Maternidad y melancolía

Sobre La niña de oro puro, de Margaret Drabble
Débora Vázquez
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23 de octubre de 2016  

Antes de ser escritora, Margaret Drabble (Sheffield, 1939) fue actriz en la Royal Shakespeare Company. Allí representaba papeles menores y oficiaba de suplente de Vanessa Redgrave, una artista demasiado profesional como para que la joven Margaret tuviera oportunidad de lucirse sobre el escenario. No sería descabellado pensar que si el compromiso de Redgrave con la actuación hubiera sido más laxo, otro hubiera sido su destino. Pero eso no ocurrió y, para no morir de aburrimiento, Drabble se llevó al camarín una máquina de escribir y empezó a tipear sus primeros textos. El embarazo fue la excusa perfecta para ponerle punto final al coqueteo con las tablas y abocarse a la redacción de su ópera prima. Con ella se ganó un lugar en el mundillo literario y el odio eterno de su hermana mayor, A. S. Byatt, también escritora, para entonces inédita.

La niña de oro puro, publicada en inglés en 2013, pareciera augurar un libro enfocado en esa niña con retardo madurativo que nace de una madre soltera al comienzo de la novela. Sin embargo, Drabble prefiere mantener una discreción prudente acerca de la interioridad de Anna y concentrarse en la relación entre madre e hija, y en el vínculo de camaradería y solidaridad que Jessica, la madre de Anna, establece con sus amigas del barrio. La narradora es una de esas vecinas, incondicionales de Jess, y la voz de una época y una clase. Cuenta la historia desde el umbral de la vejez y es muy natural el modo en que pasa de la primera persona del singular a la del plural, como queriendo destacar la comunión que existía entre aquellas madres jóvenes de fines de los años 60 –suerte de intelligentsia bohemia del norte de Londres– con hábitos tan distintos de los actuales.

Como en la mayoría de las novelas de Drabble, una feminista de la primera hora, los hombres son más bien decorativos en la vida de la protagonista. Encabeza la lista un affaire con un profesor especializado en estudios africanos, al que sigue un matrimonio fugaz con un etnólogo, un romance con un marroquí sacado de un neuropsiquiátrico –las parejas multiculturales eran parte del encanto de la época– y una amistad tardía con un neurólogo salido del mismo manicomio. Pero su único y verdadero amor es Anna, la niña incapaz de violencia a la que le gusta cantar, nadar, comer postres bien dulces y sonreír al mundo, al igual que lo hacía “la niña de oro puro” que describe Sylvia Plath en uno de sus poemas y que Drabble retoma en el título.

Por Anna, Jess abandona sus sueños de viajera exótica y se convierte en una antropóloga urbana. No obstante, hay una visión que la persigue y es la de los niños de una tribu africana con una deformidad en los dedos de los pies. Niños que la protagonista vio en su juventud y que le causaron una ternura “proléptica”, un adjetivo difícil de digerir en la primera oración de una novela. Podría haberse dicho “anticipada”, o “profética”, si se tuerce un poco el sentido para el lado de la magia. Pero Drabble no es condescendiente con el lector, y los niños y el adjetivo incómodo vuelven y vuelven como un mantra. Como la necesidad de establecer de algún modo una conexión con el reino de lo extrasensorial. Un refugio contra el positivismo que hoy nos vigila desde la cuna.

Es cierto que la melancolía de la narradora puede resultar por momentos tediosa con esa cantilena que añora el paraíso perdido de la juventud. Pero por suerte abundan las perlas para curiosos, algunas aberrantes, como cuando se cuenta que en Suecia se practicó hasta 1975 la esterilización obligatoria de aquellos que tenían dificultades de aprendizaje. Se trata de un libro cargado de preguntas; la mayoría, sin respuesta. ¿Cuánto pesa la genética y cuánto la crianza? ¿Escuelas integradas o no? ¿Qué tan buena o contraproducente puede ser una medicación o una vacuna?

El vanguardismo asumido por Drabble respecto de cuestiones de género, su elegancia para traicionar la corrección política a la hora de llamar a las cosas por su nombre y la valentía que adoptó en su vida privada –ella y su marido le brindaron refugio a Salman Rushdie cuando Khomeini le declaró la fatwa– no se corresponde con su estilo recatado, ajeno a toda experimentación. Pero eso siempre la tuvo sin cuidado: “Prefiero ser parte del final de una tradición que admiro, aunque se esté muriendo, que del principio de una que deploro”.

LA NIÑA DE ORO PURO

Por Margaret Drabble

Sexto Piso

Trad.: Antonio Rivero Taravillo

294 páginas, $ 495

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