Mi madre, la curandera
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Por la casa de mi madre desfilaban mujeres con bebés empachados, adolescentes ojeadas y adultos glotones que padecían problemas digestivos. Desde la mañana hasta el atardecer, si ella estaba en casa, recibíamos visitas inesperadas de vecinos que querían ver a mi madre. "¿Está Manuela?", preguntaban tímidamente desde la vereda. Si el que llegaba había sido ojeado con fuerza (no necesariamente una fuerza maligna, según ella), preparaba un plato sopero de loza con agua de la canilla en el que echaba tres gotas de aceite que, por supuesto, se transformaban en enormes ojos abiertos que nos miraban sin escrúpulos desde el charco de agua. Hacíamos conjeturas sobre los dueños de esas miradas.
Luego, mi madre se persignaba y, todavía con aceite en los dedos de la mano, se hacía la señal de la cruz en la frente mientras susurraba una plegaria. ¿Era el padrenuestro? No era algo que se pudiera decir porque, nos decía, se corría el riesgo de que el poder concedido por la madre de su padre una noche de luna llena en un pueblo italiano se perdiera.
Era reconfortante suponer que por vivir bajo el mismo techo que mi madre estábamos a salvo.
Mi padre había puesto una sola condición respecto de los visitantes inesperados. Los hechizados no debían golpear las manos en la puerta de casa a la hora de la siesta. La única excepción a esa regla suave, tan típica de mi padre, era cuando se trataba de bebés que no podían dejar de llorar a causa de un fuerte empacho. Como mis primos y yo nunca dormíamos la siesta, solíamos oficiar de ayudantes: hacíamos pasar a la madre con la criatura en brazos y corríamos una silla para que se pudiera sentar. El bebé viajaba de los brazos de la madre a una manta que habíamos tendido sobre la mesa de la cocina o en la cama matrimonial o en un sofá. Después, mi madre le echaba talco al chico y, con cuidado, le hacía unos pellizcos en la espalda. Si el bebé eructaba o dejaba de gritar de inmediato, estaba curado. Si el llanto continuaba, había que repetir el ritual. Nunca les pedía nada a cambio a los que la consultaban (excepto, quizás, un envase de talco).
A veces, también se permitía darles consejos a los vecinos. Tenían que cortar un limón en cuatro partes y echarlo a hervir en un jarro con agua muy azucarada y luego beber la infusión antes de que se enfriara; o usar una cinta roja en la muñeca izquierda; o llevarle flores blancas a la Virgen de Lourdes, o, simplemente, coser en la ropa del bebé una medalla con el rostro sonriente de un Jesús con barba. Ninguno de nosotros dudaba de que los demás seguían esas recomendaciones al pie de la letra, por otro lado tan simples que solo alguien con un grado gigantesco de desidia no le hubiera hecho caso. Pese a eso, muchos de ellos volvían semanas después y, desde la puerta, con el coro de los ladridos de los perros de fondo, preguntaban si mi madre estaba en casa.




