violenta. Era para muchos una inmersión nueva y radical en el carisma mismo de su congregación... y también un retorno a la fuente del primer llamamiento".

Las palabras del padre Christian fueron proféticas. Ocho meses depués de la despedida a las dos religiosas asesinadas siete de los monjes que se habían reunido a orar por ellas eran también inmolados por los extremistas de la GIA.

Además el padre Christian dejó un breve poema profético redactado no mucho antes de morir del cual Olivera rescata este párrafo conmovedor: En fin queridos amigos /es necesario que entre nosotros quede esto bien claro./Soy suyo sigo sus pasos voy/hacia mi plena verdad pascual".

Para la Iglesia el martirio es el supremo testimonio de la fe. El mártir da testimonio de Cristo muerto y resucitado. Esto sucedió en los albores del cristianismo y sigue sucediendo en este tiempo de desencuentros y pasiones desbordadas que el terrorismo argelino expresa con tan alto grado de ferocidad.

"Dejadme ser pasto de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios" decía San Ignacio de Antioquía. Las palabras del santo tuvieron nueva vida esta semana en algún lugar todavía no identificado del norte de Africa.

A veces se mata por una razón concreta y visceral fuertemente personalizada. Es el caso del hombre que es capaz de asestar 113 puñaladas al cuerpo de la mujer a la que supuestamente amaba.

Otras veces se asesina por motivos impersonales abstractos: por ejemplo en nombre de dudosas consignas patrióticas o políticas. Es el caso del terrorismo: no se mata por una pasión concreta y carnal sino por un ideal despersonalizado y genérico.

Las dos formas de matar son igualmente perversas. En las dos interviene la pasión: sanguínea y caliente en un caso; abstracta y fría en el otro.

Pero también hay diferentes maneras de morir. Los monjes degollados por el GIA eligieron la que corresponde a su condición: aceptaron su destino como "una inmersión nueva y radical en el carisma mismo de su congregación". La fe tiene para los creyentes esa misteriosa virtud: le da un sentido a todo. Inclusive al horror al espanto a lo que escapa a toda comprensión.

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