Las epidemias a través de la historia

Nora Bär
Nora Bär LA NACION
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28 de febrero de 2020  

La actualización instantánea de las estadísticas de nuevos casos y muertes ocasionados por el coronavirus surgido hace tres meses en Wuhan, China, tiene un efecto lamentable: un temor insidioso, que se propaga más rápido que el virus mismo. Tal como ocurre con la exposición repetida a escenas de robos violentos, que nos hace sentir continuamente en riesgo, esta "infodemia" promueve más el pánico que la cautela.

La comparación con escenarios mucho menos favorables, cuando no existían la medicina moderna ni las tecnologías de las que disponemos en la actualidad, tal vez ofrezca un antídoto contra la angustia.

Basta con que nos remontemos a Buenos Aires en el s iglo XVII (como propone R. de la Fuente Machain en su libro del mismo nombre, editado por Emecé en 1944). Nos encontraríamos con una pequeña urbe de calles de barro poblada por personas renuentes a consultar con los médicos de la época.

"Resulta curioso observar en los libros capitulares -cuenta Machain- las veces que sus autoridades tuvieron que recurrir a artimañas, cuando no a la fuerza, para retener al 'cirujano' o 'físico', o al 'barbero que además ponía ventosas y hacía sangrías', deseosos de marcharse en busca de clientela más lucrativa, pues la de Buenos Aires no alcanzaba a costear sus necesidades".

Allí, prevalecían los curanderos, que cifraban sus dotes en la eficacia de "la grasa de lagarto para dolores de coyunturas, del sebo de guacho negro para descomposturas, de una lana roja puesta en cruz sobre la frente para el empacho, o del rocío recogido en noche de luna llena para la vista. Sin contar las curas realizadas por imposición de manos o de ciertas oraciones escritas sobre un papel que se aplicaba sobre la parte enferma".

Por esos tiempos, las pestes eran la norma debido a la falta de higiene, la escasez de agua y los cargamentos de individuos portadores de gérmenes que arribaban al puerto. "La más frecuente fue la viruela, que los esclavos eran tan propensos a contraer -escribe el autor-. El hacinamiento, la mala alimentación y la carencia absoluta de higiene en dichos navíos eran un conjunto de lo más propicio para cultivar cualquier enfermedad infecciosa".

También hacían estragos la "fiebre pútrida" y las "calenturas", nombres vulgares del tifus, la fiebre tifoidea y la tuberculosis. Una carta de 1621 cuenta que durante uno de esos episodios habían muerto 700 personas en 20 días, número pavoroso si se considera lo pequeño de la población.

Pero la amenaza constante de la enfermedad no era algo particular de estas tierras. En De matasanos a cirujanos. Joseph Lister y la revolución que transformó el truculento mundo de la medicina victoriana (Debate, 2018), Lindsay Fitzharris destaca que los hospitales londinenses del siglo XIX eran conocidos como "casas de la muerte" y se consideraba que "un soldado tenía más posibilidades de sobrevivir en el campo de Waterloo" que un hombre que ingresaba a esos establecimientos, descriptos como "viveros de gérmenes infecciosos" y que apestaban con un hedor repugnante.

En su clásico Guns, germs and Steel ( Pistolas, gérmenes y acero , W.W. Norton & Company, 1997), Jared Diamond también recuerda que las víctimas americanas de virus y bacterias fueron mucho más numerosas que las causadas por las armas. Las patologías introducidas por los conquistadores, asegura, se propagaron de tribu en tribu mucho antes que los europeos mismos, y mataron hasta al 95% de la población precolombina.

En esos días no existían ni la asepsia, ni los tests de diagnóstico molecular, ni los oxímetros (que permiten medir la saturación de oxígeno en la sangre), ni los respiradores, ni las unidades de terapia intensiva con que contamos hoy. La ciencia avanzó a pasos agigantados, pero el temor perdura.

Por: Nora Bär
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