Elogio de las definiciones
No todos comprenden mi obsesión por las definiciones. Supongo que, además, me pongo un poco pesado con el tema. Pero existe una razón, y en los siguientes párrafos trataré de excusar mi obstinación y explicar por qué las considero capitales.
Para eso, empezaré por una pregunta engañosamente simple: ¿qué es pensar? Verbo amplio y generoso, incluye desde formarse ideas y juicios hasta tener la intención de hacer algo. En todos los casos, y aunque en este punto suene como una verdad de Perogrullo, pensar es, en general, operar con definiciones.
Si alguien está pensando en ir al cine, es muy probable que tenga claro qué significa ir al cine. Si, tomada la decisión, se sube al auto, maneja 400 kilómetros, baja a la playa, tira una lonita y se pone a mirar el crepúsculo sobre el mar, hay dos posibles explicaciones. O bien cambió de idea en el camino. O bien tiene una definición de "ir al cine" diferente del resto de nosotros. Podría asegurarse que, además, la suya es una mala definición, pero me quedaré solo con que su definición no coincide con la de las otras personas.
Ya sé, ahora parece que la perogrullada viró a delirio alucinado. Pero concédanme un minuto más. Si intentamos definir no ya qué es "ir al cine", sino "qué es el tiempo", el asunto cambia bastante. Durante casi toda la historia de la civilización fue obvio que el tiempo era invariable. Cosa por otro lado cierta, dadas ciertas condiciones. Pero no es menos verdadero, como terminó por demostrar la ciencia, que los relojes en dos marcos de referencia diferentes arrojarán valores dispares.
Así que ahora ya no es tan disparatado que el personaje de arriba defina "ir al cine" como "manejar 400 kilómetros, bajar a la playa, poner una lonita y observar el crepúsculo sobre el mar". En circunstancias normales, por supuesto, tenemos bastante derecho de considerarlo un tipo -digamos- algo raro. Pero lo mismo se dijo de las ideas de Einstein, en su momento, y sin embargo don Albert tenía razón.
Es claro, por otro lado, que hay cosas indefinibles o cuya definición es muy relativa. Prueben con "amor" o "felicidad", por ejemplo. Pero ese es otro asunto. De existir, una definición es una definición. Si es correcta o no podría ser solo una cuestión de fechas.
Y una de las dificultades que en general encuentro cuando tomo exámenes es la ausencia de una buena definición de qué es una definición. Una definición define algo de forma completa. Decir que una manzana es una fruta no alcanza, porque existen muchas frutas. Igualmente inútil es declarar que es un vertebrado, porque carece de columna vertebral. La manzana es el fruto de un árbol llamado Malus domestica.
Pero cuidado, las definiciones no reemplazan a las palabras que definen. No les ofrezcan a sus visitas un pastel de frutos del Malus domestica porque es probable que rechacen la oferta. Excepto que todos sean botánicos, en cuyo caso festejarán la broma erudita. Ay, los contextos.
Si pensar fuera gratuito, podríamos seguir sin prestarles atención a las definiciones. O tratarlas como bienes suntuarios. Sin embargo, muchas veces pensamos para tomar decisiones. En ocasiones, en tan solo unas décimas de segundo.
Ayer, en el ramal Tigre un auto adelante evadió algo con una maniobra riesgosa. Entonces lo vi. En medio de la vía había uno de esos pesados separadores de plástico que se usan en las obras viales. Chocar a 80 kilómetros por hora contra eso era, como mínimo, dañar el auto; tal vez, perder el control. Si se trataba de una caja de cartón (era de color blanco), no valía la pena el volantazo. Así que en medio segundo, decidí utilizar la definición "cosa grande y pesada de plástico duro", miré por el espejo retrovisor izquierdo y evadí el objeto justo a tiempo.
Las definiciones están por todos lados, todo el tiempo, y su índole determina la calidad de nuestras conclusiones y decisiones. Ambas trazan, acaso, nuestro destino.











