Mi personaje insoportable

Daniel Della Costa
Daniel Della Costa LA NACION
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8 de octubre de 2009  

Hoy es cosa corriente hablar de lo que el Gobierno hizo mal o peor y callar las buenas iniciativas. Que las hay, como la transmisión gratuita de los partidos de fútbol de primera.

Algo que carece de parangón en la historia argentina, salvo, quizá, la ley 1420, de educación, del "loco" Sarmiento. Porque reúne dos condiciones que la convierten en una pieza clave: iguala al pobrerío con los de arriba, lo que implica una forma práctica de distribución de la riqueza, y asegura a los K un gran rédito político.

Porque ¿quién, de cuantos hoy pueden ver esos diez partidos, cómodamente sentados en un sofá de fino cuero o sobre un cajoncito vacío de duraznos, frente a una TV de plasma o espiando la transmisión que le llega a su TV monocromática al del rancho de al lado, sería capaz de negarle su voto al oficialismo en la próxima contienda electoral?

Sin embargo, para que esto sea válido, es preciso cumplir con una condición: que las cosas se hagan bien. Y aquí es donde comienza Cristo a padecer, ya que parece que alguien estuviera saboteando tan noble emprendimiento.

Porque no se trata tanto de la visible inexperiencia de algunos relatores, ni de imágenes algo menos solventes que las que ofrecía la TV paga. Lo que parece hecho a propósito, cosa de exasperar al espectador e inducirle comentarios adversos al Gobierno, hasta transformar en contrera al más kirchnerista de los hinchas, es la publicidad. Porque, en primer lugar, ¿a quién se le ocurre que antes, después y hasta durante esos encuentros, o sea 900 minutos de fútbol, más las previas, los cierres y los entretiempos, se pasen siempre los mismos avisos oficiales? ¿Nunca un dentífrico anticaries? ¿Tampoco un fluido para dejar reluciente el inodoro?

No, sólo una miniautopista anunciada mil veces, una ininteligible e inexplicable ley de medios, innumerables casitas construidas quién sabe dónde y el éxito de la política energética, justo cuando todo el mundo se está acordando de la mamá de los funcionarios del área a causa de los aumentos tarifarios.

Pero el que es realmente imperdonable, el que saca de quicio al más paciente y sufrido de los hombres, aun a aquellos que no cambian el fútbol ni por una pechugona botinera de la TV, con más siliconas que sesos, es el que tiene como protagonista a ese don Carlos.

Se trata del patrón que primero blanqueó a todo el personal que tenía en negro en la fábrica, que luego sorteó entre ellos un auto usado (pero pipí cucú, ¿eh?) y que mañana quién sabe qué podrá hacer para poner al país al borde del ataque de nervios y del estallido social.

¿Acaso ponerse al frente de un piquete y cortar alegremente la Panamericana con sus obreritos? ¿O aparecerá entregándoles las llaves de la fábrica, porque él ya ha hecho suficiente guita en este paraíso kirchnerista y se marchará a El Calafate a practicar la ayuda social, como la pareja presidencial?

"Maestro -dijo el reo de la cortada de San Ignacio-, ¿se acuerda del tango «Acquaforte» y de ese patrón siniestro, el que le negó el aumento a un pobre obrero que le pedía un pedazo más de pan y esa misma noche se gastó una fortuna en el cabaret emborrachando a Lulú con su champán? Bueno ese tipo, ese miserable capitalista, comparado con el don Carlos ese de la televisión ahora hasta me resulta simpático".

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