Más familia, más escuela
Por Gustavo Beliz y Jorge Srur Para La Nacion
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HUBO un tiempo de la educación. Fue el eje del modelo social de la generación del 80, en tiempos en que había que unificar la Nación y modernizar una estructura socioeconómica atrasada. La escuela básica fue su gran institución.
Hubo, a mediados de este siglo, un tiempo de la familia. Mediante su fortalecimiento, se propugnó reducir desigualdades en el marco de una próspera economía con pleno empleo. Las asignaciones familiares y la inclusión del grupo familiar en las coberturas de las obras sociales y las jubilaciones fueron hitos de la época.
Esos dos modelos sociales tuvieron cierta autonomía respecto de lo económico. Fueron útiles para aumentar la productividad y el crecimiento, pero no sólo para eso. La escolarización ayudó al surgimiento de la clase media argentina ("m´ hijo el dotor") y la llegada del voto universal. Los seguros familiares ampliaron el acceso a la educación de los hijos de los obreros y favorecieron la génesis de una burguesía nacional.
Para padres e hijos Durante los años 90 se produjo la tercera superexpansión del presupuesto social (aumentó un 110 por ciento per cápita entre 1991 y 1998). Pero, a diferencia de las otras dos etapas, en este caso no hubo un concepto orientador del gasto, el que crecía por inercia gracias a la prosperidad fiscal de los primeros años de la convertibilidad.
¿Cuál fue el destino de ese mayor gasto social? Por un lado, el sobrefinanciamiento de viejas instituciones que nada tienen que ver con las actuales demandas, la mayoría de ellas creadas sobre el supuesto del pleno empleo y el trabajo en blanco. Por el otro lado, nuevos planes construidos desde una también perimida lógica de Estado (grandes compras con enormes oportunidades de corrupción, burocratización, punteros políticos).
Ocho años de estabilidad y cinco de alto crecimiento y duplicación del gasto social no alcanzaron. La exclusión se instaló entre nosotros, con récord de desempleo, desigualdad creciente y otros fenómenos asociados (delito, violencia familiar, droga).
Ya el gasto social alcanzó un nivel suficiente. Ahora hay que darle un sentido. Se lo debe poner al servicio de la cohesión social, usándolo para combatir los dos mayores temores sociales de nuestros días: el miedo a perder el trabajo para siempre y al desamparo en el tiempo del desempleo. Y eso exige varios "menos" (menos negociados, menos politiquería, menos burocracia) y dos "más": más familia y más educación.
La familia es la que soporta el deterioro de la economía y la que contiene afectiva y económicamente al desocupado o al jubilado. Por eso es necesario que en ella siempre haya un salario, incluso cuando se carece de empleo. Y, como a fines del siglo XIX, hace falta un shock educativo. Un esfuerzo que ayude a los jóvenes a conseguir empleo y que recupere una esperanza para los desocupados de más de cuarenta años. Hijos y padres necesitan educación, durante toda la vida, y más en los períodos de desempleo.
Salario educativo familiar Para construir este modelo social proponemos dos pasos prioritarios: l Una reforma social del Estado, que termine con la inflación de planes y cargos políticos, ponga libre elección donde hay clientelismo político, y promueva una gestión sencilla y desburocratizada de la política social. Una idea: sustituir ministerios y oficinas inútiles por una caja de conversión social, apartidaria y profesional, con gran participación del tercer sector; una especie de banco central social que asegure que cada peso del presupuesto llegue efectivamente a las familias.
l La creación de una institución tan sólida como en otro tiempo lo fueron la escuela básica y los seguros sociales del trabajo, capaz de generar en materia social tanta confianza como el peso convertible en lo económico. Una propuesta: formar un fondo de 5000 millones de pesos con el ahorro producido por esa nueva reforma estatal. Y financiar así un salario educativo familiar (con obra social, asignaciones familiares y beca educativa), de acceso libre y automático, para dos millones de familias con problemas laborales, contra el compromiso de educarse para el reempleo y mandar los hijos a la escuela.
Derrotar la inflación parecía imposible. Lo logramos. Hoy el desafío es la cohesión social. ¿Habrá que esperar a que lleguemos a la hiperexclusión para empezar a actuar?





