El Indio Solari en la Biblioteca: los ojos ciegos bien abiertos

Maximiliano Tomas
Maximiliano Tomas PARA LA NACION
Lo que prometía ser una ocasión única de conocer su intimidad creativa termina siendo una muestra solo para fanáticos
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26 de febrero de 2015  • 00:53

¿El rock como acceso a la cultura letrada? Más bien el rock entendido como un caldo en donde se procesan múltiples influencias: la música culta, la literatura de vanguardia y experimental, el dibujo y la historieta, la filosofía oriental, las drogas y la contracultura. Eso fue el rock, una potencia que inspiró a varias generaciones de jóvenes. Y también, habría que decirlo de una vez, a la luz de las evidencias, eso ya no es. Desde el 7 de febrero y hasta el 31 de marzo dos salas de la Biblioteca Nacional y sus espacios aledaños muestran una fisonomía alterada: espacios no tradicionales tomados por los ropajes de aquello que supo ser la cultura rock. ¿Las razones? Una muestra llamada Indio en la Biblioteca. El tesoro de los inocentes. El homenajeado, por supuesto, es Carlos "Indio" Solari, aquel frontman de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota nacido en 1949, que cada tanto vuelve a los escenarios como solista y moviliza decenas de miles de personas de un lado a otro de la Argentina. Algunos de ellos, o al menos eso esperan los organizadores de esta muestra, pasarán por la Biblioteca en estos días. De nuevo: ¿el rock como acceso a la cultura letrada? ¿Es eso posible hoy?

La sensación es como la que deparan esos viajes cortos en avión de menos de una hora: uno sale de ellos sin haber sufrido alguna transformación, sin capitalizar ningún saber o experiencia nueva

Primera paradoja: alguien que a lo largo de los años hizo de la sustracción de su imagen pública una ideología aparece replicado en múltiples tomas fotográficas (retratos, planos americanos, cuerpo entero) a lo largo de la Plaza Rayuela que da sobre la avenida Las Heras. Se trata de una serie hecha por el fotógrafo Edgardo Kevorkian en las ruinas de lo que fuera hasta 1985 la localidad bonaerense de Epecuén, derruida y evacuada por una inundación. A Solari se lo ve de pie y sentado sobre piedras, entre raíces muertas, contrapuesto a la arquitectura monumental de Francisco Salamone y entre las tumbas de un cementerio abandonado, como un mesías o un jinete del Apocalipsis. No hay mayor novedad en esta primera parte, que funciona como antesala de la exhibición, o más bien lo que hay es un enfoque: esta parece ser una muestra de corte personalista y dispuesta para la iconodulia. ¿Dónde está Patricio Rey? Por acá, seguro que no.

El montaje en la explanada Juan José Saer, antes de ingresar al magnífico edificio diseñado por Clorindo Testa, funciona como introducción y es algo más creativo: unas vallas emulan lo que suele ser el ingreso a un recital de rock. A los costados, dos grandes collages en forma de mural con imágenes creadas por Solari e intervenidas por fragmentos de las letras de sus canciones. Una pantalla gigante sobre la puerta de entrada proyecta la programación de la biblioteca, algunas entrevistas con escritores argentinos, y cada tanto promociona la muestra a través de los altoparlantes, donde suenan los temas de Solari y Los Redondos.

El material expuesto en la Hemeroteca del subsuelo (viejas notas y entrevistas) es pobre y conocido, así que mejor ir directamente a la sala Leopoldo Marechal del primer piso. Al entrar, una vitrina exhibe las letras de algunas de las canciones más famosas de Solari: ahí puede verse una caligrafía estilizada y elegante desplegada en hojas de cuadernos y blocs de notas. Hay algunas apenas corregidas, otras repletas de tachaduras y flechas. Nadie que haya disfrutado de su música podrá evitar cierta excitación frente a los originales manuscritos de temas como "Un tal Brigitte Bardot" (en tinta roja sobre papel de cuaderno Rivadavia), "Héroe del whisky", "Esa estrella era mi lujo", "Divina TV Führer", "Etiqueta negra" o "Juguetes Perdidos", que en muchos casos ni siquiera tenían título aún. Hay estrofas que fueron suprimidas o reemplazadas, o finalmente nunca fueron grabadas (el célebre himno "Juguetes perdidos", por ejemplo, iba a terminar así: "¡Los hijos de puta no descansan nunca!"). El placer está, entonces, en los detalles: las enmiendas, los titubeos, la acentuación arcaizante de palabras como "fué", "dá", "éso".

