Apuntes de una memoria viva

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28 de abril de 2020  

Hubo una imagen, en un documental, que fue decisiva. A fines de los noventa, algunos años después de su estreno en España, vi Asaltar los cielos, película en la que Javier Rioyo y José Luis López-Linares reconstruyen, con entrevistas y material de archivo, la vida de Ramón Mercader, el asesino de Trotsky. La película es excelente y la historia que cuenta es oscura, fascinante, desmesurada. Pero a veces ocurre que uno de los muchos elementos que nutren a una obra se desprende, te mira y, como un dardo no necesariamente envenenado, te impacta de lleno en el corazón.

El dardo de esa película fue el montaje de escenas documentales que, acompañadas por los acordes del tremendo "Baga, Biga, Higa", de Mikel Laboa, mostraban la partida de trenes cargados de niños. Los "niños de la guerra". Hijos de republicanos de Madrid, de Barcelona, de las ciudades que, por primera vez en la historia, conocían un horror que hoy no nos resulta tan extraño: el bombardeo a la población civil en el marco de una guerra. La medida que tomó el gobierno republicano tuvo también un carácter inédito. Dado que la población infantil era la más vulnerable al sufrimiento que provocaban los bombardeos, se decidió poner a salvo a la mayor cantidad de chicos que se pudiera. Los "niños de la guerra" fueron enviados en su gran mayoría a la Unión Soviética, aunque algunos también recalaron en Francia y Bélgica. Los chicos, de todas las edades, viajaban apenas acompañados por algunos cuidadores y maestras. La intención era que estuvieran unos meses en el extranjero hasta que finalizara la guerra. Pero el conflicto español duró tres años. Y, apenas terminado, sobrevino la Segunda Guerra Mundial. Para muchos de esos niños la estadía supuestamente breve se convirtió en un destino para toda la vida.

Las imágenes de Asaltar los cielos vuelven a atravesarme. La cadencia antigua de una canción en euskera envuelve el registro, en blanco y negro, de una madre que en el andén besa a su hijo pequeño, lo vuelve a besar y lo sigue besando, un segundo más, antes de que suba al tren. Y todo es demasiado.

Un documental argentino, estrenado el año pasado y actualmente disponible en Vimeo, me hizo regresar a esa historia. Se llama Esta película que llevo conmigo, y lo realizó Lucía S. Ruiz, nieta de uno de aquellos "niños de la guerra". Juan José Ruiz había nacido en 1930 en el barrio de Vallecas, en Madrid. A los seis años, durante una noche de lluvia -le cuenta a su nieta-, lo trasladaron, junto a su hermana y su madre, a Valencia. De allí marcharon a Barcelona, y los niños fueron alojados en una colonia alejada de la ciudad (otro de los recursos para proteger a la población infantil de la ferocidad bélica). Con el fin de la Guerra Civil y la caída de la República, a los chicos los llevaron a Francia. Mientras el gobierno francés los recibía e instalaba en un hospital, el padre y la madre, con quienes habían perdido contacto, cruzaban la frontera por otro camino, junto a muchos otros de los derrotados, entre el frío y la más negra desazón.

Los hermanos quedaron solos, sin saber nada de su familia, en un lugar donde la mayoría de los adultos hablaban un idioma que no entendían. Pero, a diferencia de otros casos, sus padres lograron encontrarlos. Juan José volvió a abrazar a su mamá en Roche-la-Molière y, finalmente reunida, toda la familia pasó la Segunda Guerra en Burdeos. Con la llegada de los años cincuenta, dejaron Europa y se instalaron en la Argentina.

Esta película que llevo conmigo es el relato de una búsqueda. La de una descendiente de extranjeros que intenta reconstruir la silenciosa trama que la antecede. No en vano el trazado de un árbol genealógico, hecho de pincel y témpera, nombres que poco a poco se agregan junto a fotos y pequeños objetos, funciona como eje de la película. Y los testimonios, registrados en la Argentina y España, todos entre el dolor y la voluntad por superarlo, son apuntes de una memoria viva, colectiva, singular.

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