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OPINIÓN

Messi no nos representa

Constancia, disciplina, resiliencia, humildad, son rasgos que llevaron al mejor jugador del mundo al lugar que ocupa actualmente. Pero, ¿son cualidades que compartimos todos los argentinos? ¿o es el modelo en el que todos debemos inspirarnos, aún a costa de grandes sacrificios?

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Festejos en Buenos Aires luego del triunfo de la Argentina ante Inglaterra por el Mundial 2026
Festejos en Buenos Aires luego del triunfo de la Argentina ante Inglaterra por el Mundial 2026Gustavo Garello
Federico N. Fernández
Por Federico N. FernándezPara LA NACION
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Voy a decir algo que a más de uno le va a sonar raro viniendo de un argentino fanático de la Scaloneta: Messi no me representa. Tampoco lo hace el resto de la Selección. No es una queja. Es una cuestión de precisión con el lenguaje.

La palabra “representar” viene del latín repraesentare: volver a presentar, hacer presente algo mostrando lo que ya es. Un representante trae ante nosotros un rasgo que compartimos con él. Cuando decimos que Messi “representa” a los argentinos, estamos usando la palabra al revés.

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Pensemos en lo que hizo falta para que Messi llegara a ser quien es. Miles de horas de entrenamiento repetidas hasta el hastío. Inyecciones de hormona de crecimiento cada noche durante años, siendo niño, sólo para poder seguir jugando al fútbol. Una carrera entera construida sobre una disciplina que la inmensa mayoría de los mortales, argentinos o no, jamás sostendría ni una semana.

El video del entrenamiento que subió Messi a sus redes
El video del entrenamiento que subió Messi a sus redesCaptura Instagram

Eso no es representativo. Es extraordinario, en el sentido literal de la palabra: por fuera de lo ordinario. Ahí está la trampa lógica que conviene evitar.

De la excelencia de unos pocos no se infiere una característica del conjunto. Roger Federer no demuestra que los suizos sean los mejores tenistas del mundo. Marie Curie no demuestra que los polacos sean genios de la física. Messi no demuestra que los argentinos posean su disciplina, su resiliencia o su humildad.

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¿Por qué importa la distinción? Porque confundir lo aspiracional con lo descriptivo nos vuelve perezosos. Si Messi “nos representa”, alcanza con mirarlo jugar para sentirnos parte de su grandeza, sin que eso nos cueste nada. Es un atajo tan cómodo como tramposo.

La función de un ídolo genuino no es decirle al mundo “así somos los argentinos”. Es decirles a los argentinos “esto es lo que un argentino puede llegar a ser, si paga el precio”.

Hay una escena en la serie Winning Time, sobre el equipo de básquet Los Angeles Lakers de los años ochenta, que probablemente nunca ocurrió tal como se la ve en pantalla, pero que retrata con fidelidad la filosofía real de Kareem Abdul-Jabbar. En el vestuario, Kareem les dice a sus compañeros que el trabajo de un equipo no termina en ganar partidos. Su tarea, dice, es inspirar a la gente a ser más grande de lo que cree que puede ser.

Ahí está el punto. No representar. Inspirar. Los ídolos no son espejos. Son faros. Un espejo devuelve lo que ya sos. Un faro señala hacia dónde ir, aunque estés lejos, en la niebla, remando contra la corriente.

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Esa es la relación correcta entre Messi y los argentinos, y entre cualquier campeón y su país: no una identidad compartida, sino un llamado. La pregunta que vale la pena hacerse no es “¿esto me representa?” sino “¿qué puedo aprender de esto?”.

El festejo de Messi tras el gol de Lautaro Martínez, en la semifinal
El festejo de Messi tras el gol de Lautaro Martínez, en la semifinalRebecca Blackwell - AP

De Messi se aprende el trabajo silencioso detrás de cada gol. La humildad de un capitán que juega para sus compañeros en lugar de esperar que ellos jugaran para él. La resiliencia de alguien que perdió cuatro finales antes de ganar la que importaba. Nada de eso se copia mirando televisión. Se copia trabajando: en la vida familiar, en el trabajo, en el barrio.

Y ese es, paradójicamente, el mayor legado que nos deja. No una identidad para exhibir, sino un estándar para perseguir. La próxima vez que alguien diga que Messi “nos representa”, vale la pena corregirlo con cariño. No nos representa. Nos interpela. Y esa es una relación mucho más exigente, y mucho más fértil, que la de un simple espejo.

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Federico N. Fernández
Por Federico N. FernándezPara LA NACION

Presidente de la Fundación Internacional Bases y CEO de la red global Somos Innovación

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