
Mentira la mentira, mentira la verdad
La capacidad de imaginar escenarios posibles, de poner en primer plano los mecanismos absurdos de una sociedad burocrática y paranoica
1 minuto de lectura'

Una vez escuché a un editor periodístico, que en ese momento dirigía una importante revista de actualidad, jactarse de que no leía novelas ni las iba a leer jamás. No tenía tiempo para perder, era su argumento, con libros cuyo contenido no fuera verdad. Aunque no lo crean, puedo dar fe de que el tipo iba en serio. En su descargo, digamos que en otra ocasión escuché palabras parecidas, repetidas por una chica joven, referidas a las películas de ciencia ficción: quería decir, imagino, que no le interesaba nada que no hubiera sido filmado según los códigos del más estricto realismo. Dejando de lado los prejuicios del primer caso, y cierta candidez del segundo, lo cierto es que el planteo de fondo tiene su historia, y no son pocos los teóricos que han reflexionado sobre el concepto de verdad en la ficción.
No es algo que pueda resolverse, por supuesto, en el espacio de una columna. Terry Eagleton, por ejemplo, le dedica al asunto un tercio de su último libro, El acontecimiento de la literatura, cuando habla de la "naturaleza de la ficción": "Tolstoi nos cuenta que Napoleón invadió Rusia y es verdad que lo hizo; pero en virtud de que se la llama novela, Guerra y Paz también nos invita a imaginar el hecho, a incorporarlo a un universo de ficción". Pero existe el célebre epigrama de Franz Kafka: "La literatura es siempre una expedición a la verdad". Y también aquella frase de Alfonso Reyes: "La literatura, una mentira práctica, es una verdad psicológica. Hemos definido la literatura: la verdad sospechosa".
Hay escritores, entonces, que narran el funcionamiento de una sociedad, de una mente, de una relación sentimental, y allí podrá haber o no cierta verdad
Hay escritores, entonces, que narran el funcionamiento de una sociedad, de una mente, de una relación sentimental, y allí podrá haber o no cierta verdad. Hay escritores cuyas ficciones se anticipan a la realidad histórica y se hablará entonces de intuición intelectual, de imaginación prospectiva, de premoniciones, y también habrá verdad. Es lo que señalaba Ricardo Piglia cuando aseguraba que Roberto Arlt había captado el núcleo secreto de la sociedad argentina, y que por eso sus novelas parecían no perder actualidad. "La ficción trabaja con la verdad para construir un discurso que no es ni verdadero ni falso. Que no pretende ser ni verdadero ni falso", señala en el libro de entrevistas Crítica y ficción: "En ese matiz indecidible entre la verdad y la falsedad se juega todo el efecto de la ficción". En fin, que no hace falta un gran esfuerzo imaginativo para entender que puede existir mucha más verdad en determinada literatura o en ciertas películas que en tantos otros libros de historia, artículos de la prensa escrita, o notas de la televisión.
Sucede en ciertas novelas de la literatura argentina más reciente, como El recurso humano de Nicolás Mavrakis. Esa capacidad de imaginar escenarios posibles, de poner en primer plano los mecanismos absurdos de una sociedad burocrática y paranoica, de intuir, en fin, algo de verdad desde el terreno de la ficción, es lo que hace interesante a una novela como Circunvalación, debut literario de Ignacio Camdessus (Buenos Aires, 1975). En una ciudad que puede o no ser Buenos Aires, un tal Celis, el protagonista, se encuentra de un día para otro con que lo despiden de su trabajo, en una oscura oficina con vínculos con la Administración Nacional. Con todo el tiempo libre por delante, angustiado por el deber de cambiar en peligrosas cuevas los billetes falsos con los que lo han indemnizado, Celis intentará mantener viva la relación con su hijo y su ex mujer, seducir a Berenice, una enigmática camarera, recuperar su antiguo trabajo y develar los misterios del extraño tráfico de cajas que sucede en distintos puntos de la ciudad.
Hay escritores cuyas ficciones se anticipan a la realidad histórica y se hablará entonces de intuición intelectual, de imaginación prospectiva, de premoniciones, y también habrá verdad
En Circunvalación Camdessus evita los códigos más elementales del realismo (si bien la trama parece transcurrir en un momento histórico cercano y en una ciudad contemporánea, todo es más bien opaco y se muestra degradado, como en una distopía) y además asume, para dar cuenta de las peripecias de Celis, un elaborado trabajo desde el lenguaje: la sintaxis se encabrita, los diálogos no son siempre funcionales, los adjetivos están elegidos con anacrónica elegancia. Y a pesar de estas decisiones netamente literarias uno no puede dejar de sentir cierta sintonía con las vicisitudes del protagonista, atrapado en una realidad gris, alienada, en la que los ojos de la Administración Nacional todo lo saben, y todo lo controlan.






