El valor del aporte individual

Humphrey Inzillo
Humphrey Inzillo LA NACION
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10 de noviembre de 2019  

Esa tarde, Jorge y Néstor, los profesores, me había elegido capitán de uno de los cuatro equipos del campeonato de fútbol exprés que se organizaban en las horas de Educación Física, y como había ganado al pan y queso tenía el derecho de empezar a reclutar a los compañeros que serían parte de mi escuadra. Esta historia transcurre en la primavera de 1990. Yo tenía once años, y en la competencia participábamos los chiquilines de quinto, mis compañeros de sexto y los grandotes de séptimo.

El mejor deportista de la escuela se llamaba Ernesto Chalabe y no solo era habilidoso, tenía un físico imponente. Bah, así lo veíamos nosotros: como una especie de topadora. Además, lógico, era el más canchero de su división. Era casi cantado que el equipo para el que jugara, tendría la victoria asegurada. Así que tenía sentido que si te tocaba ser capitán, y tenías a todos y cada uno de los jugadores a disposición para armar tu propio plantel, lo eligieras a él antes que a nadie.

Sin embargo, yo empecé por otro pibe de séptimo: Diego Barg. Era bastante petiso, tenía unos rulos que ahora recuerdo levemente maradonianos y, aunque jugaba bien a la pelota, no había modo de compararlo con Ernesto. Todavía me acuerdo de su cara de desconcierto, de decepción y de su mirada casi incriminatoria cuando lo elegí a él antes que a nadie. "¿Te volviste loco? ¿Cómo no arrancaste con Chalabe?". Mi decisión, según recuerdo, no había sido azarosa. Yo sabía que si lo elegía a Chalabe, teníamos el campeonato casi asegurado. Pero también sabía que Chalabe era bastante morfón, que quizás se la pasaba a alguno de sus amigos de séptimo, pero que a mi no me iba a dar ningún pase.

Si lo elegía, le aseguraba el campeonato a mi equipo, pero me garantizaba una tarde aburrida. Diego, en cambio, era de los que pasaba la pelota. Era habilidoso, pero generoso. Jugaba conmigo y con todos sus compañeros.

En ese momento, mi universo futbolístico se dividía entre los que me pasaban y los que no me pasaban la pelota. Para nuestro equipo jugó, también, Juanito Orúe, que años después se transformaría en un querido y admirado colega. No me acuerdo cómo se completó el plantel, pero pese a todos los pronósticos justificadamente agoreros, ganamos ese mini-campeonato. Quizás haya sido porque Chalabe tuvo una mala tarde, o no era tan invencible como lo idealizábamos. A mí me gusta pensar que ese milagro fue, sobre todo, el triunfo de un proyecto colectivo.

Salvo por algún contacto esporádico y casual, desde que egresaron casi no volví a saber de ellos. Sin embargo, la historia de aquél campeonato exprés se me apareció de golpe, como una rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Fue en el marco de la presentación de la Orquesta de Instrumentos Reciclados de Cateura, en el Centro Cutural Manzana de la Rivera, en el marco del Asujazz, el Festival Internacional de Jazz que se celebra todos los años en la capital del Paraguay.

Más que un concierto, fue una experiencia trascendental. La Orquesta es un proyecto social y musical impulsado por Fabio Chavez, que convoca semanalmente a 350 chicos de una de las zonas más pobres de Asunción, que rodea un enorme basural. Fue fundada en 2012, aunque Chavez ya venía trabajando con proyectos similares desde varios años antes. Reconocida en todo el mundo, la Orquesta se ha presentado en escenarios de Canadá, Japón, Estados Unidos, España y decenas de países. Tocaron con Megadeth y llegaron a telonear a Metallica en una gira por Sudamérica.

La cara de felicidad que tenían esos veinte chicos tocando en el escenario es indescriptible. El director, entre tema y tema, hacía pasar a algunos de los integrantes al frente para explicar cómo estaban hechos sus instrumentos: violines con chapas, violoncellos con latas, saxofones con tuberías, todos construidos con desechos rescatados de ese enorme basural. Pero lo que me hizo evocar esa anécdota infantil fue el momento en que convocaron a un chico del público, que tendría unos 6, 7, quizás 8 años, y le enseñaron a tocar apenas una cuerda del violín. Luego de una explicación bastante sencilla, ese chico lideró con una línea rítmica una emocionante versión de "New York, New York". Al finalizar, el director explicó la importancia de ese experimento: demostrar que por más pequeño que sea el aporte individual, en el contexto de la orquesta, cobraba un sentido enorme. Con lágrimas en las mejillas, me acordé de Diego Barg, y celebré aquel campeonato infantil, otra vez, como la más maravillosa de las músicas.

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