Cuando el país ardía

Carmelo Angulo Barturen
Carmelo Angulo Barturen PARA LA NACION
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17 de enero de 2012  

MADRID

Todavía retumba en mis oídos el intenso rumor de las cacerolas batiendo delante de la casa de Domingo Cavallo, muy cerca de la mía, atravesando de forma coral la brisa templada de las noches del diciembre porteño y luego extendiéndose los días posteriores a lo largo y ancho del Gran Buenos Aires. Salían a la calle ciudadanos frustrados por la dirigencia política ("¡que se vayan todos!"), con serios problemas de desempleo y acceso a alimentos básicos, y afectados por la inflación y la casi sacrosanta y ya quimérica paridad peso/dólar.

El fracaso de la reunión que convocamos con la Iglesia Católica el 19 de diciembre en Cáritas, con el objetivo no confesado de presentar la crudeza del panorama social y de gobernabilidad argentino a autoridades (ministros y gobernadores), partidos políticos, empresarios, sindicatos, sociedad civil y al propio presidente, que llegó de improviso, fue la última oportunidad para evitar la violencia callejera que se desarrolló a renglón seguido en el microcentro, provocando un número alto de víctimas y heridos que precipitaron la caída del gobierno de Fernando de la Rúa. El presidente no aceptó ni pareció entender, en aquella vibrante reunión, de una inédita representatividad nacional, la necesidad perentoria de anunciar un plan social de choque y la salida de la convertibilidad, como le propusieron unánimemente los participantes.

Por fin, el 14 de enero de 2002, convocado por el recién designado presidente Eduardo Duhalde, se aceptaba la necesidad urgente de un diálogo entre actores sociales y políticos, o "Diálogo Argentino", como se lo llamó.

A partir de entonces, nuestra oficina del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en la calle Esmeralda se convirtió en lugar de encuentro febril de líderes políticos, empresariales, sindicales y sociales, que, convocados, acudían consternados, como si fuera un consultorio de terapia; primero, a expresar su diagnóstico de la situación y, luego, a proponer algunas salidas. Frente a aquel ambiente de deterioro, carente de autocrítica y en el que abundaba la descalificación, la acritud de las posiciones y la fragmentación de las ideas y las propuestas, un grupo de profesionales, con algún asesoramiento externo y el muy valioso liderazgo de los obispos argentinos, emprendimos la tarea, que se prolongó en su primera etapa casi siete meses. Se trataba de escuchar a unos y a otros, de visitar instituciones y provincias, de buscar coincidencias y apaciguar los ánimos. Pero nadie quería asumir responsabilidades ni reconocer que el país estaba al borde del colapso y que había que recuperarlo entre todos.

Fue un ejercicio titánico desde el punto de vista organizativo, completado después por dos nuevas etapas, más técnicas, que se extendieron hasta 2004. Allí convergieron el liderazgo indirecto y discreto del cardenal Jorge Bergoglio y de monseñor Estanislao Karlic, presidente de la Conferencia Episcopal; la energía a prueba de fuego de monseñor Jorge Casaretto y su equipo de Cáritas, y los obispos designados por la Conferencia Episcopal para conducir el ejercicio, monseñores Artemio Staffolani y Juan Carlos Maccarone; la presencia decidida de los tres representantes del presidente, José María Díaz Bancalari, Antonio Cafiero y Juan Pablo Cafiero; un comprometido equipo del PNUD y del Sistema de las Naciones Unidas (Jessica Faieta, Carlos Sersale, Milagros Olivera y el sabio consejo de José Ignacio López actuando como vocero, y otros asesores). Y desde la sociedad civil, el espíritu conciliador de Enrique Olivera, que intentó convencer -soy testigo- hasta el último minuto al presidente de dar un giro a la política del gobierno. También, Cristina Calvo, Justo Carbajales y el rabino Sergio Bergman, a los que se sumaron la pletórica energía del ministro de Salud, Ginés González García, Carlos Tomada y medios influyentes como La Nacion y Clarín y tantos otros colaboradores y voluntarios (cuyos nombres quisiera citar uno por uno y nunca olvidar).

Con todos ellos se puso en marcha, aprovechando las infraestructuras físicas de la Iglesia Católica, un completo sistema de mesas, paneles y encuentros, que se replicó en algunas provincias, y a los que asistieron figuras representativas de todos los sectores. De allí surgieron un diagnóstico inicial y luego un trabajado documento para las bases de las reformas pendientes, que fue la piedra angular del ejercicio, y que incluía ya la definición de las primeras medidas de choque.

De aquel cada vez más productivo encuentro de voluntades surgió -con un cuidado y representativo esquema de gestión- el Programa de Jefes y Jefas de Hogar, uno de los más grandes jamás instrumentado en América latina, que permitió llegar con la exigua pero decisiva cantidad de 150 pesos a más de dos millones de personas. No hay que olvidar que a mediados de 2002 la pobreza alcanzaba, según datos oficiales, a un 54% de la población, y la indigencia, al 23%. También se consensuó una política nacional de salud que incluyó luego una nueva regulación de medicamentos genéricos, pionera en la región, y otros acuerdos importantes en materia de vivienda social y reformas institucionales que, dada la complejidad política del momento, quedaron como una agenda de futuro por desarrollar una vez que se restaurase un clima social e institucional propicio.

