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Habla el silencio

Fernanda Sández
Fernanda Sández PARA LA NACION
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17 de marzo de 2019  

¿Qué es? ¿Qué es eso, realmente? La multitud que había hecho cola para entrar miraba todo y no atinaba a nada. Algunos se reían. Otros torcían la cabeza hasta ponerla paralela al piso; acaso esa nueva perspectiva les revelara algo. Otros, los más, deambulaban por el salón, perdidos. Un rebaño en un galpón lleno de obras, mirando cuadros, esculturas, cosas inexplicables. ¿Qué es todo esto?

Entre julio y noviembre de 1937, en Munich, se volvió apremiante separar la paja del trigo, la oveja del lobo, el "nosotros" del "ellos". Hacía ya cuatro años que el nazismo había llegado al poder y su tarea restauradora chocaba contra el efecto disolvente del arte de aquellos días. Y puesto que nada podía quedar fuera de ese aparato ordenador en el que se había convertido el Estado, la hora de dividir aguas había llegado. Aquí, nosotros; allá, ellos. Aquí lo bueno, lo justo, lo bello; allá, lo abyecto. Lo otro. Lo innombrable.

De un lado de la calle, el "verdadero arte alemán". Del otro, lo degenerado. Así se llamó de hecho una de las dos exposiciones enfrentadas en Munich: Entarterte Kunst (Arte degenerado), y si hasta hoy la recordamos y volvemos a recorrerla espectralmente con ayuda de fotos viejas y el único registro fílmico grabado por los propios nazis es porque todo lo que después oiríamos sobre el arte no legitimado ya estaba ahí. Todo: la denigración, la risa, la extrañeza, pero también la condena de lo nuevo convertida en reclamo moral. En mandato patriótico. El arte alemán no podía ser realmente "eso" que pendía de las paredes de aquel galpón.

Una de las salas en las que se dividía la muestra se llamaba "Arte blasfemo"; en otro sector se agrupaban las obras acusadas de ofender al pueblo. Aquellas figuras pintadas a zarpazos, esas esculturas que no reflejaban el ideal anatómico ario no eran sino eso: arte degenerado. Y, como tal, se lo colgó de las paredes como quien cuelga carne de caza en la ganchera. Había inscripciones en las paredes para que el efecto burdo fuera perfecto, y hasta una "Sala de la locura" adonde se acumulaban obras modernas que, según el régimen, no valían gran cosa.

"Primero, el impresionismo; luego, el futurismo, el cubismo y quizá también el dadaísmo. Es bastante claro que uno encontrará para las más demenciales y monstruosas creaciones miles de expresiones calificativas", se escuchó durante el discurso inaugural. El encargado de leerlo era un artista grisáceo, dado a pintar escenas campestres: Adolf Hitler.

Por estas horas, una exposición colectiva en el Centro Cultural Haroldo Conti vuelve a abrir el viejo debate sobre el arte y sus límites, como si ambas cosas pudieran coexistir sin anularse. Como si, al modo de los gigantescos murales soviéticos, el arte debiera "justificarse" por alguna otra cosa que no fuera su propia existencia, necesaria y suficiente. Una estatua con el rostro parcialmente cubierto por un pañuelo verde ha vuelto por estas horas a encender las alarmas de los autodesignados guardianes de lo bello, lo justo y lo bueno. Y aquí van otra vez. Sí, son ellos. Los mismos que alguna vez dinamitaron a los Budas de Bamiyán, en el nombre de Alá. Son Daniele Da Volterra, aquel que pasó a la historia no por sus pinturas manieristas sino por haber vestido a los desnudos de Michelángelo en la Capilla Sixtina, y haberse ganado por eso el triste apodo con el que pasó a la historia: Il Braghetone (el hacedor de calzones), tal su módico aporte a la causa de la decencia en las bellas artes. Son también los mismos que destrozaron a Caravaggio no sólo por haber usado el cadáver de una prostituta ahogada en el Tíber -y todavía hinchada- como modelo para pintar su impresionante La muerte de la virgen, sino también por haber mostrado lo imposible: el fallecimiento de la madre de un dios.

"El arte es la mentira que nos permite comprender la verdad", decía Picasso, quien - junto a Klee, Kandinsky, Chagall, Munch y Otto Dix, entre otros- fue un "artista degenerado" para el Tercer Reich. En la figura femenina de yeso expuesta en la biblioteca del Centro Cultural Conti, con la boca tapada al estilo de quienes reclaman la legalización del aborto, muchos ven un sacrilegio, una ofensa mortal, un objeto tan "degenerado" y "blasfemo" como los expuestos hace 82 años en Munich. Hay, también, quienes escuchan lo que susurra esa boca doblemente enmudecida por la costumbre y por la tela, por la tradición y por el tiempo. Quienes entienden que -a veces- es el silencio el que habla. El que cuenta, con alaridos mudos como los que resuenan en El grito, eso que ni siquiera puede pensarse sin que parte del mundo se prenda fuego. Y busque quemar todo a su alrededor.

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Mientras escribí este texto escuché: Switchblade, LP

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