Meditaciones de la cuarentena: sobre la trascendencia

Alejandro Poli Gonzalvo
Alejandro Poli Gonzalvo PARA LA NACION
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22 de agosto de 2020  • 16:00

La vida del hombre es un agónico contrapunto entre su eterno deseo de trascendencia y el reclamo inmanente de realizarse en su paso por la tierra. Desde que abandonara su naturaleza prehistórica, el hombre se ha preguntado una y otra vez por el significado último de su vida. Este afán de interrogar a los misterios de la realidad lo ha acompañado más fielmente que las propias estrellas de la bóveda celeste.

Con una regularidad análoga a las leyes de la física, la preocupación del hombre por el futuro conmueve los cimientos de su condición mortal y lo convierten en el único ser conocido que tiene los pies en el presente, su memoria en el pasado y su realización personal en el porvenir. La búsqueda de sentido para esta extraña convivencia con el tiempo, el urgente reclamo de armonía entre su cuerpo finito y su capacidad de imaginar las fuerzas inconmensurables del infinito, convierten al hombre en el héroe trágico de las grandes mitologías: un titán anclado en la arcilla del cosmos que intenta comprender las reglas de juego de su vida indeterminada.

La tensión moral de la vida personal nunca se manifiesta con superior vehemencia que cuando se plantea el dilema capital de la inmortalidad, esto es, cuando se opone el destino trascendente del hombre a una condición de existencia en estado de pura inmanencia. Un lema de resignado conformismo anima a los campeones de la vida inmanente: la vida debe ser aceptada como es, sin más vuelta. La verdadera filosofía consiste en tomarla como un bello e ingente juego de realidades. Cuando llegamos a este punto, atravesamos uno de esos momentos de firmes convicciones, es inútil cuestionar lo incuestionable, pero, seres humanos al fin, olvidamos que nuestro eterno preguntar es algo natural que llega como la lluvia a través de la vega del valle, sin anunciarse ni dar tiempo a tomar precauciones. ¿Quién no ha sentido en un rato de soledad desvanecidas sus preocupaciones cotidianas, derretidas por el calor del futuro incierto? Con la cautela del primitivo ante el fuego ardiente, un dios mágico danzante, entramos en contacto con un universo negado a la mayoría de los mortales. Y pronto damos un portazo y escapamos de las sombras de la caverna: no nos gusta dialogar con la parca.

¿Qué secretos escondrijos reserva el porvenir para nuestra vida? ¿qué encrucijadas nos aguardan al final del camino? ¿qué inmortales designios ha trazado para nosotros la providencia? Como todos los hombres desde que el hombre es hombre, como todos aquellos que transitaran este mundo preocupados por su sino, como todos los perplejos de recia estirpe, como los humildes y bienaventurados, queremos perpetuarnos.

Sin embargo, no es habitual que los pensadores, los teólogos e incluso los predicadores, se tomen el trabajo de imaginar como sería una vida inmortal. Se habla mucho pero poco se dice sobre su forma real. Siempre he creído que la pregunta pertinente sobre los enigmas de la sobrevida es una sola: ¿puede tener sentido para un ente finito conseguir la inmortalidad, la infinita perduración?

¿Qué cosas nos gustaría seguir haciendo? ¿por cuánto tiempo? ¿en qué condición biológica o etárea? Si alguien todopoderoso nos ofreciera ser niños para siempre, ¿lo aceptaríamos? ¿o nos parecería una terrible pérdida de nuestras experiencias de seres adultos, computando la privación del amor en primer plano? ¿aceptaríamos vivir para siempre a la edad de ochenta años? ¿toleraríamos perdurar según una fotografía estática de nuestra biografía, cualquiera sea la elegida? ¿resultaría aceptable que renunciemos a envejecer en aras de congelarnos en un cierto momento de nuestra vida? Y si pudiéramos optar, y nuestra preferencia fuera seguir envejeciendo, ¿hasta qué edad desearíamos hacerlo? Señores míos, pretender que la inmortalidad sea la prolongación eterna de las condiciones de nuestra vida real, ¡es una fantasía!

¿No sería preferible pelear por un tiempo extra, por una segunda oportunidad, por la sugestiva variante que califico de inmortalidad limitada? Y si así lo fuera y nos conformáramos con un criterio restrictivo de la inmortalidad, ¿para que desearíamos una segunda oportunidad? ¿para realizar las cosas que no pudimos hacer en nuestra primera oportunidad?

Puestos en esta posibilidad, muchas personas concluirían que la vida eterna es inmortalmente aburrida. Por su parte, los más esforzados y de más altas calidades éticas, extenuados en pos de lograr en vida las mejores calificaciones de perfección, con todo derecho se preguntarían qué actitud habrían tomado de haber estado advertidos de la prórroga de sus días y noches. Imaginemos el caso de Sócrates, ¿hubiera aceptado renacer en la circunstancia corporal que lo contenía en la hora de su muerte? Y aún mucho peor, ¿cómo valoraríamos su ejemplar sacrificio si Sócrates hubiera sabido antes de morir que tendría una segunda oportunidad? Algunos argumentarán que aquéllos que consintieron morir, quedan ipso facto excluidos de la oferta. Parece una solución razonable; hablaríamos de una inmortalidad limitada y optativa.

¿Cómo definir, entonces, las condiciones para un tiempo extra? ¿Sería uniforme para todas las personas humanas? Necesitaríamos una inmortalidad limitada, optativa y personalizada. Un traje de más vida hecho a medida.

¿No será que idealizamos la inmortalidad -por no ponemos a imaginarla un minuto- y la convertimos en la vida de ángeles desprovistos de necesidades y de pasiones? Por algo será que el cristianismo propone una imagen de la resurrección como la gloriosa contemplación de Dios.

Pero hay todavía un punto a favor de una segunda oportunidad: podría ser presentada como el único camino para continuar viviendo junto a la persona amada. Esta forma de plantear la vida más allá de la vida posee un atractivo fantástico y más de uno de nosotros apostaría por ella. El intento de superar el abismo de la muerte es irresistible en tanto y en cuanto representa la posibilidad de amar más y más a la persona amada. Sin la presencia sublime de la persona amada, hasta la inmortalidad pierde su encanto de realidad en perfecta plenitud.

En el siglo tecnodigital por excelencia, las preguntas fundamentales de nuestra existencia son las mismas. Tras una larga vigilia, en la cual nos embarcamos en mágicas aventuras y visitamos fugazmente los confines de nuestra humanidad, comprendemos que la inseguridad sobre nuestra trascendencia es la gran cuestión.

Miembro del Club Político Argentino

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