
Misión posible: los chicos y las vacaciones de invierno
Existen estrategias para que los padres persuadan a sus hijos de dejar al menos temporalmente las pantallas del celular y se generen salidas y encuentros que valen la pena vivir

Llegan las vacaciones de invierno y se enciende el eterno interrogante: “¿qué hacemos con los chicos?”. Enseguida aparece la escena clásica: el sillón tomado por la tecnología y nosotros, del otro lado, acumulando tensión, listos para lanzar un “¡apagá eso!“.
Es lógico sentir frustración. Sin embargo, en plena adolescencia, el celular es más que un juego; es el lugar donde habitan sus amigos y donde construyen su identidad. Por eso, plantarse en pie de guerra contra las pantallas suele ser una batalla perdida que solo ensancha la distancia. ¿Y si este invierno cambiamos el libreto? En lugar de jugar al “policía digital”, quizás en esta oportunidad podamos ser referentes que inviten a descubrir lo que hay más allá de la pantalla, sin imponerlo como un mandato.
Hoy en día, el vacío genera un malestar profundo que es síntoma de época. Acostumbrados al estímulo inmediato del scrolleo infinito y la ráfaga de placer digital, la quietud se siente como una amenaza. El aburrimiento ya no es el estado lánguido de las tardes de antes, sino un territorio algo desconocido que produce ansiedad. Ante ese abismo de silencio, la pantalla o la demanda de “hacer algo ya” surgen como el único salvavidas disponible.
Como adultos, el primer paso, y el más liberador, es validar nuestro propio cansancio y bajarnos del escenario: no somos los animadores de sus vidas. No tenemos que tapar el vacío con planes costosos, sino ayudarlos a transitar la incomodidad entre la hiperestimulación y la calma a través de tres movimientos estratégicos:
● Alojar la incomodidad. Ante el reclamo de aburrimiento, devolvamos un espejo empático: “Es normal sentirse raro cuando no hay nada programado. Tomate un rato para ver qué te da ganas de hacer”. Ofrezcamos esa validación verbal y también el ejemplo con nuestro propio uso de los dispositivos. Darles permiso para aburrirse es enseñarles a tolerar el vacío.
● Ofrecer “andamiaje”, no el producto terminado. Propongamos materias primas como que elijan recetas y cocinar juntos o armar la playlist del próximo viaje, hasta desafiar su creatividad haciendo fotos artísticas con el celular. Se trata de pasar del consumo pasivo a la creación activa, generando proyectos que les devuelvan un sentido de logro.
● Micro-rituales de desconexión y encuentro. Negociemos pausas compartidas y momentos libres de pantallas que surjan del acuerdo mutuo, no del castigo. No se necesita un gran evento: compartir unos mates en silencio, armar un rompecabezas o dar una vuelta manzana para estirar las piernas.
Si el mundo de los adolescentes hoy son sus pares, facilitemos también encuentros con propósito en casa (un torneo de juegos de mesa o una película para debatir), a veces sirven las salidas con un rol definido (como ir a buscar un libro específico o recorrer una feria de diseño). También se puede aprovechar el tiempo de descanso para visitar familiares que no ven hace mucho y compartir tiempos de calidad con abuelos, tíos o primos.
Al final del día, la transición de la pantalla a la conexión real se logra conversando. En lugar de desenchufar el módem, probemos tender un puente: “¿Te parece que después de este rato con el celular hagamos algo distinto? Elegí vos qué compartimos hoy”. Estas vacaciones no son para ganar una pulseada de poder, sino para recordarles que, de este lado de la pantalla, también el tiempo de vacaciones son una oportunidad para otros tipos de encuentros que valen la pena vivir.
Psiquiatra Infanto Juvenil, Salud Mental Pediátrica, Hospital Italiano



