Millonarios sin temores

Daniel Della Costa
Daniel Della Costa LA NACION
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17 de diciembre de 2009  

SI a un tipo cualquiera, aquí, en Finlandia, en Togo o en las Maldivas, por la razón que sea, le ocurre que su fortuna, en un año, se acrecienta 158%, a lo primero que atina es a ocultar el dato. Para evitar tanto el tarascón que le dará la autoridad fiscal como los pechazos que le lloverán de amigos, parientes y sociedades de caridad truchas.

Y si esta revelación es auténtica y no, por ejemplo, para impresionar a alguna señorita que le esquiva sus favores al presumir que el que la acosa es un jubilado con la mínima, entonces alguien debe pagar el tremendo error y la consiguiente infidencia.

Y si se trata del contador y el error se debe a su inexperiencia o a su insensatez, entonces no quedará otra que soportar las consecuencias, pero sin que ello implique perdonar. Por lo que el culpable debe desaparecer, luego de aplicarle terribles tormentos y la búsqueda del cadáver confiada a la policía de la provincia de Buenos Aires.

Pero si esta extraña circunstancia se da, además, en las personas de los primeros mandatarios de la República, entonces la cosa da tanto para reflexionar como para sospechar. Porque, en primer lugar, ¿por qué permitir que el dato trascienda, cuando hay tantas otras cosas que se manipulan o se ocultan?

Una actitud que puede atribuirse a una de estas dos razones: están seguros de que el aumento de su fortuna puede ser fácilmente explicado o a que ni tenían idea de ello y ahora están buscando desesperadamente al contable que les hizo los números para machacarle el cráneo con una bigornia.

O, también, por qué no, a que les importa un rábano que se sepa o no, porque total ellos son los que mandan, hacen lo que se les canta y por ejercer la presidencia de un país menor y hasta algo venido a menos, como éste, no van a perder la oportunidad de hacer buenos negocios, si es que se les presentan, ya que con ello no hacen daño a nadie. Salvo envenenarles la sangre a los envidiosos de siempre y a los periodistas (que Dios no los tenga en la gloria y que el Maldito los sumerja en el más espeso y ardiente de los alquitranes).

Lo que, de ser cierto y no una nueva patraña de la oposición, daría para hilar más fino. Porque si un tipo, que hoy está allá arriba, no se toma el trabajo de esconder ni de disimular su buena fortuna, cuando a su alrededor algunos de los que han sido sus colaboradores y han tenido una suerte similar o aun superior a la de ellos, son asediados aparentemente por la Justicia para que den cuenta de sus actos y, eventualmente, sufran duras condenas, debe ser por algo.

Y ese algo no puede ser otra cosa, salvo que su percepción de la realidad esté seriamente bloqueada por la naturaleza o por excesos de rimmel, que la certeza de que de allí no los moverá nadie, nunca jamás, a pesar de que hoy, y tras las decepcionantes elecciones del pasado junio, la gilada crea que su decadencia no tiene retorno.

"Maestro -reflexionó el reo de la cortada de San Ignacio-, si a ese mozo Madoff, porque se patinó 50.000 millones de dólares le dieron nada más que 150 años de cana, que no creo que vaya a cumplir, acá, por unos miserables 27 palos criollos, ¿qué les puede corresponder? ¡Una calle y un monumento al lado del que le hagan al Pocho!"

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