
Miguel Cané, el político
Por Horacio Sanguinetti Para LA NACION
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Hace cien años, el 5 de septiembre de 1905, moría "como del rayo" Miguel Cané. Hombre de la generación del 80, cuando todo estaba por hacerse, fue literato, abogado, profesor, decano, periodista, legislador, canciller, ministro del Interior, intendente, diplomático ostensible o secreto. Se lo recuerda, principalmente, por su deliciosa Juvenilia. Pero de su actuación cívica se ignora casi todo. Y, para peor, esa ignorancia lleva a objetarla, a tildarlo de elitista y hasta de represor.
Por eso intentaremos absolverlo de tales cargos, evocando aquí solamente su ejemplar actuación legislativa, en la que campearon, pese al lunar de la ley de residencia, su progresismo, su defensa de los derechos humanos y sociales, su conducta contra la corrupción y tanto más.
Cané fue diputado provincial y nacional, y senador por la Capital. Su dedicación se revela en la intervención asidua, siempre con conocimiento profundo de los temas, en tiempos en que los legisladores no contaban con la actual parafernalia de secretarios y asesores. Ni siquiera con despacho oficial.
En primer lugar, señalaremos su defensa potente de la educación, que debe "estar arriba de todo". Luchó por mayor presupuesto, evitó el desatino de transferir los colegios nacionales a las provincias y auspició -tan temprano- becas estudiantiles y atención educativa popular.
Atento a los avances del tiempo, promovió el ferrocarril, el subterráneo, la desconcentración del microcentro, y obtuvo que se creara la plaza Lorea, para dar perspectiva al palacio del Congreso. También el célebre Hospital de Tuberculosos de Santa María, Córdoba.
Defendió el libro y el periódico, obteniendo para ellos la supresión de impuestos y del porte postal. Era proteccionista. Quería un presupuesto equilibrado y protestó por el fraude electoral, el abuso de los pasajes oficiales, la baja calidad -por amiguismo- de nuestros embajadores y otras formas de corrupción, grande o pequeña. Ante una mera sospecha de este orden, en el Senado, retiró un dictamen ya aprobado. Pidió la reducción, en quince por ciento, de las dietas legislativas. Nunca se enriqueció.
Tomó partido por Perú en la Guerra del Pacífico, se manifestó airadamente en pro de Colombia cuando una maniobra imperial le desmembró Panamá y, anticipando la idea del Mercosur, hacia 1903, señaló que en vez de aproximarlos a Estados Unidos, "el rival más temible que tenemos", debíamos asociarnos con Brasil y Uruguay. Dijo que Londres nos trataba como a su propia estancia.
En materia de derechos humanos, hacia 1877 resultan memorables las denuncias contra la dictadura uruguaya, por haber atentado contra dos ciudadanos argentinos. Uno de ellos, Carlos Marina, fue bajado subrepticiamente del Vapor de la Carrera y, tras permanecer desaparecido un par de semanas, encontraron su cadáver flotando en el Río de la Plata. Fue, exactamente, un anticipo de prácticas después tan extendidas. Cané tuvo una verdadera explosión de cólera y logró que el gobierno argentino protestara tan enérgicamente que el tirano oriental, aunque negó todo, no volvió a molestar a nuestros ciudadanos.
Fue el único diputado que deploró la renuncia de Sarmiento al Ministerio del Interior y, años después, gestionó la gran estatua de Rodin, que hizo emplazar en Palermo. Reconocido a nuestros militares patriotas, suponía -como San Martín- que "no hay nada más peligroso ni más terrible para la suerte de las libertades públicas que el militarismo de una parte o de otra".
¿Y puede creerse que denunció negociados en armamentos, riesgos de explosiones en depósitos o buques? Y la censura teatral en Santiago del Estero... Como jurista, se adelantó, inclusive, a Alfredo Palacios en la cruzada para impedir la explotación laboral de niños y mujeres. También estuvo a favor de los hijos ilegítimos, tan castigados por el Código Civil. Quiso reglamentar el ejercicio de la abogacía, exigiendo la atención gratuita de los pobres. Defendió el sueldo judicial y pretendió crear el Colegio de Abogados.
Toda vida pública es controvertible, y la de Cané no escapó a esa regla. Se le objeta -casi exclusivamente- la autoría de la ley de residencia, que permitió al presidente, en acuerdo de ministros, la expulsión de los extranjeros "indeseables" sin posibilidad de defensa ni de debido proceso. Creyó con ingenuidad en la aplicación honorable de ese engendro suyo. Pensó que la opinión pública no toleraría desviaciones. Lo cierto es que, ab initio, se aplicó la ley contra la oposición y, aun cuando no se la aplicara, pendió siempre, durante medio siglo, como amenaza que afectaba a tanta gente de bien. No fue derogada hasta el gobierno de Frondizi. Conviene recordar que todos los presidentes, desde Roca hasta Yrigoyen y Perón, la mantuvieron.
Pero lo que rescata a Cané de ese traspié es que resultó el primer crítico de aquel desatino. "Es en vano aferrarse al gendarme -dijo el 1° de marzo de 1904, durante la gran campaña popular de Pellegrini-. ¿Creéis, acaso, que esas huelgas que a cada instante estallan responden todas a maniobras de agitadores o descontentos caprichosos? Las huelgas, las reivindicaciones sociales legítimas, no se resuelven apelando a la ley de residencia, que es una ley concebida contra el crimen y no contra el derecho, ni movilizando al ejército y haciéndolo odioso a aquellos cuyo sudor crea la riqueza nacional."
Fue su última actuación pública relevante, que muestra cómo se orientaba en la mejor dirección. Por constituir una suerte de testamento cívico, de aliento casi socrático, lo salva para siempre.
Creo, en definitiva, que somos sus deudores y que Miguel Cané merece el recuerdo y la gratitud nacional. No sólo como creador de belleza, sino como creador de bien.





