Cuando el rey hizo callar a Cristina

Carlos M. Reymundo Roberts
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7 de junio de 2014  

Al enterarse, Cristina quedó en estado de shock. ¿La indagatoria a Boudou? ¿El derrumbe de la industria automotriz? ¿Las espantosas cifras de la UCA sobre el crecimiento de la pobreza en el conurbano? Nada de eso. La abdicación de Juan Carlos I. No es que el rey le cayera en gracia -más bien, todo lo contrario-, pero cualquier cosa que signifique dejar el poder antes de tiempo la pone pésimo. Pegó un grito que se oyó en toda la residencia de Olivos. Enseguida hizo llamar a Timerman para que le explicara qué había pasado, pero era muy temprano y el canciller, entre sueños, al oír el teléfono pensó que lo buscaban de una radio y empezó a vociferar: "¡No me llamen más, no puedo hablar, no me dejan, tengo la palabra prohibida!"

Una vez repuesta del impacto, la Presidenta tomó dos decisiones, desvinculadas entre sí, salvo por un hecho: las dos arrancaron horrible. La primera fue apurar la designación de Ricardo Forster como secretario del Pensamiento Nacional. La segunda, pedir que la comunicaran con Juan Carlos.

Cuando Ricardo supo del nombramiento pensó que era un chiste. A diferencia de Néstor, Cristina nunca tuvo un gran respeto intelectual por Carta Abierta. En la intimidad ha llegado a comparar a Horacio González y compañía con Aníbal Fernández y Barone, lo cual es descender a las estructuras más rudimentarias del pensamiento. ¿Por qué, entonces, lo de Forster? Hay varias teorías: que quiere desarmar Carta Abierta, cuyo último texto, hay que decirlo, no fue fruto de un duro debate entre sus miembros, como se dijo, sino de una pelea con el sentido común y con el español bien escrito; que fue una idea de Maduro: cuando se siente encerrado por la crisis suele apelar a ese ingenio tan caribeño; que es un premio a la valentía de Ricardo por haber hecho una reinterpretación kirchnerista de Descartes: "Pienso el relato, luego existo".

Capitanich me dijo que en realidad fue un golpe de efecto para sacar de las tapas de los diarios temas incómodos. Gran idea: francamente cuesta hablar de otras cosas cuando uno se topa con la noticia de que un señor va a tener una tarjeta que dirá: "Secretario del Pensamiento".

El problema fue que, como dije, Forster pensó que era una broma. Pero la cosa era en serio. Le explicaron que no iba a tener mucho trabajo (ni siquiera, pensar), hizo cuentas y ahí se le fueron todas las dudas. Me ha prometido que cuando tenga impresas las tarjetas, la primera será para mí.

El rey al principio no quería saber nada de hablar con Cristina. Después, él también hizo cuentas: el pago que la señora acaba de acordar con Repsol por YPF es mucho mayor al que nunca hubieran esperado. Además, España está en el Club de París, así que por ahí también va a cobrar. Luego de tenerla en ascuas durante dos días, la atendió.

-¡Cristina, majísima, qué gusto escucharte!

-Lo mismo digo, Juan Carlos. Llamo para felicitarlo: qué entereza la suya haber dado un paso al costado. ¡Y con bastón! ¿Cómo lo decidió?

-Mira, estamos en crisis económica, he sido sacudido por escándalos de personas muy cercanas a mí y no paraba de caer en las encuestas. ¿Quién puede sobrevivir a todo eso?

-¡Yo! Perdón, quiero decir que yo, yo no me hubiese entregado sin hacer nada. Con todo respeto, ¿no pensó en contraatacar? No sé, digo, denunciar alguna conspiración destituyente o algo así.

-¿Tu sugieres que el rey debía mentirle a su pueblo?

-No, por Dios. Jamás. Pero en España debe haber algún franquista al que se le pueda echar la culpa, ¿no?

-No pretendía encontrar culpables, sino una solución. Y creo que esa solución es Felipe. Confío mucho en él.

-¡Qué lindo eso! Claro que sí, Felipe VI. Yo también sueño con Máximo I, con Cristina III, que vengo a ser yo en un tercer mandato, jajaja. Eso es lo que me gusta de las monarquías: todo queda en familia.

-A mí me gustaron mucho las primeras palabras de Felipe: "Dedicaré todas mis fuerzas a servir a una nación unida y diversa".

-Es un buen lema. Máximo tiene el suyo: " La Cámpora , unida en su diversidad, dedica todas sus fuerzas a servirse de la nación". Es bromista por naturaleza.

-Yo también suelo ser bromista, pero bueno, tú sabes, nada ha sido fácil últimamente. El juicio de mi hija y mi yerno me ha puesto muy mal.

-Ni me lo diga: los jueces siempre buscan el pelo en la sopa. Es lo que pasa con mi vice, un muchacho un poco tarambana, pero nada grave. Si se hubiese quedado con dinero que no le correspondía, OK. Pero él, guiado por Néstor , sólo quería quedarse con la fábrica de hacer dinero. Están matando el espíritu emprendedor en la Argentina.

-Cristina, disculpa, tengo que cortar esta comunicación. Me está llamando Obama . ¿Algún mensaje para él?

-Uno solo. Que si tiene problemas, no dude en llamarme. O en llamar a Forster, mi flamante secretario de Pensamiento. O le mando a Timerman, para que después haga todo lo contrario de lo que él le aconseje. También podría...

-Perdón, maja, te lo digo con mucho cariño: ¿¡por qué no te callas!?

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