
Mercantilismo y corrupción
1 minuto de lectura'
Desde mediados del siglo XVI hasta fines del XVIII, el mercantilismo dominó la escena política de la América hispana. El sistema comercial se fundamentaba en el monopolio de la metrópoli española, por lo que el libre cambio era visto como un enemigo del Estado.
Pero hubo un período diferente: el de la Ilustración, cuando Carlos III era el rey de España. La Ilustración estableció los cimientos para los cambios que sobrevendrían con los procesos de emancipación. Era la fuerza intelectual contraria a los intereses de la política española para cubrir las necesidades económico-comerciales del reino. Este es el período en el que se desarrolló el pensamiento de los próceres independentistas, cuando surgió el deseo de libertad en las comunidades virreinales.
Pero en 1788, el absolutismo centralizador cayó como un rayo y así interrumpió los avances logrados por la Ilustración. El estallido de la Revolución Francesa provocó una reacción de terror, que facilitó al nuevo rey, Carlos IV, y a su sucesor, Fernando VII, la imposición del absolutismo mercantilista. Fueron años de represión, y contra esta reaccionarían después las colonias hispanoamericanas.
La emancipación es resultado no sólo de la guerra, sino también de la acción de hombres nutridos de ideas económicas y políticas. Abocados al análisis, desarrollo y difusión de las ideas de la Ilustración. Entre ellos, el aguerrido venezolano Francisco de Miranda, o el colombiano Antonio Nariño, fue el traductor de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano , proclamada por la Revolución Francesa, y el eximio intelectual Juan Egaña, prócer de Chile.
En esta ofensiva intelectual se destaca el rioplatense Manuel Belgrano, quien se inició en los principios de la ciencia económica en Salamanca y Valladolid, con la influencia de Campomanes, Jovellanos y Olavide. Defensores de la propiedad privada, el precio de mercado y la libertad de iniciativa, sus posturas tenían el espíritu de la libertad económica. Belgrano pudo analizar las obras de pensadores extranjeros como Locke y Quesnay. En 1794, tradujo del francés el trabajo de Quesnay Máximas generales del gobierno económico de un reino agri cultor,que es la fuente de influencia fisiocrática más clara que llega al Río de la Plata y que se propaga al subcontinente. A través de sus múltiples escritos, se aprecia su convicción sobre las ventajas del libre cambio, la necesidad de desarrollar las actividades agrícolas y el comercio, y de fomentar el cambio tecnológico y la importancia de la educación.
Manuel Belgrano y los restantes hombres de Mayo querían establecer el derecho como limitante del poder y, por ende, pretendían liberar al sistema económico del mercantilismo y de la corrupción que de él surge.
En la economía mercantilista, no existe un Estado de Derecho. Hay leyes, pero un Estado de legalidad no es un Estado de Derecho. Hayek pega en el centro cuando escribe: "Si una ley concede al gobierno poder ilimitado para actuar a su gusto y sazón, todas sus acciones serían legales, pero no encajarían, ciertamente, dentro del Estado de Derecho". Una cosa es el Estado de Derecho y otra, el de legalidad. En el primero, la ley no limita el poder: lo refleja. En el Estado de legalidad, la ley es un instrumento de control social, de dominio, de regulación de la autoridad sobre el cuerpo social.
El ánimo mercantilista obstaculiza la actividad privada y estimula la de los negociantes inescrupulosos, traficantes de influencias. Para remediar tales males, el gobierno aumenta los controles de forma tal que con cada nuevo trámite se incentiva el ingenio de la corrupción.
Hoy, cuando las naciones latinoamericanas cumplen o se aprestan a cumplir el bicentenario de su primer gobierno patrio, muchas están insertas en el mercantilismo, paradójicamente. Tal es el caso de los países miembros de la Alianza Bolivariana para las Américas (ALBA). El Enabling Trade Index (realizado por el Foro Económico Mundial) mide los factores que facilitan el intercambio de bienes entre fronteras. De un ranking de 125 países, este año, los correspondientes a la región menos favorecida son Venezuela, Paraguay, Bolivia y la Argentina.
Según el índice de percepción de corrupción elaborado por Transparencia Internacional, los peores países de la región son Venezuela, Paraguay, Ecuador, Nicaragua, Honduras, Bolivia y la Argentina. El índice brinda una perspectiva sobre cuán extensa es la percepción de corrupción.
Pese a ello, hay una buena noticia. Otros países de la región se han constituido en ejemplos de libertad y de lucha contra la corrupción. Es de esperar que iluminen a los que han abandonado la senda marcada por los hombres de la independencia.
© LA NACION






