
La alquimia del Ubú Patagónico
La lealtad del UbúPatagónico, de Mariana Chaud, es haber suprimido todos los "¡Mierda!" que salpicaban el original de Jarry. Queda uno solo, náufrago, y aparece como escoltado entre dos pares de comillas inteligentes, pero festivas, que no quieren preservar ni "homenajear" una obra secreta, mucho más influyente que conocida, sino destilar, a más de ciento veinte años de revelada, todas las mamarrachadas joviales que todavía no nos enrostró. Chaud eliminó los "¡Mierda!" –célebre sopapo antiburgués del Ubú tabú de fines del XIX–, pero lo que hizo fue democratizarlos, robárselos al Padre y la Madre Ubú y ponerlos a circular como una sangre entre su elenco de actores, que la mamaron como una droga y ahora, masa crítica de enfants terribles, despliegan las secuelas de la intoxicación. Es esa alquimia la que anima al UbúPatagónico, de Chaud, verdadera lección de "adaptación" de un viejo y noble ultraje a una invención bien contemporánea, que exhuma el infantilismo como soberanía física, la deformidad como potencia estética y la fiesta –ritual, acto escolar, orgía, chiquero– como una experiencia extrema, de regocijo y terror, donde risa y desconcierto se confabulan para obligar al espectador a ensayar nombres nuevos para todo lo que ve y escucha, esa varieté aberrante que lo alienta a exclamar, esta vez a él, doblado en dos por la carcajada, el grito de guerra de Jarry: ¡Mierda, mierda, mierda!
El autor es escritor






