El Invencible, de Stanislaw Lem

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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12 de junio de 2019  

Releí la semana pasada El Invencible, del escritor polaco Stanislaw Lem. Sobre las páginas finales, me volví a plantear las mismas preguntas que las otras (¿diez, quince?) veces que transité esta novela, desde que la descubrí, en la sección de usados de una librería de Villa Gesell, hace casi 40 años. Por una parte, ¿cómo es posible que no la hayan llevado al cine? En la pantalla grande, salvo honrosas excepciones, la ciencia ficción hoy es una colección de refritos, remakes y argumentos huecos, pueriles o ambas cosas. El Invencible, en cambio, lo tiene todo: una aventura emocionante, la batalla más apocalíptica que se haya escrito o filmado y esos diálogos profundos y perturbadores en los que Lem utiliza al alienígena como espejo de la humanidad y donde pone en tela de juicio nuestra capacidad para comprender lo que nos es por completo ajeno (había escrito sobre esta base uno de sus libros más extensos y magníficos, Edén, de 1959).

Solaris es su obra mejor conocida y una de las novelas de ciencia ficción más extraordinarias de todas las épocas. Fue llevada a la pantalla tres veces: una para la TV y dos para el cine. La película de Tarkovsky es más que digna. La otra, olvidable.

En cualquier caso, El Invencible, en manos de un director sabio, traería un clásico de clásicos al pirotécnico pero anodino menú actual.

La otra pregunta que siempre me hago al leer El Invencible (y, en general, toda la obra de Lem y la de Philip K. Dick, el único escritor de ciencia ficción estadounidense para quien el polaco tuvo elogios) es por qué el género sigue siendo una suerte de paria de la literatura. Es cierto que hay mucha hojarasca, pero eso ocurre en todos los anaqueles. Es verdad, asimismo, que su propia naturaleza lo hace propenso al folletín con marcianitos verdes y pistolas de rayos.

Pero, a pesar de ser el menos presuntuoso de los géneros, ofrece muchas obras mayores. Así, sin orden ni concierto, como me van viniendo a la cabeza, mencionaría La mano izquierda de la oscuridad, Los desposeídos y El nombre del mundo es bosque, de Ursula K. Le Guin; El hombre en el castillo, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? y Ubik, de Dick (más la mayoría de sus cuentos, empezando por El caso Rautavaara); La tarde y la mañana y la noche, de Octavia Butler; Muero por dentro, de Robert Silverberg; obviamente, Duna, de Frank Herbert; Fahrenheit 451, del enorme Ray Bradbury; Congreso de futurología y Memorias encontradas en una bañera, de Lem; 1984, de George Orwell; Hacedor de estrellas, de Olaf Stapledon; El señor de las moscas, de William Golding; Neuromancer (prefiero no traducirlo, porque es un neologismo), de William Gibson; La guía del viajero intergaláctico, de Douglas Adams; Más que humano y Los cristales soñadores, de Theodore Sturgeon; Matadero Cinco, de Kurt Vonnegut; La intersección de Einstein, de Samuel Delany, y podría seguir un buen rato, si mi memoria no estuviera tan saturada y si no apremiara el cierre. Cada aficionado al género que lea este breve texto tendrá in pectore ese libro de ciencia ficción que le gustaría recomendar, y que me encantaría conocer o reconocer; tal vez, releer. Estoy dejando afuera no menos de cincuenta obras, que hoy, cuando maneje de regreso a casa, irán apareciendo en mi mente y, con esta página en imprenta, quedarán fuera de la lista. Siéntanse libres, pues, de completarla. Ah, y sintámonos también orgullosos. No somos aficionados; mala mía. Somos lectores de ciencia ficción, como somos lectores de Milton o de Cervantes, de Joyce o de Cortázar.

Habrán notado que no mencioné la admirable novela El juego de Ender, de Orson Scott Card, que en 2011 tuvo su película, a mi juicio mediocre, a pesar de Asa Butterfield. No tengo la menor intención de revelar el final, pero aun con todos los elementos típicos del género (alienígenas, viajes espaciales, tecnologías futuristas), Scott Card se centra en un conflicto abrumador que involucra a un niño (Ender) y que concluye de un modo inesperado, atroz y quizá demasiado inquietante.

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