Menos kirchnerismo para salvar a Cristina

Francisco Olivera
Francisco Olivera LA NACION
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30 de noviembre de 2013  

La doctora Aída Kemelmajer de Carlucci se dio cuenta de que se había envalentonado y pidió disculpas. "Perdón por la catarsis que estoy haciendo", dijo. Era la tarde del martes en el Colegio de Escribanos de Morón y, durante el ciclo "Lineamientos del proyecto de unificación del Código Civil y Comercial de la Nación con especial referencia a competencias notariales", la jurista disertaba de un modo infrecuente: estaba muy molesta.

Su perturbación se debía a las últimas reformas que la comisión bicameral acababa de hacerle al proyecto -que ella redactó junto con Ricardo Lorenzetti y Elena Highton de Nolasco-, y fue entonces bien explícita: cuestionó la inacción de la oposición, les atribuyó tibieza a los colegios de abogados e instó a los presentes a contactarse con asesores de legisladores y con medios de comunicación para defender el proyecto original y, así, convencer a la sociedad de lo que consideró "los peligros" de esas modificaciones.

Kemelmajer integrará seguramente una vasta lista de damnificados que, en los próximos meses, podrán exasperarse ante otras reescrituras significativas. Por ejemplo, la que el Gobierno prevé para el modelo económico. Las urgencias cambiarias, la derrota en las elecciones y la necesidad de una renovación en el elenco de funcionarios han puesto al proyecto nacional y popular ante una paradoja: puede consolidar su recuperación en la medida en que sea menos fiel a sí mismo. Traducido: menos kirchnerismo para fortalecer el kirchnerismo.

Algunas de estas contorsiones, como el acuerdo con Repsol, la negociación con los holdouts o la reforma estadística por exigencia del FMI, podrán resultarle familiares al peronismo, pero no tanto a parte de una militancia que se venía ofrendando ante Cristina Kirchner, en cada acto, como "los pibes para la liberación". De ahí que los gestos hacia el establishment deban ser administrados en dosis y, desde ya, con extrema cautela discursiva.

Jorge Capitanich, nuevo delegado de la Presidenta, lo ensayó esta semana en el aniversario de la Cámara de la Construcción cuando dividió al kirchnerismo en tres etapas: la primera, que se sustentó en superávits fiscal y comercial y se dedicó a acumular reservas en el Banco Central; la segunda, que soportó una crisis internacional y se abocó entonces a un desendeudamiento pagado con esos activos, y la tercera, que empezaría ahora.

No parece tan fácil. La reverberación del "vamos por todo" obligará al Gobierno a justificar cada nueva decisión. Por ejemplo, en lo más inmediato, el aumento del 12% en el valor de los pasajes de ómnibus de larga distancia y líneas aéreas que prevé anunciar antes de Navidad. Capitanich ya probó la fórmula con el último salto en los surtidores, que explicó en supuestos "pactos preexistentes" que, en rigor, no se acordaron en ningún lado, ni por escrito ni de palabra.

Para algunos de sus compañeros, como Axel Kicillof, será un paso sumamente escabroso apenas justificado por la acumulación de poder. El ministro de Economía no es sólo un técnico. Bastó con verlo el martes, en esa reunión en el Sheraton, explayarse sobre una tarima en una improvisada conferencia de prensa frente a una treintena de cámaras, a los gritos, mientras José López, secretario de Obras Públicas, hacía en el mismo recinto esfuerzos para que el auditorio le prestara atención. ¡Ssh!, se oía cada tanto desde el público. Muy molesto, un hombre de traje negro se acercó entonces a Kicillof: "¡Señor ministro, por favor, está exponiendo el secretario!". El economista siguió como si nada. Está en su momento: que Julio De Vido no haya ni participado de las conversaciones por Repsol es otro de sus trofeos.

Pero la parte más pura del cristinismo no tiene tantos incentivos para el viraje. "Para nosotros es una transición que puede durar cuatro años", explicó a este diario un funcionario con pasado en la izquierda tradicional. La noción supone un eventual regreso de Cristina Kirchner en 2019, cuando la oxigenación haya dado frutos. La parábola de Bachelet. Y se contrapone a un contingente de peronistas que miran la escena agazapados y en silencio. El más obvio es Daniel Scioli, que decidirá en 15 días, ya con el presupuesto bonaerense aprobado, la estrategia de un lanzamiento presidencial que imagina tenue al principio, como mejor le sale.

Ya hay sondeos con posibles protagonistas de festivales veraniegos. Algunos, como Cacho Castaña, el dúo Pimpinela o Ricardo Montaner, son afines al gobernador y, por lo tanto, más convencibles que otros en momentos de asfixia económica. A Los Auténticos Decadentes o a la Princesita de la Cumbia habrá en cambio que pagarles el cachet normal, sin descuento ni promoción alguna. Se verá. Scioli no puede escatimar si pretende recuperar los 15 puntos de imagen positiva que, según sondeos propios, perdió desde las elecciones.

Es indudable que el modo en que la Presidenta ha elegido recuperarse física y políticamente desconcierta a varios sectores. "Nos corrieron el arco", admitían cerca de Sergio Massa el día en que se anunció el reemplazo de Guillermo Moreno. Para los empresarios es aún más difuso. ¿Se propone el Gobierno realmente un giro hacia la racionalidad? ¿Será Kicillof el artífice de este cambio que enterrará la idea del kirchnerismo tal como se lo conoció hasta hoy?

"Han pintado a la cal", graficó, incrédulo, el presidente de una cámara. Algunos líderes corporativos, como Gustavo Weiss, de la construcción, o Claudio Cesario, de la Asociación de Bancos, deslizaron esta semana críticas al cepo cambiario, la inflación o la presión impositiva. Pero la mayoría congelará por ahora la idea de consolidar, como se pretendía inmediatamente después de las elecciones, un frente explícito y multisectorial.

El almuerzo al que había invitado la Bolsa, imaginado para continuar el último convocado por la Asociación Empresaria Argentina (AEA) en el Palacio Duhau, sigue suspendido para no generar suspicacias. La mayoría preferirá aprovechar reuniones ya agendadas: la conferencia industrial, que empieza pasado mañana en Los Cardales; el encuentro que el Centro Internacional para el Comercio y la Producción (Cicip) hará el miércoles en el Alvear con Lorenzetti, o el almuerzo interno que AEA reservó para el 12 del mes próximo.

Ya habrá tiempo de saber si la nueva era viene con cambios de fondo o, una vez más, supone el lavado de cara de un proyecto político con innumerables carencias, excepto la de reinventarse a sí mismo.

La presunción general se asienta hasta ahora en lo segundo. Como si el grupo que visitó esta semana al Papa, integrado por los empresarios José Ignacio de Mendiguren y Carlos Tanoira, y el obispo Marcelo Sánchez Sorondo, presidente de la Pontificia Academia de Ciencias, hubiera tenido un anticipo celestial cuando le escuchó a Francisco una metáfora sobre la frivolidad de este mundo: entre lo que más se vende en el planeta, dijo el jesuita, están los cosméticos.

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