Cacerola mata pacto de impunidad
El mayor peligro que enfrenta hoy la Argentina es la consumación de un nuevo pacto de impunidad entre los poderosos de siempre. No solo evitaría que sean condenados por sus delitos aquellos que expoliaron las arcas públicas durante la década perdida, sino que además garantizaría la continuidad de la matriz corporativa y venal con la que se enriqueció una elite privilegiada que, antes que acabar presa, pretende seguir con la fiesta aun cuando no quede ni el cotillón.
A la luz de lo que ocurrió el miércoles por la noche, acaso haya en la ciudadanía una conciencia más grande de esta amenaza de lo que habitualmente se da por sentado. Según parece, y al contrario de lo que repiten muchas encuestas y buena parte de la prensa, no solo se piensa con el bolsillo.
Malas noticias para la expresidenta multiprocesada. Cristina Kirchner no podrá beneficiarse del empujón de campaña de la Corte Suprema de Justicia , que intentó conjurar la imagen tan temida que la espera la semana próxima: compartir el banquillo con los detenidos Lázaro Báez, Julio De Vido, José López y otros exservidores en el juicio por corrupción en la obra pública. La mayoría peronista del tribunal supremo, liderada por un Ricardo Lorenzetti incapaz de tragar la pérdida de centralidad, apeló a una artimaña que contradice todo precedente para reclamar el expediente y suspender así el inicio del primer juicio oral y público contra la expresidenta. Un cálculo errado. No previeron la reacción espontánea de la gente, la indignación que despertó una medida tendiente a devolvernos a un pasado que, por lo visto, no estamos necesariamente condenados a repetir. Ante el retumbar de las cacerolas y la convocatoria a una marcha en las redes, los jueces Lorenzetti, Horacio Rosatti, Juan Carlos Maqueda y Elena Highton de Nolasco se vieron forzados a dar marcha atrás.
Para colmo, la medida dilatoria se fraguó mientras el arrepentido Víctor Manzanares, excontador del matrimonio Kirchner, relataba con lujo de detalles cómo iban y venían las valijas de la felicidad y estimaba que los santacruceños se habrían robado unos 10.000 millones de dólares. "Hicimos cuanta cagada se pudo hacer", resumió sin sutilezas. Limpiar ahora, ante la cercanía de las elecciones, se hace cuesta arriba hasta para una Corte que actúa al margen de la línea que sigue en solitario su presidente, Carlos Rosenkrantz, apegado en sus decisiones a la letra y el espíritu de la ley.
Sin embargo, el comunicado de los cortesanos peronistas en el que aclaran que el juicio oral contra Cristina puede iniciarse el martes fue solo un repliegue técnico ante las reacciones adversas, como describió Jorge Liotti ayer. Estos jueces guardan una carta bajo la manga. Si más temprano o más tarde deciden atender alguno de los recursos planteados por la defensa de los acusados, como se anticipa, podrían retrasar el desarrollo de la causa. Sería la vuelta de un clásico nacional: la gran Menem.
Mientras en la Corte se ensayaba este paso en falso, mientras Manzanares hablaba ante la prensa, una Cristina "profundamente peronista" se sacaba la foto del regreso al Partido Justicialista. Muchos dirigentes que en otros tiempos fueron despreciados y hasta humillados por la expresidenta volvían a comer de su mano, atraídos por el aroma del poder, que presienten cerca. Una vez más, sonreían a la cámara todos juntos y revueltos en un "frente patriótico" donde caben desde Gildo Insfrán hasta Hugo Moyano. Allí, en medio de esa tierna reconciliación, estaba también Alberto Fernández, otro exréprobo, ahora convertido en el artífice del retorno de la gran dama.
Fernández es el hombre de las mil máscaras. Puede cambiarlas casi sin transiciones y a todas las lleva con la misma convicción. Ahora es más cristinista que Cristina, y el tono reflexivo que se le conoce para defender lo que tenga entre manos se le desbarató de pronto por el celo excesivo con que asume su nueva función. Además de operar en las sombras, el exjefe de Gabinete de los Kirchner amenazó con nombre y apellido a los magistrados que investigaron y fallaron en contra de la expresidenta en las distintas causas que se le siguen. El apriete, que fue rechazado por la Asociación de Magistrados, desconoce la división de poderes y anticipa acaso el método persecutorio y fascista que el kirchnerismo pondría en práctica de llegar al poder en octubre.
Lo cierto es que los juicios a Cristina y sus funcionarios son un hito histórico. En buena medida, son y serán un reflejo de la salud institucional de la Argentina. De su suerte, de lo que ocurra con ellos, depende también la suerte del país. Marcarán un antes y un después y pueden representar un hecho inédito: que un expresidente y sus colaboradores sean condenados por sus delitos, ni más ni menos. Esta vez lo impensado puede ocurrir, porque en verdad en esta historia lo inédito ya se ha dado: asistimos a una cleptocracia que no tiene antecedentes equiparables, aun cuando la corrupción ha sido pródiga en estas tierras. ¿Puede prosperar un pacto de impunidad ante la gravedad de lo que por estos días se ventila en los tribunales? Hasta ahora, las cacerolas dicen que no.
La columna de Carlos M. Reymundo Roberts volverá a publicarse el sábado próximo





