A veces el ego no entra en el tamaño del cartel

Daniel Burman
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26 de abril de 2020  

En estos días pandémicos suelo recibir mensajes de gente que, pensaba, ya me había descartado de sus agendas. Pareciera que un hobby actual es masajear el teléfono, estimulando la pantalla, hasta detenerse en algún contacto inactivo, y traerlo a la vida. Así habrá sido como entró este mensaje en mi WhatsApp: "Llegó el día que habías comentado. Aplausos para médicos, enfermeros y recolectores de basura. Lo superfluo, sin actividad por el momento".

El mensaje lo firmaba S. P., un colega con quien trabajé muchos años atrás en alguna película. Si bien el texto me pareció críptico apenas leído, la mención a los recolectores de basura fue clave para recuperar la anécdota a la que se refería.

El marco era una amable discusión con un representante de artistas, con el cual oportunamente habíamos acordado los términos para la participación de un actor en un rol secundario de un largometraje. El encuentro no tenía más finalidad que la ritual firma del contrato, pero un cambio de último momento terminó frustrando el acuerdo. El representante alegó que su representado se había enterado ese mismo día de que otro actor con una supuesta menor trayectoria profesional también participaría en la película, pero en un rol de mayor envergadura. Y que solo firmaría el contrato si le asegurábamos un cartel en los títulos finales cuya tipografía superara en un 15% el tamaño de la del otro actor, más una leyenda que expresara lo especial que era su participación. Me negué a aceptar este ingenuo mecanismo de compensación narcisista, argumentando que la verdadera dimensión profesional del actor en cuestión no la podíamos manejar con el Photoshop.

Aquella discusión que parecía no tener fin fue interrumpida por una experiencia sensorial inolvidable. Un olor nauseabundo entró por la ventana del bar: bolsas de basura de días generaban aquel vaho fétido, sobre la vereda. Un conflicto sindical mantenía el servicio de recolección sin funcionar. Fruto del proceso de descomposición de lo que, supongo, serían desechos orgánicos, el ambiente se tornaba irrespirable. El viento cambió de dirección y se ensañó con nuestra mesa, llevándonos a la siguiente reflexión, que compartí enseguida. "Creo que nuestra conversación carece de sentido. Ninguno de los supuestos artistas que formamos parte de este proyecto tenemos tanta relevancia en el universo para mantener activo este debate sobre tamaños de letras y carteles. Imaginemos por un instante, en el caso de que alguna catástrofe natural o pandemia amenazara a la humanidad, un recolector de residuos sería más importante para la supervivencia del mundo que la sumatoria de todos los artistas de esta película". El representante se levantó, amagó pedir la cuenta sin entusiasmo y partió con el contrato sin firmar. El largometraje se filmó, el actor no participó y todos los carteles en los títulos del final tuvieron la misma tipografía y tamaño.

Ahora que S. P. me evocó esa anécdota, me pregunto si cuando todos nosotros volvamos (adonde sea que volvamos) cuando esto termine, seguiremos actuando en la industria del entretenimiento de la misma manera. Si seguiremos tomando como un evento natural que en un set de filmación un director eleve el tono de voz porque una pared es roja y no colorada, o que un actor detenga un rodaje porque en su camarín no tiene bidet, o que un guionista deje de un portazo la sala de edición porque el "espíritu" de su obra fue traicionado. Ahora que ya confirmamos que las voces de nuestros egos son insignificantes en este silencio, y que nuestros gritos de niños caprichosos no tienen eco en este planeta, ¿podremos seguir tolerando esta cultura del maltrato tan incorporada a los procesos de trabajo de las industrias creativas?

Mientras busco una respuesta, escucho el ruido feroz de una máquina que avanza por la calle desierta. Se trata de un bellísimo camión de basura que, como un solitario predador urbano, se detiene en cada contenedor a devorarse todo residuo en su camino. Se detiene justo bajo mi ventana, me asomo y puedo verles la cara detrás de las mascaras: dos recolectores, protegidos en todo su cuerpo para desafiar al riesgo que hoy implica cualquier contacto con el mundo y sus desechos. No tienen nombre en sus uniformes y dudo que hayan discutido el cartel. Hacen lo suyo, uno chifla, el otro sube. Y el camión sigue, dobla y por un buen rato sigue el ruido del compactador retumbando como un eco casi religioso en el vacío del barrio.

Entonces entro en una videoconferencia con otros dos guionistas. Tenemos que resolver el final de una escena, de un capítulo, de una serie entre miles de series que se consumen en el mundo. Mientras me pongo los auriculares, respiro y huelo aire fresco y limpio. Alguien se está ocupando de lo realmente imprescindible en este momento. Y ese no soy yo.

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