Aprender a enseñar mejor

Iván Petrella
Iván Petrella PARA LA NACION
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12 de diciembre de 2011  

¿Cuáles son los secretos de los países con los mejores sistemas educativos del mundo? Hay un nuevo libro que los revela: Superando a Shangha i: una agenda para la educación norteamericana basada en los líderes mundiales. El trabajo tiene su origen en estudios comisionados por el gobierno norteamericano, preocupado por la caída en sus índices educativos. Por eso se propuso analizar la evolución y las prácticas de los países líderes (Finlandia, Canadá, Japón, Corea del Sur, Singapur y el distrito escolar de Shanghai, en China) y desde allí desarrollar ideas y propuestas que sirvan a Estados Unidos. El libro demuestra que, a pesar de que estos sistemas educativos tienen historias distintas y rasgos particulares, hay una serie de lecciones que se derivan de ellos.

La primera lección es la necesidad de contar con liderazgo político sostenido a través del tiempo. Con él, un país puede sobreponerse a ciclos de crisis económicas, conflictos sindicales y declinación educativa.

El sistema escolar finlandés, por ejemplo, es hoy casi un destino turístico para dirigentes que desean conocer las recetas de su éxito. Pero no siempre fue así: en 1970, sólo 14% de los finlandeses en edad de hacerlo había completado la escuela secundaria, y muy recientemente, en 1993, Finlandia sufrió un colapso económico en el que su PBI cayó 13% y el desempleo alcanzó al 20% de la población. Ahora, en cambio, está entre los países más competitivos y menos corruptos del mundo.

A fines de la década de 1990, Canadá padecía un altísimo nivel de conflictividad docente, a raíz del cual 55.000 chicos abandonaron el sistema público. Para sobreponerse, el gobierno logró incorporar a los docentes dentro de una amplia reforma cuya meta era posicionar al país entre aquellos con los mejores índices educativos. Hoy, Canadá, que recibe uno de los flujos inmigratorios más alto del mundo, es modelo para naciones de gran superficie, dispersión geográfica y heterogeneidad cultural. Y es una prueba de que el mal desempeño y los conflictos sociales no son producto de diferencias culturales o fatalidades del destino: se puede torcer el rumbo de la historia.

La segunda lección es la importancia del benchmarking como método de análisis que estos países utilizan para construir y evaluar sus sistemas educativos. El benchmarking es una práctica que se originó en empresas líderes y que consiste en estudiar a los mejores del rubro para aprender de ellos y medirse con ellos.

El sistema escolar japonés, por ejemplo, surgió del gobierno de la Restauración Meiji, que decidió que la única manera de alcanzar a Occidente era investigar sus prácticas educativas y adaptar lo que encontraran. Japón, como Finlandia, sigue analizando los programas de países de alto nivel como insumo para su propia política educativa. El premier del estado de Ontario en Canadá recorrió otras naciones antes de idear sus reformas, mientras que Hong Kong contrató a un especialista extranjero que ya había trabajado con otros países sobre temas curriculares y métodos de evaluación. Si Singapur después de estudiar la competencia ve que no se está en condiciones de crear un programa de primer nivel, busca alianzas externas para importar la pericia. Recientemente, por ejemplo, fundó un centro médico con la Universidad de Duke.

Las naciones más exitosas en materia educativa están permanentemente analizando las metas que otras se imponen, las políticas que implementan, las estructuras institucionales que adoptan y cómo se evalúan. La primera oración de Superando a Shangha i exhibe el espíritu detrás del método: "Este libro responde a una pregunta simple: ¿cómo rediseñaríamos el sistema educativo norteamericano si nuestra meta fuera aprovechar todo lo que han aprendido los países con los mejores sistemas educativos, para construir un sistema aun mejor al que existe hoy en cualquier parte?". Los estadounidenses entienden que para a ser los mejores antes hay que aprender de aquéllos que han hecho las cosas muy bien.

