El adiós de Joan Baez

Héctor M. Guyot
Héctor M. Guyot LA NACION
(0)
3 de agosto de 2019  

Leo en un diario español que Joan Baez ha dado en Madrid el último concierto de su carrera, a sus 78 años, y la noticia me lleva a mi infancia, a un disco de tapas negras de mis padres en el que se dibujaba el hermoso perfil de su rostro joven, tan despojado, puro y fuerte como la voz que en esa grabación en vivo desgranaba canciones en tonos menores con la sola compañía de su guitarra.

También pienso en el libro que hace poco me regaló un amigo librero: Positivily 4th Street. The lives and times of Joan Baez, Bob Dylan, Mimi Baez Fariña and Richard Fariña, de David Hajdu, que recrea la relación que estas dos hermanas tuvieron a principios de los años 60 con dos jóvenes que querían abrirse paso con la música y las palabras en la bohemia de Greenwich Village, cuando el folk dejaba de ser cosa de anticuarios para convertirse en un arte vivo que expresaba los anhelos de una nueva generación.

Abro el libro movido por la curiosidad de saber cómo se forja una personalidad como la de Joan Baez, capaz de hacer una carrera deslumbrante con absoluta naturalidad, anulando por completo la distancia entre la artista y la persona. Leo y la veo de pequeña en su casa de Menlo Park, California, jugando con su hermana Mimi, cuatro años menor, mientras su madre escuchaba música clásica en discos de pasta y su padre, el doctor Albert Baez, un físico mexicano, enseñaba en la Universidad de Stanford. Cuando Joan tiene ocho años, llega a vivir con ellos la tía Pauline, hermana menor de la madre, que escribía poesía, había estudiado danza con Martha Graham y viajado por Europa. Las chicas pasan las horas con ese espíritu libre, que trae a la casa el arte y la diversión. Al mismo tiempo, a instancias del padre, la familia asiste a las reuniones de un grupo cuáquero. "Allí entendimos básicamente la idea de que la paz es algo bueno", dirá Mimi.

Tanto ella como Joan están interesadas en la música. Empiezan de chicas con el ukelele y pasan a la guitarra. Joan toma lecciones de piano, y Mimi, de violín. En 1954, cuando Joan tiene 13, Tía (así llamaban a Pauline) lleva a las hermanas a un concierto de Pete Seeger. "Joan me contó más tarde que después de ese concierto ella se miró en el espejo y dijo: yo también puedo cantar", dice Seeger en el libro. Las dos quieren cantar. Las dos tienen talento. Practican, cantan a dúo, compiten. Mimi, tímida, es muy bella. Joan se ve fea a su lado, pero es mayor y más lanzada. Cuando en 1958 la familia se muda a Massachusetts, empieza a tocar en los bares cercanos a la Universidad de Boston. Al año siguiente va al primer Festival Folk de Newport para acompañar al cantante Bob Gibson, que en medio de su presentación, al ver el efecto que ella produce en el público, la deja cantando sola. En un vestido rojo, descalza, con su pelo largo y negro mojado por una fina llovizna, Joan canta. Su ascética intensidad, su aura, su voz de diamante, desarma a la audiencia. "Newport explotó", resume Dave Van Ronk, uno de los músicos folk más respetados de entonces.

El 10 de abril de 1961 -narra el libro- conoce a Dylan, que la intercepta a las dos de la mañana a la salida del Gerde's Folk City y le pregunta si le puede tocar una canción. Joan accede y le pasa su Gibson. Dylan apoya la rodilla izquierda en la vereda, acomoda la guitarra sobre la pierna derecha y canta "Song to Woody". Joan, que ya era famosa, le dice que le gusta mucho. "Podés cantarla, si querés", ofrece el aspirante a estrella. Al día siguiente, le cuenta a todos sus amigos que Joan Baez quiere grabar un tema suyo.

La relación de Baez y Dylan a través de los años da para otro libro. Este de Hajdu cuenta su vida de pareja en la casa de Baez en Carmel, en 1963, cuando vivían cerca de Mimi y Richard Fariña, que ya se habían casado. Luego vendría el destrato de Dylan durante su gira por Inglaterra, en 1965, donde ignora a Joan y no la invita al escenario. "Tal vez fue algo estúpido, no dejarla tocar. No se puede estar enamorado y ser sabio a la vez, así que espero lo entienda", dice el siempre ambiguo Dylan en No Direction Home, el documental de Martin Scorsese, de 2005. Allí mismo Baez dice de Dylan: "Una de las personas más complejas que conocí. Traté de entenderlo, pero me rendí, no sé lo que pensaba. Solo sé lo que nos dio".

Nos dio las canciones, que Baez interpretó como nadie. Tras 60 años años de carrera, ella volvió a tocar algunas en el Teatro Real de Madrid. También pisó descalza este último escenario, como aquel primero de Newport. Ahora lleva el pelo corto y blanco, pero otras cosas siguen intactas: su timbre, su compromiso, su integridad sin dobleces. Y su voz de diamante. La misma, aunque más sabia, con la que dijo adiós.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.