
El rey del kitsch cantaba en francés
Conoció el éxito con el twist y murió en pleno furor de la música disco, cuando se había transformado en ícono kitsch y rey del pop, lejos, bien lejos del gusto promedio de intelectuales y teóricos de la alta cultura francesa. Apenas pasado el mediodía del 11 de marzo de 1978, el cantante y compositor Claude François entró a darse una ducha. En el departamento del parisino Boulevard Exelmans estaban su secretaria francesa y su novia, una joven estadounidense llamada Kathleen. En un acto imprudente, casi ridículo para un hombre de 39 años y padre de dos niños, Claude vio que la bombita del artefacto de luz se había quemado y se propuso cambiarla. Tenía los pies mojados. El cantante que volvía locas de amor a las mujeres francesas murió electrocutado y dejó a un país en shock de duelo e histeria con intentos de suicidio incluidos: dicen los rumores que dos de las fans alcanzaron la muerte en esos días.
François había nacido en Egipto en 1939, ya que su padre trabajaba entonces en el Canal de Suez. Desde muy joven desesperaba por ser artista, tocaba varios instrumentos y se presentaba en nights clubs, en busca de su golpe de suerte, que llegaría en 1962, cuando con el tema "Belles, Belles, Belles" consiguió vender 1,7 millones de discos y sonar en todas las radios. A partir de ahí, todo fue éxito y dinero con altibajos, romances tumultuosos, colapsos nerviosos y búsqueda de negocios, desde la creación de Disques Fleche, su propia discográfica, hasta la compra de revistas y agencias de modelos, en un frenesí de actividades. En los últimos años, la muerte había tocado cerca: sufrió heridas en un accidente de auto, sobrevivió en Londres a un ataque del IRA en un lugar público y escapó a las balas de un psicótico que le disparó mientras conducía. El verdadero final iba a encontrarlo en una situación absolutamente alejada de lo heroico y lo romántico que pretendió construir para su personaje. "Yo quiero que se me ame", dice uno de sus amigos que le dijo poco antes de morir.
Desde muy joven desesperaba por ser artista, tocaba varios instrumentos y se presentaba en nights clubs, en busca de su golpe de suerte, que llegaría en 1962 con el tema 'Belles, Belles, Belles'
En "Magnolias for ever", uno de los últimos capítulos de El azul de las abejas, la nueva novela de la argentina Laura Alcoba, puede leerse hasta qué punto generaba pasión popular François, conocido como Clo Clo, un hombre delgado y rubio, con el cabello lacio y el flequillo como telón dividido. Un artista que vestía de negro, de blanco, de rojo. Que usaba brillos en sus prendas y que actuaba acompañado de "las claudettes", cuatro mujeres insinuantes que bailaban a su alrededor. La protagonista de la novela es hija de una pareja de montoneros. Acaba de llegar a Francia con su madre y tratan de rehacer su vida, mientras su padre cumple condena en una cárcel argentina. La nena desespera por adquirir acento francés, no soporta el rechazo que puede despertar su tono extranjero. En la escuela se hace amiga de Nadine que, aunque es francesa, también tiene un problema con la lengua ya que cecea y por eso recibe burlas de los compañeros. Un día va de visita y se encuentra con un altar en cada ambiente: la casa es un hogar homenaje a Claude François, con cuadros, telas bordadas con flores, posters y discos. Y mucha tristeza. En su cuarto, con paredes colmadas de fotos del artista, Nadine pone varios discos uno después del otro, de esos para bailar intenso como "Alexandrie Alexandra": se mueve con el desenfreno de una fan angustiada. En cierto momento, cambia el registro y suena "Comme d'habitude", "la canción ideal para ceder a las confidencias".
Me dio curiosidad ese título: Youtube me la quitó. "Comme d'habitude" (Como de costumbre) fue compuesta por François y lleva música de Jacques Revaux. La música es tan conocida que da palpitaciones: es la misma de "A mi manera". Paul Anka conservó la melodía y cambió por completo la letra para que Frank Sinatra la inmortalizara. Revisando su discografía, aparecen videos de diversas épocas, con canciones que el intérprete francés adaptó de originales en inglés, como "Massachussetts", de los Bee Gees, tema que convirtió en "La plus belle chose du monde". En el colmo del kitsch, aparece también la versión en castellano de "Llora el teléfono" (1974), en la que un padre habla con su hijita a la distancia y busca saber cómo está, qué es de su vida, mientras su madre se niega a atenderlo. En la novela de Alcoba, en la vida de Alcoba (la novela es autobiográfica y es continuación de La casa de los conejos), también hay un padre a la distancia que habla con su hija, pero lo hace a través de cartas, en las cuales le pide desesperadamente una foto para colgar en su celda y poder así tener una idea aproximada de dónde viven y cómo están. Las coincidencias, los lazos, terminan aquí. No hay kitsch en El azul de las abejas; hay, sí, una tensión abrumadora en una nena que necesita cambiar de lengua para dar vuelta su dolorosa historia de ocultamientos, confusión y desarraigo.