La tercera lección consiste en la necesidad de reclutar a los maestros dentro de las personas más inteligentes, preparadas y motivadas del país. Es obvio que teniendo la oportunidad, ningún Estado, empresa o industria saldría a buscar a sus empleados dentro de los promedios mediocres de los colegios o las universidades de menor nivel. Por el contrario, preferirían los promedios altos y las mejores universidades. Esta lógica debería ser aun más importante para formar docentes, cuya responsabilidad es educar a los jóvenes que son el ingrediente básico para construir el futuro. La mayoría de los países tienen estándares más bajos para entrar a la carrera docente y recibirse de maestro que para otras carreras. No sorprende entonces que ser abogado, ingeniero o médico goce de mayor prestigio y sea más redituable que ser maestro.

No es el caso para las naciones de alto nivel educativo. Singapur limita la entrada a la carrera docente al 30% de puntaje más alto de su examen nacional de ingreso universitario. En 2010, en Finlandia, más de 6600 postulantes compitieron para 660 puestos de ingreso a la carrera docente para la escuela primaria y a todos se les requiere una maestría como condición de empleo. En los países líderes, el ingreso no sólo es extremadamente competitivo, sino que además el programa se desarrolla dentro del marco académico y disciplinario de las mejores universidades: si uno va ser profesor de matemática, se recibe de la misma carrera que los matemáticos y debe agregar la especialización de pedagogía.

Estos países atraen hacia la docencia al mejor capital humano, ya que la dificultad en el ingreso le otorga prestigio y la vuelve más redituable.

Un eje de la política educativa de Singapur, por ejemplo, es que el sueldo no sea un factor determinante que haga que un joven talentoso con inclinación por la enseñanza opte, sin embargo, por otra profesión. A cambio, los docentes saben que de acuerdo con su capacidad y formación algunos ganarán más que otros; también, que tienen que estar siempre en la vanguardia de su campo y que son responsables del éxito o el fracaso de su gestión. Gozan de prestigio precisamente porque representan las expectativas de sociedades que valoran el rigor académico, el esfuerzo y la exigencia: sociedades que miden el desempeño educativo, según los estándares internacionales más altos.

La última lección surge de la lectura de la realidad mundial sobre la cual los países líderes basan sus esfuerzos educativos: la realidad de una globalización e integración laboral creciente.

Décadas atrás una persona competía económicamente con otros en su provincia o provincias vecinas. Ahora es muy probable que esté compitiendo con personas del mismo nivel de formación, pero que se encuentran en otras partes del mundo. Con un mercado laboral cada vez más integrado globalmente, trabajadores de altos ingresos compiten directamente con otros trabajadores de formación semejante, pero que viven en países de más bajos ingresos.

Ahí surge una complicación: ¿por qué debería una empresa pagar más por un empleado según el lugar en que se encuentre? Y si su capacidad es similar, ¿por qué no emplear al trabajador del país de bajos ingresos? Esta presión salarial hacia la baja es un problema que sufren trabajadores capacitados y no tan capacitados. El resultado es que los únicos que serán recompensados con los niveles salariales altos serán los de mayor capacidad de innovación, creatividad, formación y conocimiento: los que sean capaces, según dice el libro, "de inventar el futuro".

Por eso el empeño de estos países en crear un sistema educativo que posibilite a todos sus jóvenes competir internacionalmente, brindándoles las herramientas para que tengan sueños de grandeza. Conviene no olvidar que el destino de un país surge de la capacidad de soñar de su gente.

Si es así, quiere decir que la realidad de nuestros chicos no difiere mucho de la de jóvenes en Japón, Canadá o Finlandia. Viven en el mismo mundo y competirán por los mismos trabajos y, a veces, hasta por los mismos sueños. Habrá que aprender de estos países, ya que nuestros chicos también necesitan, y se merecen, la mejor educación del mundo. © LA NACION

El autor es director académico ?de la Fundación Pensar.

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