Muchas veces me he preguntado si aquel ejercicio inédito, impulsado con coraje y autentica honestidad e imparcialidad por la Iglesia Católica Argentina, las Naciones Unidas y un conjunto importante de líderes políticos y sindicales, organizaciones sociales, credos y laicos comprometidos, fue decisivo o no para superar el drama de la crisis de diciembre de 2001 y los meses siguientes. Sin ser pretencioso, diría que sí lo fue, puesto que, aunque no consiguió un acuerdo político de gran alcance, ni consensos decisivos -que los partidos políticos, fieles a su estilo histórico, fueron reacios a aceptar- sí permitió galvanizar y sosegar las tensiones y la violencia de aquellas semanas.

Como señala el documento independiente de evaluación del Diálogo Argentino, que convendría divulgar y quizá publicar, "el Diálogo fue un instrumento de contención y encauzamiento del conflicto creado por la fuerte crisis política, económica y financiera que amenazó con arrasar el sistema político preexistente".

Puede parecer poca cosa, echando la vista atrás. Pero rebajar la tensión y el encono generalizado y de ademanes agresivos, a través del diálogo; canalizar las demandas urgentes, recuperar el pulso de la institucionalidad política y social y plantear una agenda de políticas innovadoras en los grandes temas nacionales, no deja de ser algo relevante.

Para terminar, dos reflexiones generales. La primera es que una institucionalidad democrática, bien engrasada y habituada a la transparencia, al diálogo y el consenso en los grandes temas nacionales y con talante participativo, ayuda siempre a prever las crisis y a enfrentarlas más rápidamente cuando llegan. La segunda es que un sindicalismo constructivo, un empresariado socialmente responsable y una sociedad civil organizada son factores que preparan el terreno para los grandes acuerdos, sin olvidar la importancia de los poderes municipales y provinciales, que actúan como parachoques directos de la ciudadanía y como contrapesos de la visión centralista. Por fin, constatar que un entorno regional, con un grado de integración y complementariedad razonable entre países vecinos, es un factor que tiende a disminuir el riesgo, compartir los costes y encauzar los desequilibrios financieros. No sé cómo habría podido la Unión Europea y mi propio país, España, capear la actual crisis financiera y social sin esos elementos que contribuyen a la recuperación de la estabilidad y el equilibrio social.

No tengo tan claro cómo se ven hoy día los argentinos a sí mismos diez años después, y ni siquiera sé si recuerdan aquellas dramáticas semanas. Pero, desde el respeto que merece la distancia, siento que el país va definiendo, con su característica personalidad social y política, su propio rumbo con mayorías amplias y abordando los retos que las sociedades plurales confrontan. Con la falta de liderazgo mundial actual, cada país usa su propia energía y su potencialidad -y la Argentina la tiene a raudales- para definir su perfil con autonomía. Falta por saber si quedaron claras las lecciones de aquella época y los errores que no habría que repetir. La gente, de clase trabajadora y media, cansada de políticos que consideraba incapaces, harta de discursos grandilocuentes y carentes de respuestas a sus problemas básicos, se lanzó entonces a la calle, como años después, con diferentes razones y matices, lo han hecho en Chile, México, Rusia, España y en muchos países árabes.

La democracia siempre exige, como han estudiado Habermas y otros politólogos, estadios y logros superiores y más amplios de libertades, bienestar y equidad de derechos. Eso es inexorable y cuesta entenderlo en muchas partes.

La crisis del llamado "corralito" fue casi premonitoria y un anticipo de lo que ha ido ocurriendo en otras latitudes, superando a los partidos y las instituciones que no son capaces de dar respuestas a una sociedad que exige en casi todas partes desarrollo real y cohesión social. Como dice Luis Alberto Romero, en un magnífico estudio sobre el último centenario argentino coordinado por mi amigo Roberto Russell, el Estado moderno es la prioridad para cualquier agenda para el tercer centenario de la Argentina.

Quizá lo que ocurrió en 2001 y la respuesta mínima, pero democrática, plural y respetuosa del Diálogo Argentino sea un buen precedente, un punto de inspiración para el momento actual de la Argentina y de las reformas de segunda generación que el país está emprendiendo en muchos campos, casi treinta años después de la segunda experiencia democrática iniciada con el presidente Raúl Alfonsín en 1983. Para mí, en todo caso, representa una circunstancia irrepetible, compartida con un grupo humano extraordinario, que ha convertido a la Argentina en mi nueva patria. © La Nacion

El autor fue embajador de España en la Argentina (2004-2007) y representante del PNUD en el país (2001-2004). Hoy es director ejecutivo de la Fundación España-México.

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