Una rosa fatalmente bella

Hugo Beccacece
Hugo Beccacece PARA LA NACION
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1 de abril de 2019  

Todo empezó en una dacha, cerca de Moscú , más o menos un año después de la muerte de Stalin, el líder soviético.

El jueves próximo veré por segunda vez en mi vida La rose malade, el ballet con coreografía de Roland Petit, música de Gustav Mahler y vestuario de Yves Saint Laurent. La bailarina italiana Eleonora Abbagnato y su partenaire Giuseppe Picone interpretarán ese bellísimo pas de deux en la gala del Teatro Coliseo. Pude apreciar el virtuosismo, la expresividad y hermosura de Abbagnato en varias ocasiones. Por supuesto, será la rosa agonizante.

Retrocedamos a 1975: Maya Plisetskaya, prima ballerina assoluta de la compañía del Bolshoi, llegó a Buenos Aires por primera vez para bailar en el Colón. Era la artista soviética más independiente. Viajaba por todo el mundo y llevaba a escena obras de coreógrafos occidentales que desafiaban la estética del realismo socialista. Las entradas se agotaron apenas puestas a la venta. Conseguí un lugar en la tertulia.

La primera persona que me había hablado de Plisetskaya fue mi amigo Federico Aranda (el apellido no es el real), en 1964. De chico, en la década de 1950, la había visto en la sala del Bolshoi, en Moscú: era el hijo menor del agregado militar argentino en la URSS de aquella época, el coronel Martín Federico Aranda.

Algunos fines de semana, la familia Aranda iba a una casa de campo alquilada (la dacha). En una de esas ocasiones, los padres le dijeron a Federico que volverían antes a Moscú "para darle una sorpresa". Esa tarde (él tendría diez o doce años), desde un palco del Bolshoi, vio bailar a la joven Plisetskaya y quedó marcado. Aunque viviera en Buenos Aires o en Valencia y tuviera 70 años, aquel chico seguía sentado y silencioso en una butaca de Moscú embriagado de irrealidad.

Desde que lo conocí, Plisetskaya aparecía cada tanto en las conversaciones. Si por casualidad estaba su madre, la viuda del general Aranda se quedaba súbitamente muda, echaba la cabeza hacia atrás, ponía los ojos en blanco, los cerraba y así quedaba como la Santa Teresa de Bernini. Aquella noche de 1975, los dos estaban en el Colón, pero en platea.

Cuando Maya apareció en puntas en La muerte del cisne, ejecutando un port de bras anatómicamente inverosímil, se alzó en todo el teatro una ola de suspiros que expresaban asombro, admiración y terror. Aplicarle a "aquello" la palabra "belleza" era mutilar la experiencia.

El pas de deux de La rose malade se basa en el poema "The Sick Rose", de William Blake: "¡Oh rosa, agonizas! / El gusano invisible / Vuela en la noche / En el aullido de la tormenta. / Descubrió tu lecho / De goce púrpura / Y su oscuro y secreto amor / Consume tu vida".

Roland Petit creó La rose malade para Plisetskaya en 1973. Luchino Visconti había estrenado Muerte en Venecia en 1971. El Adagietto de la 5» Sinfonía de Gustav Mahler, que se repite de continuo en el film, había terminado por ponerse de moda. Era tan reconocible como Bolero, de Ravel.

Petit empleó esa misma música con astucia para que la bailara la gran artista, que ya tenía 50 años. La pareja de Maia en el pas de deux era Valery Kovtun, un compañero perfecto, más joven que ella y muy apuesto. Cómo no pensar en Visconti y la agonía.

En el papel de la rosa, Maya era inalcanzable como bailarina y como actriz trágica. Las ovaciones y los éxtasis a lo Santa Teresa eran interminables. Bajé la escalera. Ya en la calle, caminé hasta la salida de platea para encontrarme con los Aranda. La rosa había reavivado en la madre y el hijo el misticismo estético y el recuerdo de los años moscovitas. Avanzaban radiantes por Libertad hacia el Hotel Metropol, en Teatralny Proezd 2, donde ocupaban una suite, justo enfrente del Bolshoi. De solo mirarlos, uno era feliz.

Entramos en el Edelweiss.

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