En rigor de verdad, hay que decir que uno debe adivinar el origen de los textos y las imágenes que cuelgan de las paredes, porque la muestra evidencia una completa falta de referencias

A un costado se reproduce una biblioteca con algunos de los libros y autores que Solari reconoce capitales para su formación. No son sus volúmenes: los ejemplares pertenecen al archivo de la institución. Dice Solari en uno de los escasos textos que pueden leerse en la sala: "Con mis lecturas, a través del tiempo, me he comportado como un peregrino revoltoso. He curioseado todo lo que trajo hasta mí la cultura rock. Así como un músico me invitó a otro, mi guía fueron los escritores de esa nueva izquierda quienes me acercaron a otros autores que el sistema había desechado y hasta prohibido por inadecuados y peligrosos. Nada de orientación académica ni notas reflexivas en el margen de las páginas. Una diversidad producto de la renuncia al sentido común de la sociedad que me arrastró de Gurdjieff a Conrad, de Artaud a Cooper y Laing. De Schwob a Roussel. La generación beatnik, Idries Shah, autobiografías de cineastas, haikus y Kenneth White, correspondencias (Wagner y Liszt, los hermanos Van Gogh), Durrel, Vonnegut, Capote, Wolfe, Vian, Cohen, etc".

Objetos hay pocos: una máquina de escribir, dos pares de anteojos, un gorro, una guitarra de luthier propiedad del músico, camisas y remeras utilizadas en recitales. Punto. El resto de la muestra está compuesta por reproducciones de dibujos y pinturas (quizá la faceta menos conocida de Solari, donde es evidente que en algún momento manifestó cierto talento como historietista) y de los textos, a esta altura bastante difundidos, que publicó en la década del 80 en revistas como Cerdos y Peces, y que publicará pronto bajo el título El delito americano. Si uno mira atentamente, podrá descubrir cómo esos textos exportaron frases célebres a algunas de sus canciones. No hay mucho más. Cuando la exhibición comienza a despegar, la aeronave aterriza y las puertas de salida de abren. La sensación es como la que deparan esos viajes cortos en avión de menos de una hora, de Buenos Aires a Mar del Plata por ejemplo: uno sale de ellos sin haber sufrido alguna transformación, sin capitalizar ningún saber o experiencia nueva.

En rigor de verdad, hay que decir que uno debe adivinar el origen de los textos y las imágenes que cuelgan de las paredes, porque la muestra evidencia una completa falta de referencias. ¿No se merecían los espectadores una síntesis biográfica de Carlos Solari, o al menos una cronología general que pudiera otorgarle a lo que se ve un determinado contexto? ¿Qué podrán entender los jóvenes que vayan a la Biblioteca, muchos de ellos nacidos años después de que esas canciones fueran grabadas y esas revistas desaparecieran, sin la ayuda de la debida información? ¿Se trata de un descuido, de un error, de una decisión curatorial?

Para entender la relevancia de Solari y su grupo en la historia de la música popular argentina mucho mejor sumergirse en la lectura de dos libros recientes, 100 veces Redondos y A quién le importa

La intención que declaran los organizadores es la siguiente: "Exhibir sus manuscritos, ensayos, dibujos, pinturas, publicaciones, objetos personales y visitar su universo de lecturas y canciones escogidas, es una invitación a explorar nuevas interpretaciones sobre esta enigmática obra, y es una forma, también, de celebrar una manifestación del arte que ha logrado conmover la sensibilidad de multitudes argentinas". ¿Pero pueden explorarse nuevas interpretaciones sin las más elementales herramientas hermenéuticas? ¿Cómo pensar sobre algo sin conocer sus orígenes y su contexto? El sentido curatorial de El tesoro de los inocentes construye, antes que una exploración abierta, una suerte de altar: los objetos están ahí para ser venerados, no para ser pensados. Una muestra así podría haber invitado a reflexionar sobre las razones de la emergencia y la prolongación, durante décadas, de un mito tan poderoso como el de Solari, en lugar de proponer adherir a él de forma irreflexiva. Está, además, la desgracia de la contigüidad: todo lo que falla en esta muestra está muy bien hecho a pocos pasos de allí, en la exhibición sobre Luca Prodan que ofrece el Museo de la Lengua.

Así las cosas, lo que prometía ser una ocasión excepcional para escarbar en la poco conocida intimidad creativa del compositor musical más misterioso (y para muchos más talentoso) de las últimas décadas termina derivando en una muestra solo para fanáticos: una exhibición de sentidos cerrados, sin alma y sin sorpresa. Para entender la relevancia de Solari y su grupo en la historia de la música popular argentina mucho mejor sumergirse en la lectura de dos libros recientes, 100 veces Redondos y A quién le importa. O esperar a que en algún momento de 2015 aparezca la tan prometida biografía definitiva de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, en la que los periodistas Mariano del Mazo y Pablo Perantuono trabajan desde hace un par de años.

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